¿Por qué López Obrador no se conmueve frente a hechos tan dolorosos como lo ocurrido la semana pasada en San Miguel Totolopan, en Guerrero?
¿O por qué esa displicencia tan suya, que restriega públicamente a quienes disienten de su dicho, como vimos en el caso de la despedida de la señora Tatiana Clouthier?
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¿O por qué hace gala como en el caso de la invasión de Rusia a Ucrania, él –el Presidente, el Jefe del Estado mexicano– está del lado de Putin y en contra de los Estados Unidos y de la Unión Europea?
La evidencia demuestra que el Presidente ya no gobierna, en el caso de que alguna vez lo haya hecho. Gobernar en la acepción clásica del término.
Tarde, ha caído en la cuenta que México es mucho más complejo y dinámico que sus simplificaciones traducidas en acciones de gobierno. Bien intencionadas, si se quiere, pero finalmente simplificaciones.
Salir a pueblear y cambiar titulares de dependencia, no es gobernar. Gobernar es entender y resolver.
López Obrador tiene concentradas sus energías en ganar la Presidencia de la República en el 2024, con uno de los suyos, que le sea leal, y desde allí, montar un maximato y seguir mandando.
Con suerte modifican la Constitución, y reponen la reelección y retorna en el 2027, a través de la revocación de mandato. Una figura de cálculo populista de mediano y largo plazo.
En el caso extremo, desde el maximato puede amortiguar el desencanto y reducir la infamia popular en su contra. Que será como la de Salinas. Tal vez peor, por el impulso de las redes sociales.
En el caso de Clouthier, uno podría entenderlo tratándose de otros personajes (intelectuales, periodistas, investigadores, gente de cultura, miembros de la sociedad civil, críticos de su gobierno, a quienes malpiensa con toda el alma), pero no es el caso de ella.
Un gesto indigno del jefe del Ejecutivo hacia quien sirvió a la nación con eficacia y honradez (una extrañeza en su gobierno, ciertamente, pues hasta ahora no se ha caracterizado por ser eficiente y honrado, a juzgar por los indicadores oficiales. Por ejemplo, la percepción de corrupción se mantiene al alza).
En el ámbito del partido, unos y otros reconocen que la participación de la señora en la campaña fue determinante para que el ahora Presidente penetrara en el norte del país. Una región vedada a las ideologías.
¿Entonces, a qué viene ese menosprecio tan obsesivo, y el afán por hacerla público?
Gracias a ella López Obrador ganó la confianza de los empresarios más recelosos, logró conectar con las clases medias y los jóvenes que para entonces ya se movían en el mundo de las redes sociales.
Alfonso Romo, otro norteño como ella, fue otro hombre decisivo en esa tarea; e igual ya anda fuera del gobierno.
Y tal vez lo más importante, López Obrador tuvo con Clouthier un interlocutor de mucha altura con los intelectuales y periodistas críticos sobre la inviabilidad de sus entonces promesas, puesto que ya preveían el desastre que padecemos ahora.
Hasta donde recuerdo, fue la única persona que en los análisis y debates logró refutar a Jorge G. Castañeda, con razones y sin estridencias, uno de los intelectuales de izquierda democrática más fogosos y difícil de roer.
Incluso hay los que afirman que la presencia de la señora en el 2018, le metió alrededor de 15 millones de votos a Morena. El excedente electoral de sus partidarios de siempre. Los que suelen votar por él y sus candidatos.
En el caso de San Miguel, como ya es conocido, un grupo armado llega hasta las instalaciones de la presidencia municipal, desarma a la policía, mata al alcalde, al padre del alcalde y expresidente municipal, mata al comandante de la policía y a otras diecisiete personas. Obrador, “el humanista”, no se inmuta.
Otras versiones afirman que realmente la matanza se perpetró en una casa particular adyacente a la presidencia. De todos modos, los maleantes se encargaron de rociar con balas las paredes frontales del palacio para que quedara constancia de su indolencia.
Al día siguiente. Uno de los delincuentes más buscados del país e implicado en la matanza, aparece un tanto distraído en la comodidad de su casa.
Graba un video y lo sube. Entre otras cosas lamenta la muerte del alcalde, “un hombre que buscaba el bienestar de su pueblo”.
Afirma con aire despreocupado, en mangas de camisa, sin los zapatos puestos, comunica que vive a una cuadra de la presidencia de San Miguel y que -lo dice textual- todo mundo lo conoce y sabe.
López Obrador lo redujo a su mantra de todos los días. Los enemigos del pasado, los adversarios, y que (por paradógico que resulte) “no cambiará su estrategia de seguridad porque está dando resultados”.
Lo ocurrido en San Miguel pinta de cuerpo entero el grado de impunidad al que se ha llegado en este gobierno.
Y demuestra, a su vez, que la presencia del Ejército en las calles no es para garantizar la seguridad pública. La vida de las personas.
Como nos quieren hacer creer a través de la fastuosa propaganda oficial. Los fines son otros. Que bien a bien nadie los sabe, pero los intuye.
En los pueblos, la presidencia municipal es por antonomasia el símbolo de la legalidad, la seguridad pública, el orden y la paz.
Esto es, vivir en civilidad. Cuando se rompen, se rompe la cohesión social y el principio de obediencia a la autoridad. Y se entra al estado salvaje de naturaleza. De todos contra todos.
Ese estado salvaje es el que priva en la Tierra Caliente de Guerrero, Michoacán y Estado de México.
Ahora sabemos, por ejemplo, que es el mismo Ejército quien provee de armas y de granadas a los criminales de aquella región.
Lo cierto es que el Presidente ha dejado de gobernar para concentrarse en el último reducto de la salvación de “su buen nombre”.
Ante el fracaso de todas sus grandes promesas de campaña, el Presidente espera que ocurra el milagro de la Ciudad de México.
En la capital, las grandes reformas echadas a la izquierda, no fueron hechura de López Obrador. Fue obra de Marcelo Ebrard.
Ebrard es un hombre de poder. No lo veo compartiendo el oficio de gobernar. Eso lo coloca fuera de la competencia desde ya.
Lo cierto es que estamos sólo ante otro sexenio perdido, sino ante un retroceso que nos devuelve a los años setenta.
Chayo News
Todo mundo tiene en su celular una ejemplar de El rey de cash.
Hasta yo.
Mujer valiente la autora.
Sin embargo, dicen los que saben, y que son de dentro, o que alguna vez estuvieron en esa posición de privilegio, que hay más, mucho más, pero que hay miedo y temor.
Entre los que más saben, dicen, están Los Chuchos, y un tal Naranjo, en otros tiempos de las mayores confianzas.
¿Por qué el silencio?
Porque, dicen esos mismos, que hablar es autoincriminarse.
Otro del pueblito, y que sabe de esos menesteres, me dice que AMLO y sus incondicionales “se han apropiado de banderas de izquierda, con prácticas del priismo trasnochado”.
Esto, en todo caso, es secundario.
A mi me preocupa lo que advierte Macario Schettino en otro libro, igualmente aclamado, que viene una crisis fiscal marca diablos.
Alguien hizo la mala jugada. Hizo una edición digital de El rey del cash y la subió a las redes, tal vez con el fin de disminuir la venta.