Las ideas, los acontecimientos históricos, las herencias culturales, todo ello queda registrado en el objeto artístico. Así, el Clasicismo (1770-1820 aprox.) reflejó en sus obras plásticas las ideas de la civilidad, las ideas del ciudadano y su responsabilidad con la propia sociedad y la nación, como una herencia de la cultura de la Grecia Clásica. De ahí la denominación de este movimiento que sirvió como estandarte, como pauta de conducta en una sociedad que exige cambios, que retoman heroísmos del mundo clásico como ejemplos a seguir en una Europa inquieta y flagelada.
Un ejemplo de pintura del clasicismo es el Juramento de los Horacios, una obra previa a la Revolución Francesa que se sustenta en la guerra entre Roma y Alba en 669 a.C., aquí encarnadas en los varones Horarios que han de combatir contra otros tres varones Curiacios. El soporte conceptual es el cumplimiento del deber por encima de cualquier sentimiento personal. Tanto la arquitectura como la vestimenta remite al mundo antiguo.
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“El juramento de los Horacios” de Jaques-Louis David, 1784
España, por su parte, cuenta con Goya que, siguiendo las pautas de la instrucción moral desde la crítica social y de la crítica de las estructuras de poder, navega desde el clasicismo hasta el romanticismo, mostrando la cruda realidad de la guerra, del fanatismo, esgrimiendo creencias populares, sin ningún artilugio que les edulcore. Un ejemplo de su pintura es El Levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid donde plasma la indignación popular producida por la represión de las fuerzas napoleónicas sobre las protestas ante la incertidumbre política que se vivía en territorios españoles por la invasión francesa, olas de indignación que crecieron hasta conseguir la independencia, aunque los ejércitos franceses sometieron a España en cuatro periodos entre 1793 y 1828. Esta inestabilidad política suscita los movimientos de emancipación en el Nuevo Continente.
Levantamiento del Dos de Mayo de Francisco de Goya, 1808
De Francisco de Goya - Museo del Prado, Madrid, dominio público
Este pensamiento de compromiso, lealtad, heroísmo y lucha que sucumbía al Viejo Continente, y que impulsó y sostuvo movimientos revolucionarios europeos que les liberaran de monarquías injustas, de la opresión y de la miseria en que los pueblos estaban sometidos por siglos; distinguieron al Clasicismo y éste dio paso al Romanticismo, mismo que sirviera para consolidar las luchas y batallas intestinas libradas, así como los objetivos conseguidos de libertad e igualdad.
El Clasicismo, traducido en América latina como Neoclásico, llega a este continente con la presencia de artistas connotados que traen sus propuestas estéticas cargadas de estos valores que necesitan, que urgen renacer. Y los países conquistados y sometidos solamente necesitaban un pequeño empujón hacia la emancipación.
El Neoclásico se instaura en México con la Academia de San Carlos en 1785, misma que requiere de profesores de arte traídos del Viejo Mundo. Uno de estos artistas fue Manuel Tolsá, de origen valenciano, que dejó plasmado su particular estilo en el Palacio de Minería de la Ciudad de México y en Puebla en el baldaquino de la Basílica Catedral de Puebla.
Baldaquino de la Basílica Catedral de Puebla, Manuel Tolsá, 1819
Un personaje poblano de la época fue José Luis Rodríguez Alconedo, nacido en 1761 en Atlixco, Pue. Artista, orfebre y platero, participante de la milicia durante la guerra de independencia y profesor de grabado en la Real Academia de San Carlos. En complicidad con su hermano José Ignacio (ambos de ideas ilustradas) fueron víctimas de denuncias contra la inquisición, ya que eran conocidas sus críticas hacia la iglesia, así como las tertulias que organizaban para reunir a los personajes más ilustrados de México y donde se planteaba y planeaban las urgencias de un cambio. Fue tomado prisionero y llevado a España en 1810, pero liberado posteriormente. En 1812 ingresa a las filas del Gral. Morelos, pero es apresado y fusilado en Zacatlán en 1815.
Autorretrato, José Luis Rodríguez Alconedo, 1811
Para estas épocas, como se puede apreciar, la pintura aún no gozaba de la libertad con la cual marcaba propios espacios en Europa, siguiendo supeditada, aquí, a los encargos eclesiásticos. Será hasta entrado el siglo XIX que empezará a caminar con pies propios.