En política, quien no sepa o no quiera escuchar a las audiencias saldrá perdiendo. Está condenado a la derrota. No hay nada peor para la gente del poder que no entender a la gente, a los grupos sociales que pretende conducir hacia una meta de bienestar.
Terminará caminando solo, abandonado a su suerte; cuando mucho, acabará acompañado de sus principales asesores y operadores políticos que, en más de las veces, sólo le endulzan el oído para quedar bien con él.
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Por eso en México predomina la figura de lo que yo llamo la “Jefocracia”, un viejo modelo de poder que únicamente satisface a los pequeños seguidores del que “dice ser” líder o dirigente de colectividades.
Este modelo de poder no prevalece en otras democracias latinoamericanas donde, acertadamente, quienes lideran a las sociedades -malamente llamadas masas-, saben escuchar a la gente.
Las audiencias lo son todo para los políticos; no basta pararse frente a los representantes de los medios de comunicación y dar un discurso, una rueda de prensa, sin comprender que detrás de los reporteros, de los comunicadores, hay diferentes sectores sociales con un gran potencial de necesidades.
Esos políticos, desafortunadamente, terminan haciendo “soliloquios” cotidianos. Nadie los escucha, nadie les entiende, nadie se conmueve. Su oratoria va directo al bote de la basura. Sin audiencias no debe ser escrita ni una sola línea para un discurso político.
Hoy en día, los políticos más asertivos y acertados son los que escuchan cada latido del corazón de las personas a quienes se dirige; es el que se mete en el laberinto mental de cada ciudadano y comprende sus angustias, sus problemas, sus requerimientos básicos.
Esos son los políticos que hoy demanda la ciudadanía, que hoy exigen las multitudes, políticos a quienes van a seguir de manera incondicional en momentos determinados.
Esos son los que merecen estar al frente de una colectividad, de una democracia participativa. En política, las audiencias lo son todo.
@elmerando
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