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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Orificios

Los conductos son agujeros, nadie escapa de ellos; no es exceso ni falta, no están hecho de nada

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Martes, Septiembre 6, 2022

Qué es un agujero. Nada. Absolutamente nada. No es exceso ni falta. No está hecho de nada. Requiere de algo más para ser: ropa, carne, papel agujereados. Pero el agujero no es “en” alguna cosa. Por el contrario, el agujero comienza donde la ropa, la carne y el papel se terminan. Un agujero debe ser siempre interior. Un interior “vacío” respecto a la carne que lo aloja, pero completamente indiferente a ella: ni lleno ni vacío ni efecto ni defecto. Pero ese vacío no es realmente interior, porque nada separa a éste del vacío circundante del espacio, es decir, el espacio del agujero y el espacio donde está la cosa agujereada. Pero es esencial. Un anillo, una bolsa con correa, una camiseta, un collar, un cinturón, una tuerca o una cadena, todos estos objetos funcionan por tener agujeros. Gracias a los agujeros es que tenemos verbos como introducir, expulsar o filtrar

No olvidemos en nuestra lista a los instrumentos de viento. Sin agujeros no podríamos modular el aire y estaríamos atrapados en una sola nota. No se diga la garganta que hace salir desde el primer grito hasta la elaborada voz del canto.

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No habría mundo sin agujeros. La semilla debe perforarse para que emerja la planta, el huevo debe romperse. Y nosotros, humanos, comenzamos la vida en el mundo atravesando el umbral de un orificio. Ese mero tránsito es lo que llamamos nacer. Nacimiento y muerte son los bordes que no están contenidos en el intervalo que llamamos vida. Entramos al mundo saliendo de otro, permaneciendo siempre en él, el único que existe.  

Entrar y salir son actos que no consisten en nada. Es decir, nada cambia, nada se modifica, nada se mezcla o se separa. En el gran espacio el útero y su entorno no están separados. Pero en el cuerpo-membrana con el que respiramos, se distingue un interior y un exterior relativos que producen un efecto “huevo”, anticipación de toda vivienda. En otra escala, repito, no habrá existido nunca interior ni exterior, pero para nosotros es la diferencia entre la habitación y la intemperie.

El orificio intermitente lo llamamos puerta. Abrir y cerrar. La puerta crea un umbral. No es necesario echar llave o poner candados. Quien domina la puerta domina el flujo de entrada y salida. Lo sabemos por las fronteras, que, a pesar de contar con pedazos de muro, son más bien advertencias de muerte.

En las puertas se cuelgan crucifijos, nombres de familias, advertencias. En el budismo zen lo importante son las puertas sin puerta, umbrales que se pisotean con indiferencia y que solamente la práctica del zazen (meditación) puede hacer notar. En las puertas más toscas debería escribirse como recordatorio: “cierre la puerta antes de entrar”. Las puertas se pueden cruzar o no. Uno puede quedarse en el umbral, o atrapado en medio cuando esta se cierra. Pasar o no pasar, pasar a medias, permanecer en el pórtico. Todo esto lo permiten las puertas, esos agujeros con tapa. Wuzu dijo:

“Por ejemplo, un búfalo de agua pasa a través de la celosía de la ventana; la cabeza, los cuernos y las cuatro pezuñas pasan por completo. ¿Cuál es la razón por la que la cola no puede pasar?”.

Por la puerta se entra y por las ventanas entra la luz. En la casa y en la “ciudad de las nueve puertas”. En el Baghavad Gita se le llama así al cuerpo con sus nueve orificios: la boca, el ano, los genitales, los ojos, los oídos, las narinas. Habría que ser más precisos y reconocer que los sexos poseen un número diferente de ellos. El sexo masculino se contenta con la uretra. El femenino posee, además, la gran puerta. Sin estos agujeros el cuerpo se encerraría dentro de sí y moriría. Nada que posea una interioridad puede carecer de poros o puertas. En interior absoluto es un abismo. Cuando se muere y cuando se medita se cierran las nueve puertas. Ni recepción ni don sin los orificios. Y esto vale para el cuerpo y para la mente, si, por practicidad (que no es poca cosa) los separamos en dos. Pero siempre y por siempre la pregunta última se dirigirá a las puertas: cómo se pasa un de un lado a otro, de un estado a otro, de un momento a otro, de una persona a otra, de aquí a allá, etc. 

En el judaísmo, donde la escritura da refugio a toda la tradición, es preciso aprender a leer. Pero no se aprende solamente con los ojos. Las letras deben tocarse. Montessori sabe mucho de ello. Y no solamente, también deben degustarse, por lo que se trazan con miel para que los niños, literalmente, las coman.

Nadie escapa sin un agujero. Escape de un automóvil, por donde sale el humo. Escape de una prisión. Pero también escape de sí. Se puede huir hacia dentro o hacia fuera. El ruido del mundo y el ruido de la personalidad son igualmente alienantes. Por eso no hay entrada ni salida, sino solo entrar y salir y entrar y salir. Alicia cae en el agujero de conejo para entrar en el País de las Maravillas. Pero, ¿ha entrado o ha salido? ¿Dónde está ella más presa o más libre, en las lecciones soporíferas de su hermana o en la persecución que la reina de corazones desata contra ella? Toda caída es estrepitosa, arranca las vísceras. Excepto la suya, que se extiende tanto, que se convierte en no-movimiento. Se aburre terriblemente de que, en su trágica caída, realmente no pase nada. Cuando llega al final, sana y salva, se encuentra con una diminuta puerta, por la que no cabe. Grande o pequeño son palabras que sólo cobran sentido por su conexión con las puertas, si se puede pasar por ellas o no. Lo demás es irrelevante, como la diferencia entre decir lo que se piensa y pensar lo que se dice.    

Imagina ahora una calle donde la coladera se dejó abierta. Los peatones deben desviar sus trayectorias para evitar caer en ella. El agujero los ha sacado de su mecánico caminar. Esto no es bueno ni malo, ni liberador ni alienante. Simplemente se ha enriquecido su espacio. Más técnicamente (topológicamente) diríamos que los agujeros hacen más rico el espacio al aumentar el número de caminos o trayectos cualitativamente diferentes que se pueden realizar en él. El agujero se convierte en un límite, en una imposibilidad que obliga a desviarse. Pero, al mismo tiempo que funciona como límite, es posibilitante de caminos, multiplica los diferentes trayectos. Es esta también la suerte del todo límite que opera como obstáculo: es condición de posibilidad, obstrucción posibilitante.

Los conductos son agujeros que se han desplazado por una línea: la vagina, el conducto auditivo, el tracto intestinal y los túneles. Para los biólogos sensibles a la topología y el desarrollo embrionario presenta un momento crucial: cuando una superficie se enrolla como taco para crear un tubo, que será el eje del individuo. Este tubo, que une la protoboca con el protoano, se irá diferenciando e irá admitiendo otros orificios, conductos, sistemas huecos de transporte (como las venas). Pero al final seguiremos siendo, fundamental y espacialmente, un maravilloso tubo.  

Por todo esto, hay que cuidar los agujeros. Parece trivial su función, pero es lo que mantiene la vida. Una obstrucción y nos asfixiamos. Un agujero y nos desangramos. O no nacemos, o no comemos o no entra la luz o no salen los desechos y explotamos. Y son, finalmente, elemento crucial de todo “habitar”, en tanto que hacen posible el salir y el entrar. Una y otra vez.  

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