En el diálogo Fedro de Platón se cuenta el mito de la invención de la escritura, donde se advierte a los mortales que, al poder servirse de ella, los individuos tenderán al olvidar. No será necesaria la repetición ni la mnemotecnia ni todos los esfuerzos personales por retener, por ejemplo, un largo poema épico. Ahora se podrá escribir. Pero, a cambio, habrá que leer. El libro estará siempre muerto hasta que alguien lo reactive.
¿Qué significa entonces la advertencia mencionada en Platón? ¿Quién recordará y quién olvidará? La respuesta es: los individuos tenderán a olvidar, dejarán de practicar la memoria y se volverán perezosos. En cambio, la sociedad, si se nos permite el anacronismo, acrecentará su memoria como acervo y archivo incrementando su complejidad. Este es el rasgo de toda tecnología: debe leerse en el nivel individual y en el nivel global.
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Adam Smith, Mandeville y muchos otros liberales del siglo XVIII mostraron cómo el capitalismo permitía convertir los vicios privados en virtudes públicas. Recordemos la famosa frase:
“No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”.
Pero Smith también señaló la contradicción de este sistema. Pues mientras las artes, el comercio y la industria crecían con desmesura, el trabajo de los obreros se volvía monótono y trivial.
Tras la revolución industrial los individuos no podían ya producir mercancías de modo artesanal. Su pericia, su conocimiento y las tradiciones transmitidas entre generaciones se disolvían en el trabajo requerido por la fábrica. Ésta pide un trabajo simple, mecánico y especializado. En su ejemplo de la fábrica de alfileres: uno corta alambre, otro lo trenza, otro pega la cabeza. Cada quien realiza una tarea simple y trivial. Solamente el dueño de la fábrica realiza la actividad de síntesis. Pero en el nivel del mercado gobierna una “mano invisible”: un ordenamiento social global que emerge de los individuos, pero no de forma consciente, ni directa. El efecto global no será un mero agregado de individualidades.
Todo siguió la misma lógica. El científico renunció a las “grandes teorías” para comprender el mundo, aceptando su lugar en la división de las tareas de investigación. En el arte las técnicas, las máquinas y la tecnología hizo irrelevante el talento individual quien ahora debía dedicarse más bien a “intervenir” el mundo. Su posición es análoga a la del obrero: él no produce grandes obras, ni se produce a sí mismo ahí, sino que se limita a funcionar en un contexto que le es impuesto, en donde realiza su intervención tan fragmentaria y trivial. Gracias a las computadoras el músico puede dispensarse de la lectura de partituras y de conocimientos elementales de armonía. El fotógrafo puede obtener efectos sorprendentes en un teclado, sin haber tocado nunca un pincel o un lápiz.
En el siglo XX varios pensadores declararon no poder pensar más sistemáticamente. Nietzsche encumbró el aforismo. Heidegger, tras su obra incompleta Ser y Tiempo, escribió sólo conferencias, esbozos y notas. Wittgenstein pide en la introducción a sus Investigaciones Lógicas indulgencia al lector al no haber podido escribir una obra sistemática, sino meros aforismos más o menos conectados. La complejidad global del mundo supera por mucho las capacidades del individuo por comprenderlo y para articular un “sistema” filosófico, más allá de observaciones más o menos interconectadas entre sí. El “sistema” es el mundo mismo y opera en instituciones, dispositivos, máquinas, procedimientos, etc.
El mundo no es técnico solamente por las máquinas sino por los procesos que han sido formalizados, estandarizados o simbolizados para manipularse no en la “realidad” directa, sino a través de sistemas abstractos. Más aún, una máquina, un objeto técnico e incluso una mercancía son seres “sintéticos”. Antiguamente, para encender un fuego, era necesario conocer la materia: qué piedras producen chispas, qué tipo de materiales son inflamables y qué otras sustancias le dan vida al fuego (como el aceite). Todo este conocimiento queda sintetizado y relevado en el encendedor, que del sujeto demanda un solo movimiento de dedo. Las actividades del individuo son simples: prender la estufa, el apagador de luz, cerrar una puerta con una llave. Su trabajo: apretar tuercas, escribir un artículo especializado, manejar todos los días la misma ruta. También el consumidor se nutre con alimentos o ideas prefabricadas, listas para consumir y aplicarse como “sabiduría cotidiana”.
Pero esta simplicidad del individuo permite aumentar la complejidad del mundo. Las instalaciones de gas, de agua, de luz, de internet permiten una realidad social incomprensible para los individuos. Esto concierne a las cosas, los procesos sociales y, en última instancia, a la inteligencia misma. El filósofo ilustrado Kant confiaba en el sujeto como la última instancia encargada de realizar la síntesis suprema de la experiencia, es decir, la conexión de todos los conocimientos. El sujeto debía comprender el mundo. Pero a la luz de lo dicho debemos decir que dicha síntesis la realizan hoy en gran medida los sistemas formales (el lenguaje, la matemática), los objetos técnicos (que abrevian los pasos y los conectan) y la organización-sistematización del trabajo y de la sociedad en general. La unidad trascendental de apercepción kantiana se vuelve formal-material.
Agreguemos algo más. Hoy el teléfono celular se llama inteligente porque realiza tareas cognitivas. Es una agenda que nos permite archivar citas y recordárnoslas. Es un archivo de memorias capturadas en fotos. Es una libreta que llenamos con nuestras notas. Es un servicio postal y de intercambio social. Ahora todo esto lo comprime, lo procesa y condensa en un único lugar, en un único objeto que operamos desde una cómoda pantalla al alcance de la mano. Esto requiere gran saber técnico para su producción y produce una complejidad social inusitada. Pero el usuario, ese sitio intermedio entre la técnica (material, procesual y formal) y la complejidad social resultante, puede ahora vaciarse mentalmente porque las tareas organizativas las hace el teléfono. El teléfono inteligente es el aparato verdaderamente integrador y sintético de la vida del sujeto, es su unidad técnica de síntesis sin necesidad de apercepción (darse cuenta de sí mismo). Él efectúa las síntesis de nuestro ser social por medio de algoritmos (que no son sino secuencias de pensamiento estandarizadas). Alguien piensa por nosotros a través del celular y sólo así podemos ya funcionar en sociedad. Confiando entonces al aparato el orden y síntesis de nuestra vida, podemos entregar la actividad de nuestro cerebro al entretenimiento y la dispersión que, por cierto, terminamos entregándola al mismo cacharro.