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OPINIÓN

Los megaproyectos y las afectaciones socio-culturales

La riqueza ancestral de la que goza este país merece un compromiso de respeto y revaloración

Elvia de la Barquera

Egresada de Antropología UDLAP, Bellas Artes Universidad de Barcelona y Doctorada en Espacio Público: Arte-Sociedad UB. Artista, investigadora, docente y Crítica de Arte con publicaciones varias

Viernes, Julio 15, 2022

La implementación de megaproyectos, en cualquier lugar, no deberían de hacerse al vapor. Todo proyecto requiere de un diagnóstico para conocer las necesidades reales y su viabilidad; así como para establecer los primeros lazos de conexión con las sociedades involucradas; también el techo financiero y los beneficios o alcances económicos, y, por supuesto, las afectaciones medioambientales.

Por ende, todo proyecto necesita conocer su contexto, en el amplio sentido de la palabra. Es necesario conocer los rasgos culturales de las sociedades implicadas, sus formas de vida, su distribución como asentamiento, su organización social, su contenido cultural, patrimonial.

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El impacto ambiental puede alterar directamente las formas de vida de nuestras comunidades, en su alimentación, producción y economía. Las características y contenidos ecológicos suceden en un territorio, ese territorio es el escenario del desarrollo de un emplazamiento humano y, normalmente, es una herencia, es un patrimonio, por lo que -en el caso específico de la zona maya- se puede hablar de territorio ancestral: donde se vive, donde se siembra, de donde se come, de donde se bebe, donde suceden las relaciones sociales y de intercambio; pero también los mitos, las leyendas, la historia.

El megaproyecto del Tren Maya merecía este tipo de estudios, merecía un diagnóstico en todos los estados involucrados: Chiapas, Tabasco, Quintana Roo, Yucatán y Campeche; ya que, aunque todos comparten la herencia maya, hay matices y tonalidades que diferencian las tierras altas de las tierras bajas, la selva de la costa.

Por otra parte, una sociedad que se autodenomina democrática debería de haber incluido la participación ciudadana real, verídica, pues estas actividades arrojan información que puede respaldar el diagnóstico y conducir a buen puerto cualquier propuesta o proyecto.

Está planeado, por ejemplo, que el trazo del Tren Maya incluya 19 estaciones o polos de desarrollo, nuevos proyectos urbanos con servicios turísticos, lo que –en el mejor de los casos- puede aportar desarrollo económico en las comunidades aledañas, pero también especulación para el desarrollo inmobiliario (lo que menos necesita la selva). Por otra parte, los asentamientos originarios son dispersos, con espacios que les permiten ejercer sus actividades productivas. Lo que no sucederá con estos nuevos crecimientos urbanos. Además, las actividades económicas suscitadas por los turistas beneficiarán al sector de servicios nacional e internacional, por lo que las poblaciones originarias no se verán directamente beneficiadas de este proyecto, al contrario, se verán amenazadas. Y es que el Tren Maya no está pensado para la población originaria, ni siquiera para los habitantes de la zona maya, está conceptualizado para turistas, con economía de turistas y servicios de primer mundo para turistas. Un punto de vista neoliberal.

Al respecto, comparto la opinión de Alicia M. Barabas:

“las ciudades nuevas transformarán radicalmente el medio ambiente, el paisaje y el régimen de propiedad de la tierra, los espacios de vivienda y la milenaria cultura milpera. Como bien sabemos la tierra para los pueblos originarios no es una mera mercancía, sino que cobija múltiples y profundos significados culturales e históricos… Por ello, los proyectos de desarrollo que provocan múltiples cambios y reubicaciones son calificados por las ciencias sociales como drama social porque suelen producir incremento de enfermedades, desarticulación de la red de relaciones sociales, crisis de identidad sociocultural, cambio acelerado de las formas de producción y de diacríticos culturales como el idioma, la ritualidad, la indumentaria y los hábitos alimentarios.”

Por otra parte, es de reconocer que el Salvamento Arqueológico implementado por personal del INAH y su equipo de arqueólogos y especialistas ha implementado recorridos de superficie y, en su caso, exploraciones arqueológicas, en casi la totalidad de los cuatro primeros tramos del Tren Maya, cubriendo un área que conecta Palenque con Cancún. Durante este trayecto han localizado 14066 monumentos arqueológicos. Una vez detectados y registrados se espera que sean protegidos y resguardados por INAH con su respectivo plan de manejo.

Los últimos descubrimientos han provocado el cambio del trazo, pero, el nuevo trazo también arrojará nuevos vestigios arqueológicos, lo que esperemos sirva para concientizar a nuestras autoridades sobre la riqueza ancestral de la que goza este país y el compromiso real que se requiere para respetar, no sólo las ruinas arqueológicas, sino también el legado de cultura material e inmaterial que poseen nuestras comunidades con toda la riqueza circunscrita: de territorio, de medio ambiente, de asentamiento, de relaciones, de historia, de presente y de futuro.

 

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