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OPINIÓN

El miedo y el cansancio

Estamos educando en el miedo al futuro, pero mezclado con el cansancio de la humanidad

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Julio 4, 2022

Hoy estamos educando a las nuevas generaciones en el miedo al futuro, no solamente por cuestiones climáticas, o todo lo que pueda suponer el antropoceno, sino con la sensación de que han llegado ya tarde a la búsqueda de soluciones y que, por lo tanto, tienen que asistir de manera pasiva a una especie de declive generalizado. Este fenómeno es absolutamente nuevo porque si la escuela estaba para garantizar un futuro, ahora parece que de manera espontánea esté para temerlo. Esto hay que pensarlo bien, ojalá sea un epifenómeno que vaya a durar unos años y desaparezca, pero me da la sensación de que aquí hay algo más de fondo, porque ese miedo al futuro va acompañado de un fenómeno más amplio: un cansancio del hombre con respecto a sí mismo.
Gregorio Luri. Lo que permanece en educación. Revista Teoría de la Educación. Vol. 34 Núm. 2 (2022), Artículos, Páginas 177-188.

He hablado en otras ocasiones de este fenómeno de desaliento y desánimo -falta de ánima- o desmoralización -bajo deseo de vivir humanamente- que tiene atrapados a los jóvenes y a no pocos adultos en estos tiempos de crisis multidimensional que nos ha tocado vivir, en estos “tiempos difíciles”, como los que le toca vivir a todos los seres humanos según decía Borges.

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Sin embargo, tal vez precisamente porque son “nuestros” tiempos difíciles o porque los signos de decadencia y peligros mortales muestran hoy evidencias mucho más claras del deterioro de las condiciones para que subsista la vida humana en el planeta y de las posibilidades bélicas, sanitarias y económico-sociales de que nuestra especie se autodestruya. Este sentimiento de baja moral o como dice el pedagogo español Gregorio Luri en el epìgrafe de hoy, de miedo al futuro, ha ido lenta pero constantemente en aumento.

“El Club de los 27 (en inglés, The 27 Club, Forever 27 Club o Club 27) es una expresión utilizada para referirse a músicosartistas, y actores que fallecieron a la edad de 27 años…” dice la multicitada Wikipedia, ha cobrado carta de ciudadanía hasta volverse casi un lema para los jóvenes que están hoy en edades universitarias o post-universitarias.

La leyenda empezó con las muertes de varios músicos icónicos en los años 1969 a 1971 (Brian JonesJimi HendrixJanis Joplin y Jim Morrison); y en los años y décadas siguientes muchos artistas o deportistas famosos fallecieron también a esa edad, en varios casos por abuso de sustancias -droga y alcohol- o por accidentes en medios de transporte, sigue diciendo la misma fuente.

Este “club” se fue volviendo un fenómeno cultural crecientemente adoptado por los jóvenes cuando Kurt Cobain falleció en 1994 y diecisiete años después el de la cantante Amy Winehouse, ambos también a la edad de 27. Los jóvenes de hoy adoptan como lema; “vive intensamente el día de hoy, porque morirás a los 27 años”, como una metáfora de esta falta de horizonte de futuro en el que viven inmersos.

El mito del club de los 27, que ha tomado fuerza hoy, es una de muchas imágenes y evidencias del miedo al futuro del que habla Luri. Existen otros signos de este miedo como el de la conciencia creciente sobre el calentamiento global y las aparentemente irreversibles consecuencias que tendrá para la humanidad, el fenómeno de la violencia del crimen organizado o de los feminicidios que crece como una sombra que oscurece cada vez más regiones del planeta y la guerra misma, que si bien ha sido constante en la historia, ha venido teniendo una mayor cobertura mediática y se ha viralizado a través de las redes sociales como en el caso de la invasión de Rusia a Ucrania.

Pero lo peor de este miedo al futuro o de esta desesperanza en que pueda existir un futuro, ya no digamos mejor, sino simplemente un futuro, es que como dice Luri, estamos educando a las nuevas generaciones en esa visión del mundo y del ser humano.

Porque dándonos cuenta o no, los adultos y específicamente quienes educamos -padres de familia, docentes, directores escolares, funcionarios del sistema educativo, rectores universitarios, etc.- estamos experimentando este miedo al futuro y vemos con una dosis de frustración mezclada con impotencia que no hemos sido capaces de construir las condiciones para heredar un mundo un poco mejor a las nuevas generaciones.

Este miedo al futuro y esta desmoralización social se han visto aumentadas por el fenómeno de la pandemia, hasta ahora no controlada y por la enorme crisis política que ha traído consigo el desencanto de la democracia y el surgimiento de los liderazgos populistas carismáticos que están encantando a las masas desesperadas y hartas de esperar las soluciones a la pobreza, las desigualdades, la violencia, la exclusión, el racismo, el machismo y tantas heridas abiertas en nuestras sociedades rotas.

Por eso estamos educando en el miedo al futuro, pero mezclado con algo aún más grave que es, como dice el pedagogo español, el cansancio de la humanidad con respecto a sí misma. En efecto, estamos educando generaciones de personas que ya no creen en las posibilidades del ser humano y en la peligrosa moda de criticar lo que se llama el antropocentrismo que derivó en soberbia antropocéntrica como lo dice el mismo artículo, lo que generó la desilusión de la promesa de la modernidad que ha derivado en la crisis actual.

Ligado al antropocentrismo está el llamado especismo, que plantea el rompimiento de todos los límites y diferencias entre la especie humana y todas las demás especies animales y seres vivos. Paradójicamente, dice el mismo autor, hay un hecho antropológicamente destacable que puede ser un residuo de esperanza ante este panorama aparentemente desolador. Se trata de que hoy se cuestiona al ser humano porque “…es incapaz de cuidad del todo, y esa crítica de su incapacidad de cuidad del todo no deja de reconocer su dignidad como cuidador del todo”.

En efecto, esta crítica feroz contra nosotros mismos muestra que estamos inconformes por no haber cumplido nuestra responsabilidad como seres que en términos de Edgar Morin estamos simultáneamente arraigados y desarraigados de la naturaleza. Por el arraigo debemos sentirnos parte de todo lo vivo en el universo, pero por el desarraigo sentimos la responsabilidad de guiar a la vida, de hacernos cargo de la vida, cosa que no hemos podido cumplir y por ello nos sentimos cansados de nosotros mismos.

Requeriría un espacio mucho más extenso reflexionar sobre todos los aspectos que toca Luri en su artículo. Probablemente lo haga en algunas de las próximas entregas. Sin embargo, quise hoy resaltar la gravedad de esta educación en el miedo al futuro y en el cansancio de la humanidad para hacer un llamado a mis cinco lectores: un llamado a pensar y a pensarnos en este escenario de crisis sistémica en el mundo que a veces parece un túnel sin salida, para caer en la cuenta de que tenemos una enorme responsabilidad y una tarea colosal por delante: recuperar en la formación de los niños y jóvenes, a partir de este reconocimiento de la dignidad que tenemos los humanos como cuidadores del todo, la confianza en las posibilidades de construir de manera gradual e imperfecta, un mejor mundo para los seres humanos y unos mejores seres humanos para ese nuevo mundo.

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