Doña Braulia es una mujer de 72 años que cada vez que la escucho me comparte una lección de vida. Con ella sólo platico de noche, vía telefónica, porque durante la mañana trabaja; de tarde, noche y muy temprano se dedica en cuerpo y alma a cuidar a su hija de cuarenta años que nació con parálisis cerebral y la tiene en una cuna donde la baña, la cambia y le da de comer ‘puro alimento nutritivo’.
La historia de su vida es un ejemplo de amor, entrega y dedicación hacia su hija, sin importarle más nada que su bienestar, y le preocupa que, si ella muere primero, ¿quién se va a hacer cargo de la niña? Esa preocupación no la hace una mujer amargada ni mucho menos de actos egoístas que no tenga más que ofrecerle al mundo. Todo lo contrario. Cada paso que da, cada palabra que dice, es un ejemplo de aprecio y agradecimiento a la vida.
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Doña Braulia camina erguida con ayuda de un bastón. Su presencia denota honorabilidad sin soberbia, y sus palabras siempre son dichas con enorme convicción, resultado de profundas reflexiones que realiza al lado de su hija. Ese día me platicó que una mañana iba caminando sobre la banqueta hacia su trabajo cuando a su paso salió una lagartija pequeña corriendo junto a una jardinera y el reptil paró su carrera. A su vez ella se detuvo y mirando a los ojos de la lagartija, para que sintiera bondad, con todo cuidado con su bastón, --no se puede agachar-- la hizo a un lado y la puso sobre el pasto para que nadie la pisara.
Una joven sentada en una banca con curiosidad le preguntó a doña Braulia la razón de su acción. Doña Braulia respondió: “Esta lagartija es un ser vivo, una creación de Dios que tiene el mismo derecho que usted y que yo de seguir viva en este mundo sin que nadie la pise. Lo único que hago es protegerla de la gente que pasa sin mirar al suelo, sin darse cuenta lo que pisa sin mirar.”
A veces me pregunto qué tanto sabe doña Braulia que cada vez que sale a la calle da una lección de vida para quien la mira y la escucha. Imagino sus eternas noches sin dormir junto a su adorada hija Lupita, mirando sus ojos e interpretando sus movimientos y ruiditos, adivinando sus necesidades, cubriéndola del frío y dándole de beber cuando sabe que tiene sed. En esa semi penumbra, leyendo las sombras, permitiéndose escudriñar la vida en profunda meditación que brinda paz y bendición, misma que los más apasionados sufíes envidiarían.