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      De ojos vendados a las presidenciales en Colombia

      Miércoles, Abril 13, 2022
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      La amenaza es la legitimidad de las elecciones legislativas pasadas, y las presidenciales venideras
      Magíster en Ciencias Políticas y politóloga colombiana. Catedrática y columnista en prensa independiente.
      De ojos vendados a las presidenciales en Colombia

      Retumban proclamas a favor y en contra de lo que se ha denominado el re-viraje a la izquierda en América Latina: López Obrador en México, la llegada de Gabriel Boric a la presidencia de Chile y la de Pedro Castillo en el Perú.

      En Colombia, por su parte el terreno se muestra propicio para el arribo del candidato de izquierda y exguerrillero Gustavo Petro; más el velo de desconfianza respecto a la legalidad y transparencia de las pasadas elecciones legislativas, potencian cada vez más fraude electoral en el debate público y la mayor amenaza de cara a las elecciones presidenciales de mayo, además de una nueva herida a una democracia harto convaleciente.

      Son diversas las declaraciones sobre anomalías y fallas en la plataforma de la Registraduría Nacional y el proceso electoral mismo del pasado 13 de marzo, jornada que aún hoy día tiene a múltiples organizaciones gubernamentales y no gubernamentales revisando y denunciando múltiples y nuevos hechos irregulares respecto al proceso electoral.

      La Misión de Observación Electoral (MOE) y Colombia Transparente, entre otras, han realizado denuncias formales ante los entes de control alegando fraude electoral por parte del registrador electo Alexander Vega, quien es a su vez cuestionado desde su camino rumbo a la dirección del máximo ente electoral que se supone y espera sea independiente de las  ramas del poder; muy a pesar del mandato constitucional, Vega fue elegido a través de redillas y favores políticos del grupo “vitalicio” gobernante, y, que espera seguir timoneando.

      Múltiples son las irregularidades destapadas tras ventear la olla de cocción del fraude electoral en las elecciones legislativas: perfilamiento de los jurados en las mesas sin poca o nula experiencia en el proceso;  acceso de candidatos y/o los partidos al software de la registraduría, que permitió votar por más de una vez a los jurados; errores en la trasmisión del escrutinio; irregularidades en la asignación de votantes a las mesas; tachones en el diligenciamiento de los formularios; rompimiento de la cadena de custodia;  etc., etc.

      Además de esto, se evidenció la capacitación escasa a los jurados y auxiliares de mesas que en su mayoría eran jóvenes inexpertos, así como eventos externos como la constante compra de votos, suplantación y constreñimiento al elector, algo nada raro de la política caciquil en Colombia. Bajo este contexto, representantes políticos, autoridades judiciales y la opinión pública en general hoy hablan abiertamente y denuncian un potencial fraude electoral a todas luces, mismo que augura un riesgo altísimo en las elecciones presidenciales venideras.

      A propósito del fraude electoral en Colombia, una de las democracias más longevas de Latinoamérica, hay que decir, por un lado, que un fraude de tal tamaño no se sucedía desde 1970 cuando el conservador Misael Pastrana Borrero le robó la presencia a Gustavo Rojas Pinilla de la Alianza Nacional Popular (ANAPO), surgiendo a su vez las guerrillas urbanas del M-19 y con ellas la profundización del conflicto social y político en el país.  Por el otro, la disposición del cuerpo legislativo es fundamental para la gobernanza y gobernabilidad del próximo presidente en el país cafetero, siendo Gustavo Petro el más opcionado, y, a su vez el más temido por parte de la clase política que hoy mueve los hilos del poder en Colombia.

      Frente a esto, más allá de la reprimenda pública, lo que está en amenaza real es la legitimidad de las elecciones legislativas pasadas, así como las presidenciales venideras, que hoy se muestran definitorias en cuanto al rumbo que tomará el país inmerso hoy en crisis económica –la inflación por las nubes, el desempleo y la alta informalidad son una muestra-, crisis política -la mala gestión del presidente actual ha acentuado la polarización en el país y con ella la desafección hacia los partidos políticos e instituciones en los diversos niveles- , y la crisis social por supuesto –continuo conflicto armado, muerte y desaparición de líderes, lideresas sociales, jóvenes,  y en general los actores que representan una voz disidente.

      Lo cierto es, que las realidades propias de los hogares colombianos en creciente desesperanza frente al futuro son cada vez más complejas e inciertas; ¿cuál futuro? se preguntaría uno hoy, evocando la famosa frase del expresidente Darío Echandía tras la muerte del caudillo Jorge Eliecer Gaitán: “(…) y el poder ¿para qué?”

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