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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Ifigenia en sueños

La novela de Atilio Peralta refleja elementos esenciales de la naturaleza humana en torno al poder

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Marzo 25, 2022

A Alberto Atilio Peralta Merino, con gratitud

Mi padre tenía diez años y vivía con su familia materna, los Villar Carrillo, frente a la Catedral de Puebla en una casona de tres pisos. Corría el año de 1931 cuando Pablo Petersen decidió, a las 11.20 de la mañana del miércoles 30 de septiembre, aventarse desde la Campana María hacia el atrio. Mi papá nunca olvidó aquel golpe seco que escuchó cerca, mientras jugaba en el patio de su casa esa mañana. A sus noventa años recordaba el evento tan vivamente como si acabara de suceder, el suicidio de aquel “alemán loco que se aventó de la torre de Catedral”. Cuando Alberto Atilio Peralta Merino me refirió su investigación al respecto, hondamente sorprendida exclamé: “¡Ese ruido lo escuchó mi papá cuando era niño! Y siempre dijo que había alterado la vida de la Puebla de entonces.”

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Cuando conocí a Atilio me admiró su prodigioso manejo de múltiples temas, así como su descomunal memoria, por lo que cuando solicitó el apoyo para que alguien tomara sus notas, me ofrecí gustosa para aprender de él y saber de qué está hecho por dentro este hombre. Esa cercanía me permitió conocer del suicidio de Pablo Petersen del que hablaba mi padre.   

En días pasados, Atilio presentó su novela Ifigenia entre sueños, donde llamó mi atención lo que refirió de su personaje femenino, María Alonso: “la mujer que deseó tener hijos y no los tuvo, y no deseo ser gobernadora y lo fue”. Esta historia novelada que ya está en papel y digital (con el permiso del autor anexo la liga https://bit.ly/36EGPYB ), me llevó a recordar la forma en como el Sagrado Corán define el Pecado Original, donde en el Paraíso en el plano Metafísico, situación ideal sin límites ni reglas ni normas ni leyes, Allah pone a Adam y Hawaa (Eva) con la única advertencia de no acercarse al Árbol Prohibido, que no contiene el Conocimiento del Bien y el Mal ni el engañoso ‘Y seréis como dioses’ de Occidente, sino que Iblís (la serpiente); les promete con engaños a ambos -no sólo a Hawaa-, que al comer del fruto del Árbol, podrán poseer una Superioridad Espiritual para formar parte de los Cinco Profetas Selectos del Islam, Portadores de la Ley. El Árbol Prohibido es simbólicamente la Codicia y la Ambición.

Al comer la fruta prohibida, Adam y Hawaa fueron expulsados del Paraíso, hecho no señalado como pecado original que heredarían a toda su descendencia como castigo, sino por una lección a aprender: darse cuenta de su falta -porque hay un fuego que te dice que estás cometiendo un mal-; evidenciar su ingenuidad e ignorancia ante el engaño y darse cuenta de su necesidad de adquirir conocimiento; que al quedar expuesta su desnudez adviertan su fragilidad humana; que se arrepientan -que significa enmendar el error y corregir el camino-; que como signo de su toma de conciencia pidieran perdón; y no tratar de justificar su error con otra falta como lo hizo Iblís ante Allah.

En Ifigenia entre sueños, el personaje masculino Gabriel Moreno, representa la Codicia, la Avaricia y la Ambición (con mayúscula) de las que el Árbol Prohibido es símbolo. Al profundizar en la personalidad de Gabriel, -en la vida real Rafael Moreno Valle Rosas- recordé el mito de Narciso que comúnmente se interpreta como del excesivo amor propio. Pero esta es una lectura errónea, ya que Narciso es precisamente todo lo contrario: la total incapacidad de verse a través de la mirada del ‘otro’ porque esa mirada es el espejo a través del cual nos construimos como “yo”, como “sí mismo” y como “sujeto”, y Narciso no construye ninguno. A esto se le llama “enfermedad del amor” porque anula la posibilidad y la probabilidad de amar a los demás y amarse a sí mismo, ya que al no existir los ‘otros’, tampoco existe un ‘yo’.

En Gabriel hay una falta total de autorreflexión; él no existe como sujeto, no tiene emociones ni sentimientos auténticos y espontáneos ni para sí mismo ni para los demás; su cara no es rostro ni tiene rictus: es una máscara inexpresiva de emociones fingidas, de pocas expresiones acartonadas e inmutables. Su mirada no tiene signo, significado ni intención, y todo y todos -el mundo y las personas-, son cosas que puede manipular a su antojo, que quita y pone, no a voluntad, sino a capricho; es inestable emocionalmente con relaciones interpersonales caóticas; sus pensamientos son radicalmente polarizados y dicotómicos lo que lo imposibilita sentir y emocionarse.

Gabriel no pierde contacto con el mundo, pero siempre está al borde, aunque nunca cae. No puede darse cuenta de que algo está mal con él por las consecuencias de sus actos, mismos que ejecuta con obcecación y como reacción de su acérrimo concretismo y pragmatismo y no por consciencia o autoconciencia; y aunque puede cambiar de parecer, no lo hace porque esté consciente del daño que causa, sino porque no le funcionó.

Gabriel tienen obsesiones que persigue con el peso del plomo, con un concretismo exacerbado sin poder sentir ni percibir el dolor ajeno -aún el de María, su esposa-, como el ejemplo del padre a quien el oncólogo le dijo que su hija con cáncer moriría en algunos meses -se atravesaba diciembre-, y de Navidad le regaló un ataúd.

Los sueños y fantasías, el sentir placer, plenitud o alegría, el tener ilusiones y aceptar lo que se es, son elementos esencialmente humanos. Gabriel no los tiene porque es incapaz de imaginación, de poesía, de arte, de consciencia social, de autoconciencia y reflexión. Si Rafael hubiera sido pintor, sus dibujos tendrían longitud y altura pero no profundidad ni fondo.

Y de Agnes Torres en Ifigenia en Sueños; Agnes… activista transgénero mexicana, defensora de los Derechos Humanos de la comunidad LGBT+, asesinada en marzo del 2012 en Atlixco, Puebla durante el sexenio del entonces gobernador Rafael Moreno Valle Rosas, es el espejo en el que Rafael y su séquito de erómenos, no pudieron siquiera imaginar y mucho menos entender, verse reflejados en la vasta imagen de profunda dignidad y auténtica congruencia de la activista consigo misma, lo que imposibilitó su derecho a una justicia post mortem hasta la fecha.

No es locura; tampoco dureza. Es enfermedad.

La locura puede ser muy seductora; la dureza es inhumana, pero la enfermedad es inmunda.

alefonse@hotmail.com

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