Hay estampas de la vida cotidiana que nos retratan. A veces para bien, muchas para mal.
Un día cualquiera recorro la calle frente a la Secretaría de Finanzas, 11 Oriente entre 20 y 22 sur. Una veintena de puestos con fritangas, refrescos, cubrebocas, guisados, ropa, perfumes, gorras, bolsas de mano y mil baratijas más.
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Ahí, en las narices de quienes vigilan el pago de impuestos. Más allá de la evasión fiscal y robo de energía eléctrica, las inmundicias que le dan a la gente por unos pesos.
Veo a una señora en su enorme puesto, entre sartenes y tanques de gas junto, que con los dedos, sin guantes ni nada, toma porciones de rajas con huevo, frijoles, lechuga picada y trozos de carne en mole y las coloca en un gran plato. Con esas mismas manos cobra un billete de cien pesos y da el cambio.
Allá va, a los intestinos de compradores, un megatón de microbios y bacterias. Dicen que eso crea anticuerpos. Dios los agarre confesados. Cientos de clientes, entre las garras de una tifoidea y el coronavirus.
Ahí mismo, enfrente, los tramitadores de actas de registro civil. Cientos o quizá miles, a diario sufren el calvario del tercermundismo. Un día yo tardé cuatro horas en un trámite de esos. Imagino los casos de gente que viene de pueblos lejanos, de las sierras poblanas.
En materia de salud, limpieza de calles y tramitología, hay gente que no está haciendo su trabajo. Me temo que los funcionarios de esas áreas, del gobernador y el alcalde, con sus omisiones, métodos anticuados y burocráticos, o corrupción, le están saboteando las buenas intenciones a sus superiores…
Y se puede, ¡claro que se puede!, convertir esos círculos viciosos en círculos virtuosos. Pero no se ve ingenio, voluntad, ni soluciones ingenieriles…
Una más de Bonafont
Intento pedir por teléfono un garrafón de agua a Bonafont. Llamo a varios teléfonos y por fin logro enlazar con un empleado. Me empieza a tomar datos y finalmente me corta abruptamente.
Cuarto intento. Luego de escuchar un largo mensaje del INE sobre mi credencial de elector, por fin una chica me responde con velocidad de locutor de radio mezclando noticias y comerciales. Suelta su cantinela mecánica. Cordialmente le pido que hablemos como seres racionales, lentamente y con claridad. ¡Lo consigo..! Me advierte que me va a gravar. Le digo que eso quiero precisamente para que sus superiores entiendan mis frustrados intentos de conseguir, casi casi agua en el desierto: un simple garrafón.
Me interroga, me pide más datos que a un ucraniano llegando ahora mismo al aeropuerto de Moscú. Todo iba bien. Le digo que mi afán no es otro que un simple garrafón, que tenga piedad de un sediento. Me dice, me falta su código postal… Ya, desesperado, le digo, mire, no lo tengo a mano…olvídese, gracias, buscaré otra marca.
Luego de esto, comprendo porque a esta empresa la corrieron en medio de un severo conflicto por explotar mantos acuíferos irracionalmente en un pueblo del rumbo de Cholula.
Una de médicos…
Voy a consulta al ostentoso Hospital Ángeles, sí, ahí donde la medicina se torna próspero comercio. Veré a un reputado médico especialista. Me recibe en su consultorio y me pide datos personales, fijos los ojos en su computadora, casi ni me ve. A veces un leve vistazo. Siempre he pensado que la primera y clave atención del médico con su paciente es ese cruce de miradas, la revisión ocular de la imagen del doliente y la vista y oídos centrados en quien busca una solución a eso que lo aqueja.
La atención no tiene un gramo de calidez. Le observo su imagen. Veo que calza unos zapatos tenis que alguna vez fueron color amarillo piña, brillosos. Están muy sucios, la verdad cochinos. Me quedo con la impresión de que esa prenda mucho refleja la calidad del médico. Salgo, la verdad, nada satisfecho con el trato del facultativo.
El otro extremo lo encuentro en el área de Apoyo Auditivo de un gran centro comercial. La chica me da un trato extraordinario. Paciente, atenta, cordial, con todo el tiempo del mundo. Responde a todas las preguntas, despeja todas las dudas. Da orientaciones e instrucciones con voz clara, precisa, cálida. Ofrece las alternativas que existen, hace pruebas dentro y fuera del despacho, en verdad, ¡una empleada modeloooo!
En la atención empieza la cura para cualquier dolencia. Pocas empresas cuidan el factor humano de su personal, y ahí radica la clave del éxito.
Hay más historias. Ya las iré contando…
Le envío un abrazo cordial.