Es todo un espectáculo. Por igual al romper del alba que al caer la noche. Se les ve en las sombras a contraluz de los faroles que iluminan la calle. Les gusta más al romper el alba cuando nadie deambula por la calle, cuando ella y su tropa de cuatro gatos, tres machos y una hembra, y una perrita salen libres caminando sueltos, cada uno a lo suyo en una sola dirección. Brotan con el aroma del amanecer cuando no hay coches ni gente. No les gustan. Ni a ella ni a la tropa. Son mejores cuando están solos, juntos y en familia. Se entienden bien. Son perfectos.
Todo inicia a las cinco de la mañana de cada alborada cuando uno de los gatos machos se pone a cantar para despertar a los demás. Sus agudas coplas los despiertan con su melodía sin igual. En el silencio previo, donde sólo se escucha el respirar de cada uno, su cántico suena como un rezo para agradecer el nuevo día, el oxígeno que respiran y anunciar que es hora de brotar.
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Adormilados, menos el cantor capataz que no deja pasar la hora, se alistan todos para salir. Se esperan los unos a los otros, y dispuestos y alineados frente a la puerta, la mujer abre y salen corriendo para adueñarse de la calle.
En su andar gozoso el cantor y la perrita, que son la hermandad perfecta, salen corriendo y se brincan uno a la otra, trenzando su alegría al vuelo. Su gozo es contagioso. En ocasiones las aves salen al quite trinando y juegan con los gatos y la perrita a ver si las atrapan, y cuando estos se acercan, y ya merito las cazan, levantan el vuelo dejándolos deseosos de brincar más alto para alcanzarlas.
La única gatita se detiene en cada planta para oler la fragancia del amanecer y camina con parsimonia disfrutando su soltura y el espacio infinito que la contiene.
En la semipenumbra del amanecer, a esa sombra parcial entre los espacios enteramente oscuros y los enteramente iluminados, de manera intempestiva se acerca un coche con faros prendidos; la mujer le hace señas afables de bajar la velocidad y circular con cuidado mientras la manada de mascotas se orilla y se esconde entre los matorrales, eclipsando la plegaria perfecta de la vida; pero la sonrisa afectuosa y sincero asombro del conductor por el simpático escenario, regresa la vida a su cauce.