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OPINIÓN

Distintas diferencias: el atlas de un mundo

Debemos empezar a hablar de las diferencias, que operan entre diferentes entornos del mundo

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Viernes, Febrero 11, 2022

Norte-sur, oriente-occidente, naturaleza-cultura, mente-cuerpo. Por siglos hemos partido y repartido el mundo en mitades. Mitades simétricas a las que se les imprime, en otra capa, una relación asimétrica, jerárquica. Es evidente: el norte sobre el sur. Occidente sobre oriente. Cultura sobre naturaleza. Etcétera. El romanticismo tiene el poder del flautista: nos encanta con su flauta y nos hace ver la inversión: el sur se subleva sobre el norte, oriente muestra una verdad más profunda que occidente, la naturaleza resguarda el secreto de la cultura, el cuerpo finalmente habla en una lengua sorda y poderosa, refractaria a la mente. Pero ni la simetría dualista, ni la asimetría del privilegio fundacional tiene ya nada qué decirnos. Tampoco las meras inversiones que, por cierto, se realizan casi siempre desde el mismo lugar: el norte aplaude al sur por su inocencia, su pureza o su rebeldía, el occidental se sienta a meditar y olfatea a Buda en un palito de incienso, los humanos plantan cinco árboles en un camellón, la mente se hace una bella idea del cuerpo.

Hemos pensado, mirado, imaginado…discernido así. No importan aquí las diferencias entre pensar o sentir, recibir o producir. El mundo es mundo por sus diferencias. Por sus diferentes diferencias que hacen que las cosas no colapsen en un punto. Al no poder estar yo aquí y allá al mismo tiempo, es que mi posición puede variar. Hacerse diferente. Y es por ello por lo que mis acciones de desplazamiento hacen una diferencia. Pero eso no significa que no pueda estar en más de un aquí. Solamente esto: no en todos. No a la vez y quizá ni siquiera secuencialmente. El mundo se hace de diferencias que hacen la diferencia. Y no hay una sola. Diferencias claras y distintas. Diferencias de umbral. Diferencias ambiguas. Diferencias en el mundo discreto y diferencias en el continuo. Tantas diferencias como mundos. Tantos mundos como cosas y relaciones. Y aún así: un solo mundo.

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Pensar es recorrer y variar las diferencias. Pasar de una a otra. De unas a otras, atravesando los mundos. Todos ellos subsistentes, pero entrelazados entre sí de manera no trivial. Lo vivimos todos los días. Realizamos trayectos con el cuerpo. Trayectos de pensamiento. Trayectos del deseo. De la fantasía. Trayectorias en nuestros oficios. Trayecto del planeta tierra en torno al sol. Trayectos en los que saltamos de palabra en palabra, ellas separadas por intervalos de espacio y de tiempo. Trayectos continuos sobre el espacio tridimensional de nuestro pesado cuerpo. Y de ahí ¿qué resulta? Un nudo de trayectos en los que se tensa la vida real, deseante y delirante.

Naturaleza-cultura. Sí-no. Verdadero-falso. Ausencia-presencia. Ser y no-ser. En cada caso nos colocamos en posición de discernir, de separar, de afirmar que para que haya algo y no más bien nada; las cosas deben excluirse, repelerse, resistirse. Si no, repito, todo se colapsaría en un punto. Pero en la pura repulsión, en la incompatibilidad absoluta, el mundo se expandiría en múltiples diferencias indiferentes. En el primer caso, pensamos la inmanencia absoluta, la sustancia continua, donde todo se funde. Se hace potencia. Se hace noche. Se apaga. Es nada. Nada de nada. Es el delirio del enamorado que funde las cosas en el uno y ahí no sólo las confunde, sino que las aniquila. El fulgor del inicio coincide con la última chispa, un punto en la oscuridad. Sin dimensión espacial ni temporal. En el segundo caso, intoxicados de diferencias, nos imaginamos una tarde de fuegos artificiales, diversidad máxima, diseminación sin límites. Pero aquí, al contrario de la inmanencia radical, donde una continuidad simple devora las diferencias, aquí las diferencias son indiferentes entre sí, no se tocan, no se refieren, pero en verdad son diferencias iguales. Cualquier diferencia. Diferencias impotentes las unas respecto a las otras. Una intercambiable por otra. En el límite lo llamamos indiferencia. La indiferencia la tenemos en el ámbito del pensamiento cada vez que reconocemos algo trivial. La tenemos en la física como entropía.

Las cosas se repelen por la incompatibilidad de serlo todo al mismo tiempo. Pero se relacionan entre sí. Las cosas no poseen propiedades como apellidos, nada intrínseco hay en ellas; más bien se expresan en otras. Las cosas se impulsan (físicamente), se implican (lógicamente), se concatenan en series. Se imitan, se entrelazan, se funden, se dividen, interactúan o se ignoran frente a un tercero que las reúne. Las cosas se revelan y se ocultan entre sí, pero siempre para manifestarse en, con y para otras en un espacio común. Y los diferentes universos, ¿quién los recolecta? ¿No somos nosotros quienes damos el espacio común, el espacio de convivencia de lo similar y lo desemejante, de lo que difiere significativamente y de lo que difiere de manera indiferente?

Nosotros recolectamos. Y hacemos mapas de ello. Mapas y mapas de mapas, es decir, atlas, que superponen dichos mapas gracias a pequeñas intersecciones locales entre ellos. Pero hay muchos modos de pegar un atlas. Nosotros recolectamos, no proveemos el espacio último. Pues no todo se da originariamente en nosotros. Si somos sistemáticos en algo, es en el modo de recolectar y pegar. No un gran sistema, sino pequeños sistemas y tránsitos (y obstrucciones) entre ellos. Tránsitos sistemáticos, entrelazos sistemáticos, pero un único espacio. No un espacio desnivelado donde todo “es” del mismo modo. No todo se toca con todo. Nada toca con todo su ser. Y nada es tocado absolutamente. Hay tactos, sí, que dibujamos en nuestros mapas como flechas. Son cosas que se mueven, que se reflejan, que se atraen o se repelen, que se transforman, que se funden o se confunden. Cada cosa, en cuanto interconectada con otras, refleja y es reflejada, mediata o inmediatamente. Nosotros no recolectamos todo de primera mano, sino que recolectamos también recolecciones y nos ensamblamos con otros ensambles.

Cada sección del mundo refleja otra sección. Mas no hay visión que pueda pegar todas las visiones unívocamente. O bien, hay muchos modos de pegarlas. Mirar es un modo de tacto distante. Se toca también con todo el cuerpo. También las palabras se tocan en las frases, cuando conviven adyacentes unas respecto a las otras. Sin tacto (sin un vínculo, conexión, lazo o nexo) no se produce nada. Los tactos trazan trayectos. Los trayectos se entrelazan. Esos enlaces hacen mundos. Los mundos se conectan entre sí. Pero no hacen uno. No un mundo simple, con un conjunto de axiomas simple. O con una base común. O apoyados en una última instancia. No hay base (fundamento) que lo cargue todo, ni techo (totalidad) que se extienda como cielo común. Y, sin embargo, cuando hablamos del mundo, y del ser en general, no hablamos sino de eso: del espacio común. Eso significa: interconectado de manera no simple, en diferentes estratos, niveles de organización, escalas y modos. Paisaje accidentado con sedimentos y no una superficie plana, donde una única diferencia lo rige todo.

Las filosofías de la diferencia privilegian siempre una diferencia por encima de otras. Ésta o aquella y solo ella debería ser primera, originaria, en sí o absoluta. Pero ¿tenemos motivos para razonar así? ¿No damos cuenta de las cosas siempre en un espacio o contexto? Y al dar cuenta de las relaciones ente relaciones, ¿no entramos de nuevo en otro espacio o contexto de razones, de motivos? Por ello, si somos incapaces de abarcar todas las cosas y sus relaciones en un único espacio, ¿por qué deberíamos estar seguros de que con ello hemos conquistado una idea general de diferencia? Es decir, la “incompatibilidad”, la “inconmensurabilidad”, la “multiplicidad” y todo aquello que mantenemos como “fuerza” en contra de la unidad simple, de la unificación conceptual, ¿no es, en un sentido positivo, la afirmación de diversos “mundos”, o contextos o espacios o universos, cada uno poblado por sus propios seres, entrelazados por relaciones particulares y siguiendo una lógica determinada?

Muchos mundos, pero interconectados. Multiplicidad que no se dispersa en la indiferencia y la trivialidad. Conectividad que no se diluye en un universo trivialmente conectado, trivialmente continuo, indiferente a las diferencias. ¿Cómo veríamos esto en una de las divisiones fundamentales de la filosofía occidental, como aquella entre naturaleza y cultura? Allá, la eterna repetición de lo mismo, mecanicismo, necesidad férrea, inconsciencia. Aquí, en cambio, novedad, propósitos (o causas finales), libertad y autoconciencia. No tenemos problema en reconocer que la frontera (y de eso se trata de bordes, de fronteras, de límites, de diferencias y de identidades, de tránsitos y de obstrucciones entre territorios divididos) entre un dominio y otro se ha movido con los siglos. Ya no estamos seguros de reducir la naturaleza a principios mecánicos. Los modelos de la vida nos ofrecen sistemas dinámicos más complejos, capaz de referirse a sí mismos. Idea que Kant había ya reconocido: lo vivo se refiere a sí mismo de modo análogo a como el pensar “trabaja para sí” en la autoconciencia. Y tampoco estamos seguros de atribuir a la cultura, o la mente o el espíritu, autoconciencia en el sentido de autocomprensión última, saber sobre los motivos que en nosotros operan. Los predicados que le atribuimos a la naturaleza y a la cultura los hemos variados, unos han pasado a ambos lados, hemos, pues, vuelto a partir y repartir los territorios y lo que decimos existe ahí, incluidas sus “leyes”.

Naturaleza y cultura. Volvemos a ello. Es la diferencia que invocamos como rasgo distintivo de lo “nuestro”. La razón frente al instinto. O la libertad frente al mecanicismo. O el lenguaje frente a un mundo de “necesidades objetivas”. Dijimos que estos predicados adjudicados en sí al dominio de la naturaleza o de la cultura, han mutado, han saltado de un lado a otro, o se han extendido a ambos. Pero dichas variaciones, ¿desplazan a las anteriores? Es decir, lo que separa y lo que une a la naturaleza y la cultura, ¿es general o depende de cierto punto de vista? Y ¿no buscaríamos hacer un atlas de puntos de vista, que nos permitieran detectar la variación de diferencias entre la naturaleza y cultura, identificando incluso aquellas regiones donde se vuelve indiscernibles?

De entrada, cuando decimos “naturaleza”, ¿de qué la distinguimos? A veces, de lo artificial, otras, de lo cultural, unas más, de lo anormal. Pero lo cultural no coincide con lo artificial, ni lo cultural con lo anormal. En la naturaleza se ha visto la tranquila mirada de un Dios que la ha diseñado según el proporcionado lenguaje de (cierta) matemática. Otros han visto en ella el sitio de la desmesura: la lucha por la sobrevivencia, la guerra de todos contra todos, el despiadado egoísmo del individuo (o la especie) amenazado por todos los flancos. En la naturaleza se ha resguardado también la mística, la poesía natural que resguarda un orden original o una potencia creativa infinita. No habría que decir, la naturaleza es esto y no lo otro. O afirmar: la naturaleza no existe, es tan sólo el “otro” variable de la imagen que nos hacemos de nosotros mismos. Pero no hay razón para excluir la pertinencia de una diferencia. Siempre y cuando sepamos reconocer el entorno donde esta diferencia sobresale. En efecto, podemos llamar natural al reservorio de fuerzas afirmativas y de sobrevivencia o de autopoiesis (autoproducción). Pero recorriendo la naturaleza es fácil encontrar cooperación y simbiosis, haciendo necesario hablar de algo así como “sympoiesis” (producción conjunta, según el afortunado término de Haraway). Habría, pues, que mostrar las “regiones” donde se desarrollan ciertas relaciones entre ciertos elementos para mostrar la diferencia o el conjunto de diferencias imperantes y estructurantes. Pero al desplazarnos más, al mover el punto de vista, el paisaje de relaciones necesariamente se modifica. La simple oposición entre naturaleza y cultura (incluso a nivel global) o la simple y única diferencia (un devenir plano de unas cosas en las otras, sin niveles en el paisaje) terminan por ahogar la plétora de diferencias. Las diferencias diferentes, diferenciadas, diferenciantes, difiriendo.

Debemos comenzar por hablar de la diferencia en plural. Diferencias. Distintas diferencias que operan entre diferentes entornos del mundo y que componen aquello nosotros captamos heterogéneamente en nuestros atlas. Todo con el fin de orientarnos. O de extraviarnos menos.

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