Hacia finales del mes de enero, 5.6 millones de personas habían fallecido en el mundo a consecuencia del Covid-19, de acuerdo con Statista, un portal alemán especializado en estadística. Para ponerlo en perspectiva, se trata de cuatro veces la población del municipio de Puebla (ciudad y juntas auxiliares).
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En Asia, el continente en el que se originó el mal, y con índices de pobreza, la cifra de muertes es de alrededor de un millón de personas. En África y Oceanía las barras de la estadística son prácticamente imperceptibles frente a las cifras de los continentes más “desarrollados”.
En Europa han muerto hasta ahora poco más de 540 mil personas, de acuerdo con la misma fuente. En el Viejo Mundo la cifra total de fallecimientos es de alrededor de 1.7 millones de personas. En tanto en América, en cuya región se encuentra México, la cifra se ha disparado hasta rozar los 2.5 millones de muertes.
Por alguna razón la fatalidad del mal se ha concentrado en nuestros países, sin que hasta ahora nadie atine a explicar cuál es la razón de fondo. Una variable, tal vez la más poderosa, apunta a la mala gestión de los gobernantes. Un patrón que lamentablemente se repite invariable en todos los países del continente.
Pero todo hace ver que no sólo se trata de los gobiernos incompetentes, o renuentes frente a su responsabilidad mayor: proteger la vida de sus gobernados.
En este punto podemos señalar la conducta negativa de un porcentaje de individuos de quienes no se habla, o se habla por lo bajo, no obstante, su responsabilidad en la transmisión de los contagios, los cuales están relacionados a su vez con hospitalizaciones y estas con el número de muertes.
Podemos mencionar a las miles y miles de personas que se rehúsan a portar el cubrebocas en la calle y lugares públicos; y otra cifra igual, si no es que mayor, de personas que se resisten a la vacuna, alegando todo género de naderías y ocurrencias.
Ciertamente se trata de conductas que se salen del control de los gobiernos, pues las personas renuentes se amparan en el derecho de sus garantías individuales y derechos humanos, ante los cuales la autoridad está imposibilitada para actuar.
Hay una corriente de opinión internacional que tajante se opone a la implementación de medidas coercitivas, no obstante que de por medio está la vida de muchas personas, y nada puede estar por encima de la vida.
Entre las “razones” para no inocularse está la que afirma que el gobierno está colocando chips en los individuos para luego, desde la comodidad de la cama, dirigir el mundo con “el control” de la televisión. O la versión entre fatalista y envalentonada: “De que cuando te toca, te toca, y no hay poder humano que pueda contra el destino”. Este espíritu explica la organización de fiestas Covid-19.
¿Por qué la gente no se vacuna y no sigue los cuidados, no obstante que todos conocen de familiares y amigos que murieron a causa de la enfermedad?
Esta probado con evidencia empírica y científica que las medidas de prevención tienen un impacto positivo en la reducción de contagios y muertes.
La información demuestra que una persona contagiada sin ninguna dosis de vacuna tiene más riesgo de requerir hospitalización, y tal vez de solicitar cuidados intensivos, que quien se encuentra protegido por el biológico.
Por acá hemos especulado que una de las razones por las que las personas rechazan la vacuna puede hallarse vinculada con la falta de confianza de la gente en los gobernantes. Un alto porcentaje de personas no cree que sus gobernantes actúen de buena fe.
Semanas atrás, luego de su convalecencia de la COVID, el presidente dirigió unas palabras a la audiencia, en la que afirmó que ya se esta saliendo de la etapa crítica, y recomendó cuidados, y a los enfermos tratarse con alcanfor, miel y limón.
Todo indica que las declaraciones del Presidente cundieron hondo en el espíritu de los miembros de su gobierno.
En la semana, el presidente de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados, tal vez para no quedarse atrás en su responsabilidad legislativa, recomendó remedios caseros para combatir el coronavirus, los que –escribió- son muy efectivos “para aliviar los malestares de garganta” y “dolores de cabeza y oídos”.
La medida fue secundada en el acto por el director general del ISSSTE, el responsable de la seguridad social de todos los empleados de la estructura de gobierno, el que coordina la red de hospitales de esa dependencia en el país. Más actualizado, él recomendó tratarse con médicos homeópatas.
El problema de fondo tiene que ver en la falta de confianza de la población en sus autoridades. Puede votar por ellas, pero no para confiarles su cuerpo.
De no ser porque la pandemia ya cobró la vida de más de seiscientas mil muertes (seis veces la población de Huauchinango, sumando ambos registros), las declaraciones del diputado y director podrían pasar como un mal chiste. Pero no.