- Quiero hacer una promesa para el año nuevo 2022.
- ¿Cómo de qué?
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- ¡Dejar de comer chocolate!
- ¿En qué condiciones?
- ¡En todas!
- ¿Estás segura?
--¡Sí, claro! Quiero ofrecer algo que me forje el carácter.
- ¿Y el chocolate te lo impide?
- Es mi veneno… Tengo que ofrecer algo que me sea significativo porque de otra manera, ¡no me haré fuerte!
- O sea, ¿dejarás de comer chocolate en todas las condiciones durante todo un año? Es decir, si te invitan un pedazo de pastel de chocolate, lo vas a rechazar; si te regalan un chocolate oscuro de los que te encantan, vas a decir que no; si pasas por la heladería donde venden ese helado de doble chocolate del que siempre pides dos o tres bolas, ni los verás; no a las pasitas con chocolate, a las almendras con chocolate, a las nueces con chocolate, a los arándanos con chocolate… ¿y así al infinito?
- Pues sí…
- ¿Estás convencida? Sería mejor empezar con algo fácil y que no te pesara tanto.
- Mira, lo quiero hacer porque para todo recurro al chocolate: cuando me siento un poco triste, como chocolate y me alegro; cuando tengo ganas de algo dulce, como chocolate y me satisface; cuando pienso en algo delicioso, no hay más que el chocolate. ¡El único sabor del universo es el chocolate!
- Pues más a mi favor…Con ese currículum del chocolate en tu vida, no creo que esa sea una buena promesa porque a la primera de cambios faltarás a tu ofrecimiento.
- Mi papá me indujo al vicio: desde niña cuando yo comía bien, él me premiaba con un chocolate del que él estaba comiendo y lo disfrutábamos juntos; o sea, el premio era el chocolate, la convivencia, el amor de padre e hija; la complicidad mágica que siempre tuvimos se forjó a través del chocolate. Cuando le dio diabetes, estaba prohibido el chocolate, pero me lo pedía a escondidas y se lo daba; un día cuando acabamos de comer, fui por una taza y me serví crema de vaca, de esa buena y fresca, de rancho, le puse cinco cucharadas de chocolate en polvo, lo batí, me lo empecé a comer a cucharadas; el pobrecito me veía y babeaba, no lo hice a propósito, lo hice sin pensar por viciosa, y al verlo, traje una taza y le convidé la mitad de mi batido. Era el niño chiquito más feliz del universo: no se me olvida su rostro de auténtica alegría cuando me dijo que era la crema de chocolate ¡más deliciosa de su vida!
- Piénsale bien qué vas a prometer porque no la tienes fácil con el chocolate porque es el chocolate y todo lo que trae aparejado: el amor a tu padre, la complicidad entre ustedes, ¡es un universo entero!
- Tienes razón: fíjate; cuando ya estaba muy malito de su diabetes, llegó el momento que su páncreas le falló y le dio hipoglucemia; entonces la doctora me dijo que ya le podía dar todos los dulces y chocolates que quisiera y así lo hice: En las noches después de cenar le daba a escoger el chocolate que quisiera, él se lo metía entero a la boca, no lo masticaba, dejaba que se le deshiciera y así veía tele y se dormía; ya dormido sólo escuchabas cómo sorbía la saliva y nos reíamos de su disfrute. ¡Dejaba las almohadas llenas de saliva con chocolate!
- Bueno, entonces, ¿cuál va a ser tu promesa?
- Yo creo que la crema…
alefonse@hotmail.com