Fue hace mucho, para ser exactos 33 años. Se iniciaba el Programa Municipal de Defensa de los Derechos Humanos, único en el mundo, ideado por el admirado doctor Alejandro Antonio Carcaño Martínez, entonces síndico Municipal de la incipiente administración municipal del Lic. Guillermo Pacheco Pulido.
Las personas dedicadas a la prostitución, hombres y mujeres, a quienes en ese tiempo no se les llamaba sexoservidoras o sexoservidores ni trabajadoras o trabajadores sexuales, junto con el personal del programa, nos empezamos a reunir en la Delegación Centro del Ministerio Público donde se ubicaron nuestras oficinas.
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En el inicio llegaron muchas con gran desconfianza –con razón- hacia las autoridades. Realizamos una especie de censo con los datos que nos quisieran dar y quisimos saber su nivel de estudios. La mayoría no sabía leer ni escribir; y contar, sólo lo necesario cuando se trataba de dinero, identificaban la nominación de los billetes, pero no sabían escribir los números y no sabían contar más nada.
En una ocasión, reunida con los hombres de preferencia homosexual dedicados a la prostitución, a quienes siempre me he referido como ‘ellas’ empezaron a echarse carrilla por eventos que habían sucedido en algún bar o en la calle de cuando ‘perdían’ al beber licor. Fue histórico cuando les pregunté a los ahí presentes, con cuántas copas empezaban a sentirse mal, a lo que ninguna supo, y sus caras de asombro porque no pensaban que los números también servían para contar copas. Ya sabían contar, escribir y recitar los números pero no aplicaban su aprendizaje. Les propuse una tarea: que la próxima vez que bebieran licor, debían contar las copas o cervezas que se empinaran y se dieran cuenta a las cuántas se empezaban a sentir mareadas, y ese sería su límite para no ‘perder’ y ponerse en riesgo.
A la semana siguiente, todas y cada una de ellas traían en un papelito arrancado de algún cuaderno o comanda, un número mal escrito con lápiz, plumón o pluma: ese número era su límite de ingesta de copas de licor o cervezas. Lo más memorable fue cuando les solicité me expresaran cómo las habían contado, qué había sucedido, si habían perdido la cuenta, si se les había olvidado y cómo lograron, en ese estado, escribirlo en un papelito para no perder el número. Al terminar los relatos, entre risas, chanzas, burlas y atesoramiento de sus papelitos como símbolo, una chifló y gritó: ¡Locas, también se aprende a contar en la calle!”.