Opinión
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La jodidez ajena

Viernes, Diciembre 3, 2021
Leer más sobre Alejandra Fonseca
Cómo una primera experiencia de un adolescente, nos muestran cómo identificar la jodidez ajena
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes  
La jodidez ajena

“¿Tú crees?, -sonsacó-. Un día mi hijo de 16 años fue a un bar con amigos mayores que él; de hecho, a uno le decían el tío porque tenía ¡como 30 años! Se arreglaron con el de la puerta y lo metieron. Se sentaron en una mesa. Antes de eso te puedo decir que mi hijo, ¡tomar, lo que se dice tomar, no sabía!

Creo que esa vez fue la primera que fue a un bar en forma. Total, que los amigos pidieron una botella, le sirvieron como si fuera un adulto y le dijeron que ya era hora que aprendiera a beber. Le sirvieron una y otra y otra copa, no sé cuántas, pero el chamaco –presumo- se las bebió como agua y pues no soportó el nivel de alcohol. En su descontrol empezó a reírse y buscar hacer travesuras. Vio un extinguidor de incendios colgado en la pared y se le hizo chistoso bajarlo y activarlo y ¡salió toda la espuma!

El encargado del bar les dijo que tenían que llevarse al chamaco y que ya no lo dejarían entrar, ¡que por eso no aceptaban menores de edad! Los amigos traían coche, le dijeron que lo llevarían a su casa, que ahí esperara y lo sacaron. Mi hijo se sentó en la banqueta a esperar y nada; pasó el tiempo y nada; se dio cuenta que nunca saldrían y como llevaba dinero, se le prendió el foco, tomó un taxi y se fue a casa de los abuelos porque sabía que no le convenía llegar con nosotros.

Llegó con sus abuelos y ya sabes ¡el abuelo alcahuete! Le abrió la puerta, checó que estuviera bien, le dio algo de comer, lo metió en una recámara, lo ayudó a ponerse su pijama, lo acostó y lo dejó dormir. Luego me llamó para decirme que el chamaco estaba con él, que no me preocupara que estaba cenando. Al día siguiente se lo llevó al baño de vapor para que le bajaran el pedo con una bebida especial levanta muertos. El fin de semana era frecuente que mi hijo se quedara con ellos, así que se quedó sábado y domingo y por la noche fuimos por él.

Ni su papá ni yo sabíamos del asunto del bar y él desde luego no nos dijo ni pío. Pero como tres días después, terminaba yo de preparar la cena, -no se me olvida- un delicioso espagueti a la boloñesa, cuando tocaron el timbre. Espié y eran sus amigos; le dije a mi hijo que lo buscaban y fui a abrir la puerta. Los invité a pasar y a cenar. Dijeron ‘no gracias’ que querían hablar conmigo y mi marido. Les pregunté ‘qué se les ofrece’. ¡Fue inverosímil! Contaron que el viernes por la noche mi hijo se había emborrachado en un bar, que había activado un extinguidor y que la espuma había hecho que cuatro muchachas broncoaspiraran la espuma por lo que tuvieron que pedir cuatro ambulancias para ser atendidas en cuatro diferentes hospitales y médicos privados. Que también se habían contaminado con la espuma las bebidas de ocho mesas con cuatro personas cada una alrededor y que ellos tuvieron que pagar todos los daños que ascendían a treinta y cinco mil pesos, ¡y que nosotros los teníamos que pagar!

Ay amiga, yo los escuché y observé con calma y veía de reojo el rostro apanicado de mi hijo. Cuando terminaron de hablar les dije que con mucho gusto se les cubriría la cantidad que pedían siempre y cuando trajeran los comprobantes de los gastos que hicieron y que nos dieran tiempo para checar los lugares y montos señalados. Añadí que como sabían, mi hijo era menor de edad y que ellos eran responsables de haberlo llevado a un bar por lo que él sería el que liquidaría la cantidad total con sus domingos, semana tras semana, que yo me encargaría y ese era el acuerdo. Se veían entre ellos y no les quedó de otra más que aceptar aportar comprobantes, dejarnos checar que fueran reales y legales y que semana a semana mi hijo se haría responsable de sus actos.

Al salir los jóvenes, volteé a ver a mi hijo y le pregunté: ¿Estos son tus amigos? Su papá supongo sabría del asunto porque no dijo nada y estuvo sentado a su lado todo el tiempo.

Al día siguiente mi hijo se acercó muy cálido a preguntarme, muy sorprendido que cómo es que había reaccionado tan pronto y tan hábil para atorarlos. Le respondí: ¡Ay mi amor, en la prepa saqué diez en identificar la jodidez ajena!”

 

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