Para mi hermana de vida, María Edith
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Con cariño…
Nuestra cultura occidental nos enseña a pensar y a hablar todo el tiempo. Recuerdo que de niña desde la escuela primaria, los maestros nos motivaban a pensar, a mis compañeros y a mí al exponer una pregunta de un tema visto en clase, y nos retaban a decir con nuestras propias palabras la respuesta de inmediato. Algunos levantábamos la mano prontamente, otros segundos después, pero todos, todos, todos pensábamos la respuesta, y a gritos la expresábamos para ganarle a los demás. Eso estimuló nuestras mentes para siempre estar activas y listas para reaccionar ante cualquier estímulo.
Parte del sistema educativo era (y es) competir en las diferentes materias que nos impartían para saber quién era el más rápido y preciso en responder, y cuando ganábamos el reto, salíamos orgullosos del concurso y al salir del salón, los profesores nos felicitaban con un: “¡Siempre has sido mi gallo!” (aunque fueras galla). Esto en lo personal, me hizo pensar que ‘pensar’ era lo más importante y a lo que estaban destinados eternamente mi atención y el resto de mi cerebro.
De adolescente quise aprender a meditar y me di cuenta de que nunca había tenido la experiencia de no poner atención a mis pensamientos, dejándolos pasar; tampoco supe cómo dejar de estructurar lo que me llegaba en estímulos. Me fue muy difícil y entonces supe del daño que me hizo pensar que ‘pensar’ todo el tiempo y rápido, era lo más valioso e importante, cuestión que se reforzaba en casa, cuando al realizar una tarea que no me salía bien, me decían: “¿Qué no piensas lo que haces?” ¡Por lo que pensar seguía siendo lo más importante!
Ahora que tengo más entrenamiento en dejar pasar mis pensamientos, me divierte mucho observar a mi familia y amigos cuando viven como volcanes en erupción de estímulos, pensamientos, ideas y expresiones; porque los amo y les percibo de una manera distinta que antes, cuando todos éramos muy parecidos.
Hace días visité a una gran amiga a quien la plática no se le acaba, y se llevó las dos orejas y el rabo, como buena matadora, cuando al hablar sin pausa dijo: “¡Quien respira, pierde!”. Ella tiene muy bien conectado su cerebro con la boca, no dice pendejadas, y sus ideas son muy claras y están bien reflexionadas.
Compartíamos la comida, cuando subió las escaleras de su casa a cerrar una puerta, y al bajar, me preguntó: “¿Qué te estaba yo diciendo?” Y sin mediar un segundo más, se dio la media vuelta, subió de nuevo al descanso de las escaleras, y al volver a bajar en tono triunfante, dijo; “Ahora sí como decía mi mamá: ¡Me regreso para acordarme qué estaba yo pensando!”.
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