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OPINIÓN

Muere Mario Lavista

Cambios en las técnicas instrumentales proporcionan una fuente de recursos inimaginables

Elvia de la Barquera

Egresada de Antropología UDLAP, Bellas Artes Universidad de Barcelona y Doctorada en Espacio Público: Arte-Sociedad UB. Artista, investigadora, docente y Crítica de Arte con publicaciones varias

Viernes, Noviembre 5, 2021

Normalmente escribo con gusto sobre arte, cultura y sus repercusiones en la sociedad; con enfado cuando hay recorte presupuestal o cuando las políticas culturales son desatinadas; más ahora escribo con cierta melancolía, ya que el gran compositor mexicano Mario Lavista falleció ayer jueves 4 de noviembre, un compositor que dejó profunda huella en la música contemporánea mexicana.

Recuerdo cuando vino a la Universidad de las Américas en 1986, por medio de la Mesa Directiva de Humanidades. Cuánto insistimos desde el Consejo Estudiantil sobre la importancia de la actividad cultural, y sí, nos hicieron caso desde rectoría y empezaron las temporadas culturales en los otoños con una gran inversión que permitió que la comunidad universitaria y vecinos disfrutáramos de la música, el teatro, la danza.

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La ocasión que nos visitó Mario Lavista hizo todo tipo de artilugios con objetos para rasgar y golpear las cuerdas y crear sonidos metálicos, huecos, vibrantes, atrevidos. Interpretó sus composiciones tanto desde el teclado, como desde la caja de resonancia del piano.

Originario de la Ciudad de México (1943), Mario Lavista ingresó al Conservatorio Nacional de Música en 1963, donde fue alumno de Carlos Chávez, Héctor Quintanar y de Rodolfo Halffter. En 1967 fue a estudiar composición en París, siendo sus profesores  Jean-Étienne Marie, Iannis Kenakis y Henri Pousseur. Posteriormente estudió en Colonia y Darmstadt.

Al regresar a México, en 1969, se integra a la planta docente del conservatorio para impartir la cátedra de Composición.

En 1970 Lavista funda el grupo Quanta, que se distingue por la improvisación, así como por las relaciones entre la música “en vivo” y la electroacústica. En 1982 funda la Revista Pauta, una de las pocas publicaciones especializadas en música y una de las más importantes en idioma español, que incluye teoría, crítica musical, literatura y artes plásticas.

En 1987 recibió una beca de la Fundación Guggenheim para musicalizar la ópera Aura. En 1991 se le concedieron dos premios: el Premio Nacional de Ciencias y Artes y el Premio Mozart; y en 1993 recibe la distinción de Creador Emérito por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y de Arteslo. En 2013 le otorgan el Premio de la Música Iberoamericana Tomás Luis de Victoria de la Sociedad General de Autores y Editores de España.

Finalmente, en 1998 el compositor ingresó al Colegio Nacional y se convierte en miembro honorario del Seminario de Cultura Mexicana.

Su trabajo es prolífico y se caracteriza por la peculiar forma de obtener sonidos de los instrumentos convencionales con mecanismos que transgreden los métodos y formas tradicionales. Le distingue la música incidental y la utilización de la electroacústica.

 

 

[…] En nuestros días, los profundos cambios en la técnica de los instrumentos tradicionales los ha convertido en una fuente sonora de recursos inimaginables hasta hace relativamente poco tiempo, dando origen a un prodigioso renacimiento instrumental. Pensemos en la familia de alientos-madera: la flauta, el oboe, el clarinete y el fagot. Los manuales de orquestación los clasifican como monofónicos, es decir, instrumentos que producen un solo sonido a la vez; pero hoy sabemos que por medio de las digitaciones no-tradicionales y de una adecuada embocadura pueden emitir dos o más sonidos simultáneamente. M.L.

 

 

Sin duda alguna revistió la música contemporánea, un orgullo de México que ha sido reconocido internacionalmente.

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