El ‘hubiera’, -me dice-, es el veneno del alma; intoxica la sangre, emponzoña la mente, narcotiza el aire. Cuando algo desagradable sucede, en la borrachera de las nefastas consecuencias, no hay ser humano que no empiece a suponer ‘lo que hubiera hecho o dejado de hacer’, y en ese mismo instante inicia la imposibilidad de estar agradecido. No sé qué tenemos los humanos que no aceptamos la irreversibilidad de las decisiones que tomamos, por simples que parezcan.
“El sábado pasado fui a Atlixco a ver un terrenito que compró mi marido hace tiempo. Mi hijo se casa en diciembre y quieren empezar a construir, aunque sea dos cuartos para no pagar renta. Y ahí me ves, poniéndome de acuerdo con el albañil para verlo allá. Salí de casa, me subí a mi cochecito, ya sabes que es viejo. Llegué y ahí estaba el albañil con su hijo; vimos el terreno y cuando el albañil y su hijo se retiraron, me subo al coche, lo arranco, entra una llamada al celular, freno para contestar, y de la nada por atrás del coche, llegan tres tipos, bajos de estatura, jóvenes, fornidos, cuadrados de espaldas, abdomen plano, corte de pelo tipo militar, pantalón de mezclilla y camiseta pegada al cuerpo, con paliacates negros cubriendo nariz y boca; rodean el coche, uno abre la puerta con violencia, me baja del auto a jalones, me arranca el celular de la mano, los tres me rodean y uno se jala para el lado del copiloto cuidando que no haya testigos.
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El que abrió la puerta me toma del cuello con rudeza, me saca un arma, una escuadra, me la pone en la sien, me dice al oído en tono rudo y amenazante que no grite o me mata y me exige ¡el dinero, el dinero, dónde está el dinero! El otro me zarandea el cuello y hombro para zafar mi bolsa, me siguen advirtiendo que les dé ¡el dinero, el dinero, el dinero! y cuando ven que me han quitado todo lo que traía encima y, por si lo traía escondido en el auto, los tres se suben al coche, arrancan quemando llanta y se van.
“Mira -dice-, lo que viví para mí es irreal, todavía no me alcanza, pero lo que sí me llegó es que estoy agradecida que no me hicieron algo, que no me llevaron. ¡Nunca me había sucedido algo así! Pero lo tóxico empezó con el: “¡Para qué te fuiste sola, me hubieras esperado que te acompañara, hubieras ido otro día, no contestes el celular cuando manejas, te hubieras salido de ahí rápido, hubieras hecho esto o dejado de hacer lo otro!” Y respondo: “¡Hubiera sido peor todo lo que me dicen! ¡imagínate a estos tres animales armados y alguien conmigo queriéndome defender, a la mejor le hubieran hecho algo o se lo hubieran llevado!”
Creo en mi corazón que no me hicieron nada ni me llevaron porque soy mayor y mi cabello está canoso, aunque estos ya no se detienen ni con mujeres de ochenta años. Pero no quiero ni imaginar si hubiera sido una mujer joven o que alguno de mis hijos o mi marido hubiera estado conmigo. ¡No quiero imaginar!
“Y mira, no soy la investigadora, si eran militares o exmilitares que lo chequen los ministeriales. Lo que sí sé es que siempre los que vivimos dentro del orden social pagamos los platos rotos, y los delincuentes siempre se salen con la suya.
“Mira, fue mejor así; estoy muy asustada, estoy muy ciscada cuando salgo a la calle caminando y se me acerca cualquier persona, siento que me ahogo y quiero desaparecer; pero mira, todo lo que se llevaron es recuperable. Yo estoy agradecida por estar entera, por estar viva y por tener otra oportunidad de corregir lo que no preví y disfrutar a la gente que amo, a mi familia. No hay que pensar en el ‘hubiera’ porque entonces entras en esos mundos paralelos infinitos que no ayudan a enfocarte en lo que es, ni tampoco a corregir donde te equivocaste. Estoy muy agradecida porque estoy aquí con ustedes, sana y entera. Tengo una segunda oportunidad y no es en el ‘hubiera’, es aquí y ahora en este mundo que compartimos y donde nos encontramos.
“Si me permitiera pensar en el ‘hubiera’, no aprendo, no enfoco, no transito y me pudriría por dentro al imaginar que, dadas las circunstancias, todo ‘hubiera’ sido peor.”
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