La endémica influencia política de la masonería en la política local queda de manifiesto en el nombre mismo de la capital provincial. William Faulkner, por su parte, describe en “Santuario”, el sórdido escenario que caracterizó a los bajos fondos sociales del estado de Tennessee durante los años de la prohibición del alcohol.
Mario Vargas Llosa se pregunta sobre “los misteriosos viajes y turbios trajines de Clarence Snopes”. Cualquiera que lea la formidable novela americana, no obstante, podrá percibir que los indicios señalados por el narrador, conducen irremisiblemente a que aquellos apuntan a la cobertura política brindada desde la legislatura local a las traficantes de alcohol, y de manera por demás particular, a la protección brindada a “Popeye”, hasta que dicho sujeto terminara por rebasar todos los límites tolerables.
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En tanto que el psicópata asesino impotente rapta a Temple Drake, la joven hija de un juez a la que desflora con una mazorca para reducirla al encierro en una casa de lenocinio, en la que se regocija observándole en el encuentro con otro hombre al que termina asesinando.
En estricto apego a la célebre “omertá” o ley del silencio por miedo a “Popeye” y a sus protectores, el sospechoso que es juzgado en sustitución de “Popeye” es finalmente linchado y quemado vivo por lo turba, que impide así a su defensor interponer impugnación alguna; ficción o realidad que por ningún motivo habrá de considerarse esporádica en la época por aquellas latitudes si atendemos al menos al relato que la escritora Harper Lee consigna en “Matar al Ruiseñor”.
Las implicaciones sociológicas e incluso metafísicas que comentaristas como el propio Mario Vargas Llosa han logrado desentrañar en la trama de “Santuario”, acaso puedan encontrarse presentes también en otra obra que alude directamente a la relación transfronteriza con México, y me refiero, por supuesto a la cinta “Sed de mal” de Orson Wells de 1958.
Directamente digo, ya que en “Santuario” no existe propiamente referencia alguna a la transfrontera y ya no digamos a la región central del país, pese a que William Jenkins, oriundo, precisamente del estado de Tennessee llevaba a cabo la exportación clandestina del alcohol con el que se elaboraba el whisky casero cuya distribución habría sido resguardada por “Popeye”.
Un relato como el que magistralmente escribió Faulkner quizás no sea tan sólo una transformación imaginada de la vida, sino acaso una auténtica “verdad de la mentira” que permita adentrarnos en el inmenso potencial que trajo aparejada la explotación de caña en el ingenio de Atencingo.
Incluso, pudiera permitirnos acaso, ¿por qué no?, encontrar la “verdad de la mentira” que se habría tejido del ya no tan cercano año de 2013 en relación con las maniobras esgrimidas en torno a la cuantiosa herencia de William Jenkins; sin que en ellas, de manera forzosa, medien actos de brutalidad sexual, ni linchamientos sangrientos como los que se escenifican en la comarca natal del autor de dicha herencia y que William Faulkner consigna en las páginas de “Santuario”.