“Ten cuidado con tus sueños;
son la sirena de las almas.
Ellas cantan,
nos llaman,
las seguimos
y jamás retornamos”.
Gustave Flaubert
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A los casi 14 años partió para alcanzar el sueño americano. Un pariente, mayor que él, pero adolescente como él, le dijo con mirada encendida en tono de complicidad: “Allá se recoge el dinero con escoba”; y le transmitió la refulgente chispa al chamaco. Tenía 13 años cuando su madre -embarazada por catorceava vez con un parto complicado-, al viajar montada en burro para ser atendida en el hospital de la cabecera municipal, murió en el camino junto con el bebé.
Al poco tiempo su padre se volvió a casar y tuvo otros dos hijos, además de los trece anteriores, por lo que él quedó solo y se dedicó a vender gelatinas en su pueblo por la mañana, queso al medio día y tamales por la noche para aportar a su manutención. Cuando el primo le pintó el viaje como una aventura resplandeciente para llegar a una mina de oro, ¡él se imaginó a sí mismo como Rey Midas!
Un día, él y su primo habiendo juntado dinero suficiente para su aventura, decidieron iniciar el viaje “pa’ llegar a barrer dinero” a Estados Unidos de Norteamérica (EEUU). No tenían ni idea de lo que significaba irse “pal’ norte” ya que sólo se guiaban por lo escuchado a sus parientes y demás habitantes de esa comunidad poblana expulsora de migrantes; tampoco tenían prisa porque aunque sabían que era lejos y les tomaría tiempo, parte de la mina de oro era una mina íntima y personal: su propio viaje interior para descubrir sus secretas habilidades y recursos para vivir en un mundo desconocido fuera del pueblo, que significaba grandes oportunidades, pero también graves peligros.
Tomaron su primer “raite” que los fue acercando kilómetro a kilómetro a su destino sin ellos saber con exactitud a dónde ni cuándo. Tenían una orientación: llegar a Tijuana y de ahí pa’ Los Ángeles, California. Este primer “raite” los acercó a la Ciudad de México donde pudieron juntar un poco más de dinero; el segundo fue hacia Mazatlán donde se quedaron tres meses dado que consiguieron un trabajo más estable y mejor pagado para irse pal’ norte.
A pesar de su briosa juventud, su inacabable pasión y magnánimos sueños, unidos a la borrachera que produce la libertad a esa edad de hacer lo que les venga en gana, ninguna sirena misteriosa con alas y cuerpo serpenteado, por seductora y fascinante que fuera al cantarles al oído tentadoramente, con música y voz de ángel que puede seducir al más bragado de los hombres, los pudo hacer renunciar a su objetivo. Se entretuvieron, sí, pero no entraron al averno.
¿Cuántos “raites” para llegar a su destino? Innumerables. ¿Cuántas aventuras? Incontables. ¿Cuántos pasos? Incalculables. ¿Cuántos viajes interiores de la mano de Dios y el Diablo? Inconmensurables. Pero nunca cejaron de su propósito ni se cansaron de hacer lo que tuvieran que hacer o pasar por lo que tuvieran que pasar para lograrlo. Llegaron a Tijuana, pero era esa Tijuana de hace cincuenta años delimitada en cuatro cuadras, quizá con los mismos vicios y peligros, pero las mismas oportunidades.
Al llegar a esa ciudad se quedaron un tiempo haciendo ‘mandaditos’ con el objetivo de ver la oportunidad para pasar “pal otro lado”. El primo encontró ahí su quimera y se quedó, no por el canto de las sirenas sino por cumplir su sueño de barrer dinero con escoba, y lo logró. Nuestro personaje saltó a Los Ángeles donde a los veinte años le convino casarse por doscientos dólares de entonces para conseguir su residencia.
Lo demás es historia.
Y sí, sí se hizo un Rey Midas…
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