Estoy viviendo en el mundo que he creado yo misma para mí misma, con tantos y tantos arrepentimientos de mis errores pasados, persiguiéndose unos a otros en una lista incontenible e interminable que cicla y recicla en mi mente: de lo que hice y de lo que dejé de hacer, de lo que dije y dejé de decir; de lo que pensé hacer y decir, pero dudé y no hice ni dije, y aun el no actuar, fue un error; por haber jugado en mi mente con las miles de posibilidades como si de un juego de desdoblamiento eterno de universos paralelos se tratara: con gran culpa, infinita soledad, profunda condena y sin marcha atrás; inmenso yerro que he pagado agudamente en todas y cada una de sus consecuencias que elevo cada vez a una ‘ene’ potencia mayor, por mis erradas decisiones en perpetua repetición que no puedo cambiar ni aún en el mejor de los mundos posibles imaginables porque siempre caigo en el ‘ya fue’ real; las pago una y mil veces en cada encrucijada que muta y transmuta en mi mente, y cada extravío me persigue con permanentes y detalladas apariciones para vivificarlas en cada microsegundo como si pudiera abrir el tiempo milimétricamente y meterme donde pude haber dicho algo distinto y suponer que lo hice, como un ejercicio de persistencia y resistencia que agota pero no mata, energiza pero sólo hace que el castigo termine más intenso al caer en el solitario y profundo abismo de la culpa, el reclamo por haberme equivocado y la penitencia por no haber hecho lo que me salvara, por no haber tomado la acción que, a sabiendas me favorecía; y desdoblo con total parsimonia uno a uno esos mundos posibles incompletos como si fueran reales porque en lugar de perdonarme a mí misma por lo hecho, sin importar ‘el otro’ que lo hizo posible, y darle salida a lo que ‘ya fue’, pretendo que para el perdón hay que regresar el tiempo para revivirlo en el aquí y ahora en un mundo distinto y suponer que elijo la decisión correcta, que nunca llega…
Ese repaso eterno de mis faltas sólo abona más hondamente a mi arrepentimiento, a mi soledad y la incansable sentencia que me confecciono. Suficiente he pagado los errores y fallas cometidas en mi pasado, y no sólo por las consecuencias, sino por el tiempo que pierdo y no puedo recuperar, y pierdo más tiempo en mi presente irrecuperable que en lo irrecuperable del pasado.
Más artículos del autor
Trato de dejar atrás mis yerros, seguir lo que muchos dicen del “dále pa’delante”, quiero aprender a fingir lo obligado y necesario, pero los arrastro conmigo en mi día a día sin saber cómo deshacerme de ellos a pesar de intentarlo incansablemente, pero cada esfuerzo sólo repite el momento preciso del imperdonable error a veces en cámara lenta, a veces a mil por hora, pero no los distingo de mi porque son mi creación, viven en mí y los alimento. En teoría sé lo que debo hacer para salir de ese mundo circular, pero cada paso que doy es un lastre porque el tiempo va en línea recta sin tener regreso, pero en mí hay un remolino que vierte y revierte los hechos y aunque quiero salir de él y dejarlo atrás, no es suficiente caminar.
En teoría sé lo que debo hacer a cada paso: llenarme de fe y agradecimiento por el nuevo día, por la nueva noche, por cada momento, por mi salud, por poder respirar aire puro, por tener qué comer, dónde dormir, qué taparme cuando hace frío y tener un lugar seguro dónde resguardarme de la lluvia; por mis seres queridos que me acompañan y todo me lo perdonan, por nunca estar sola; por tener esperanza; pero a pesar del nuevo día y las mejores intenciones, promesas y un nuevo propósito, mi nuevo día envejece al surgir de este mundo anquilosado; es como querer dar un paso fuera de la sombra que encarcelo, como si de algo extraño y ajeno se tratara y de la que me pudiera deshacer pero es mi cosmos, mi universo, mi mundo; es el cuerpo etéreo y denso que llena mi alma de oscuridad sin poder darle luz, claridad y perdón, y sin yo quererlo dejar ir porque es lo único que conozco; está ahí en mi cerebro como cisura que hunde todas mis intenciones, los designios y posibles aprendizajes nuevos; raja que divide abismalmente mi mente en sus zonas más profundas; grieta que fragmenta mis circunvoluciones una de la otra, esas elevaciones tortuosas de la cima de mi corteza cerebral que no conectan en lo invisible mi cerebro frontal con el más recóndito e insondable: el de mis emociones, el que me tiene aquí sin dormir, dándole tornados sin regreso ni reversión a mis desaciertos.
¿Quién me dijo que tenía que ser perfecta? ¿De dónde levanté esa idea? ¿Quién me enseñó a castigarme, por ambas cosas a la vez: por hacer las cosas bien y por no hacer las cosas bien? ¿Cómo ligué la idea de ser perfecta a la realidad del inexorable castigo que llegaba de manera irremediable por serlo y por no serlo? ¿De dónde salió quedarme paralizada dentro de esa trampa que aún me deja inmóvil dentro del pozo del fallo, de la fragilidad, del arrepentimiento por actuar y por no haber actuado, por acertar y por no haber acertado? Se me castigaba por hacer las cosas bien y se me castigaba por no hacerlas bien; por ser perfecta y por no serlo; la condena imperaba fuera o no fuera conveniente la acción; aprendí a no salirme del ámbito del purgatorio hiciera lo que hiciera porque era lo seguro, lo inequívoco, lo irrefutable, lo indiscutible: era la única recompensa por no ser querida, una retribución dolorosa pero un reconocimiento; ¡es un premio, al fin!
alefonse@hotmail.com