¿Cómo se están preparando los profesores y profesoras ante el inminente retorno? ¿Qué se gana con el regreso a clases? ¿Es legítimo el discurso de negarse a seguir las indicaciones de la Secretaría de Educación Pública?
En pasados días, el presidente de la República se refirió a la importancia sobre regresar a clases presenciales en el siguiente ciclo escolar. Muy pronto se levantaron las voces de aquellos que consideran esta disposición como apresurada y carente de estrategia; a muchos sorprendió el pronunciamiento del Sindicato Nacional de Trabajadores del Educación (SNTE) apoyando la decisión del mandatario federal, sobre todo ante el repunte de la tercera ola y los casos de contagio en menores de edad. Sin embargo, la situación va más allá de concebir a la educación como actividad “básica” e indispensable para la infancia en México.
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Resulta importante ir cuestionando los discursos que aseguran que durante el confinamiento y las clases en línea “no se aprendió nada”. Por ejemplo, acostumbrados a una sociedad escolarizada, se afirma que la escuela es el único lugar donde se aprende, dejando de lado los aprendizajes que se adquieren en la casa, en la calle, en el hospital, en internet, en el campo, etc. ¿Acaso los niños y niñas no aprendieron a andar en bici, el significado de nuevas palabras, algún deporte, hacer algún platillo, leyeron libros, cultivaron de la mano de sus padres, aprendieron a ordeñar, a cocinar, a emprender, etc.? Aprendizajes que no pasan por el filtro del certificado académico, pero resultan ser más significativos que los escolares. Ya Iván Ilich (1970) sugería: “toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar a pensar, a amar, a sentir, a jugar, a blasfemar, a politiquear y a trabajar sin interferencia de un profesor” (p. 217).
En este sentido habría que preguntarnos qué de cierto es que en grados superiores, si un chico o chica quisiera aprender sobre medicina, enseñanza, mecánica o arquitectura, etc., ¿no sería mejor asistir por uno o dos años a los hospitales, a las escuelas, a las empresas automotrices o despachos arquitectónicos en lugar de estar cuatro o cinco años sentados en las universidades? Con esto no estoy diciendo que en la universidad no exista aprendizaje, por el contrario, el sentido de aprender debe tomar una postura distinta a querer enseñar lo que se aprende en la práctica; en todo caso, los espacios escolares deben contribuir a un reconocimiento de cada estudiante, que este reconocimiento sea confirmado por sus pares y exista un esfuerzo en encontrar amistades, pero también de tolerancia por reconocer lo distinto, lo contradictorio. Un aprendizaje del noviazgo sano, de relaciones sociales que se dan al momento del receso, del encuentro en los pasillos, el juego en las canchas, las charlas en las escaleras, la aglomeración en las cafeterías, las reuniones en los convivios de cada fecha especial, etc. Por su puesto que existe un conocimiento básico e importante para la formación profesional: los primeros pasos, las primeras teorías, las herramientas y técnicas, los primeros ensayos clínicos, etc., sin embargo, la escuela no sólo debe restringirse a entregar certificados o títulos académicos (que la calle, la casa o la empresa no puede expedir y que, paradójicamente, es donde lo aprendemos).
Todo lo anterior significa que la única manera en que pueden surgir este tipo de relaciones es en lo presencial, y si me preguntan, ¿qué se pierde y que se gana con el regreso a clases? Mi respuesta es las relaciones afectivas y emocionales que se originan dentro del colegio. Existen dudas sobre si se pierde el conocimiento memorístico y mecánico que sigue nuestro modelo tradicional de escuela. ¿Cuántos de nosotros recordamos las fracciones, las conjunciones verbales, los tiempos gramaticales, o bien, la vida de Jaime Torres Bodet? ¿Cuántos traen a su mente los resúmenes sobre procesos históricos del México Independiente y Revolucionario que suelen dejar como actividad escolar? No dudo que haya personas que los recuerden y hagan práctica de este aprendizaje en la vida profesional, pero realmente, ¿qué se está perdiendo al no asistir de manera presencial a la escuela básica y media superior? ¿Es el conocimiento?
De esta manera asistimos a comprender que lo que sabemos hoy, seguramente, un porcentaje muy bajo se le atribuiría al colegio; la mayoría de lo que sabemos, con mayor frecuencia, lo aprendimos fuera y no dentro de la escuela. El conocimiento de hechos, lo que entendemos de la vida o del trabajo vino de la amistad o del amor, de leer, del ejemplo de nuestros pares o de la incitación de un encuentro callejero, de las noticias, de los periódicos, etc.; ahora más que nunca lo aprendemos a través de herramientas digitales, es decir, en YouTube vemos tutoriales que van mostrando paso a paso cómo resolver algún problema, arreglar un electrodoméstico, hacer algún platillo, aprender algún idioma, realizar deporte o fortalecer algún hobby.
Como podemos ver, lo principal del aprendizaje sobreviene casualmente, e incluso el aprendizaje que más nos interesa no es el resultado de una instrucción programada ni de maestros que enseñan. Sin embargo, se sigue desacreditando al hombre o a la mujer autodidactas, toda la actividad no profesional se hace sospechosa. “En la escuela se nos enseña que el resultado de la asistencia es un aprendizaje valioso; que el valor del aprendizaje aumenta con el monto de la información de entrada y, finalmente, que este valor puede medirse y documentarse mediante grados y diplomas (Ilich, 1970 p.128).
Es aventurado desafiar la algarabía por la escuela, sobre todo en una sociedad en la que todos sus miembros tienen una mentalidad escolarizada. Por citar un caso emblemático, en marzo pasado el presidente argentino, Alberto Fernández (2021), declaró lo siguiente:
(…) y tenemos que volver al ritmo de las clases, porque el ritmo de las clases también va generando conducta. La conducta de levantarse temprano, llegar a horario, respetar un horario. Reglas de conducta que hacen, a lo que algunos llaman, controles sociales, pero que fundamentalmente nos van formando en la vida en sociedad.
De ahí la preponderancia por pensar, ¿a qué escuela queremos regresar? ¿Cuáles son los aprendizajes que deseamos originar a partir del proceso educacional y que además signifique pensarla como una actividad placentera, que exija seriedad y preparación, no sólo académica, sino además física, emocional y afectiva? Es una tarea que requiere, de quien se compromete con ella, un gusto especial por querer mejorar, no sólo a los otros sino al propio proceso que implica. Debemos advertir que como profesorado estamos suponiendo un regreso tal como se venía trabajando en las aulas, específicamente públicas respecto al modo de enseñanza, seguramente existirán miles de casos en los que el profesor o profesora llegará al salón de clases y se dirigirá a su estudiantado diciendo: “saquen su libro y busquen la página…” o casos en los que llegarán a dictar, como si la pandemia hubiera sido un paréntesis en la vida y todo siguiera igual. Muchos de nosotros perdimos personas muy cercanas del entorno familiar, algunos quedaron con secuelas; advertir que no estamos en el principio del fin de esta pandemia, estamos al final del principio.
Por otra parte, ante el fracaso que significó otorgar 450 millones de pesos para el programa Aprende en Casa a los dueños de las principales televisoras, (o sea a tres personas que no lo necesitaban, pues con ese dinero pudo equiparse a escuelas en condiciones precarias) para el presente ciclo escolar el gobierno federal apuesta por un voluntario regreso a las aulas, propuesta que tiene tintes fatalistas y con justa razón. Primero, la crisis emocional de niños, adolescentes y profesorado, natural por todo lo que significa vivir en pandemia; segundo, no existió un esfuerzo por parte de las autoridades para abastecer de insumos básicos a las escuelas ni tampoco una partida presupuestal para sufragar las carencias materiales, estructurales y humanas que existían antes de la pandemia. Seguramente la propuesta del sistema híbrido saldrá adelante, como siempre de la mano que caracteriza el estoicismo de las y los mexicanos y, por supuesto, de los profesores y profesoras comprometidos con la educación, que por cierto esta semana iniciaron con los Consejos Técnicos. Sin embargo, este compromiso exige también la responsabilidad por cada estudiante, hablo del nivel medio y superior.
Las y los estudiantes deben comprometerse, pues, en buena medida, depende también de ellos que salga adelante el tema educativo para evitar -en la medida de lo posible-, los brotes que de por sí habrá, así se ha demostrado en los países que decidieron volver a las aulas, aunque, efectivamente, existe situaciones que no están en las manos de los alumnos, sobre todo en el tema de movilidad; es decir, los riesgos que implica trasladarse de casa a la escuela y viceversa, ya que por más que existen protocolos desde de casa y al llegar a cada institución y salón de clases, hay situaciones que no pasan por la decisión y cuidado personal.
Pero aquí también cabe un señalamiento. Estamos esperando a que pase la pandemia desde hace año y medio, y no pasa; tampoco podemos esperar a que termine la emergencia sanitaria, por ello vale la pena intentar el retorno a la escuela cumpliendo los protocolos que ya dictaminó la Secretaría de Salud a través de las distintas capacitaciones, referidos en siete principios claves, nueve intervenciones para protegernos y cinco momentos claves para arrancar el ciclo escolar en la Educación Superior. El protocolo involucra a los padres y madres de familia, los estudiantes y las autoridades haciendo énfasis en que la educación presencial es especialmente valiosa para quienes no tienen los medios para participar plenamente en el aprendizaje a distancia; por ejemplo, que no disponen de las condiciones favorables: computadora e internet, para participar de los procesos educativos de la modalidad a distancia.
Algunas recomendaciones son: las autoridades de salud y educativas estatales indicarán cuándo se reanudarán las actividades presenciales, siempre y cuando exista semáforo en color verde; que se lleven a cabo protocolos del distanciamiento social y filtros, el primero, donde participan desde casa, a la entrada de cada colegio y a la entrada de cada aula; de existir casos sospechosos en un salón, se dictará el confinamiento de docentes y estudiantes en sus casas por 14 días; de existir casos confirmados de un estudiante, docente o administrativo, envío a todos por 14 días naturales; tener mayor cuidado en personas mayores de 60 años, mujeres embarazadas y personas con alguna comorbilidad, entre otras disposiciones.
Todo lo anterior, en un escenario confuso porque cada día llega nueva información, cuya consecuencia resulta en un atraso o caos en la decisiones y preparativos que están tomando las escuelas para el eventual regreso a clases, además de la sobrecarga administrativa y técnica que deberán afrontar el profesorado poniendo en entredicho que la educación postpandemia se ha confundido en que el crecimiento tecnológico conlleva mayor control burocrático. Por fortuna, las madres y los padres de familia decidirán si envían o no a los infantes. Por supuesto, quienes se oponen a toda costa a abrir planteles educativos lo hacen desde la víscera política.
Finalmente es preciso señalar que también en la escuela hay un movimiento dinámico entre pensamiento, lenguaje y realidad del cual, si se asume bien, resultará en una creciente capacidad creadora, de tal modo que cuanto más integralmente vivamos ese movimiento, tanto más nos transformamos en sujetos críticos del proceso de conocer, enseñar, aprender, leer, escribir y estudiar. Seguramente la escuela asumirá su rol protagónico en la vida de los estudiantes y, como afirmaba Freire (1994), “es preciso atreverse, aprender a atreverse, para decir no a la burocratización de la mente a la que nos exponemos a diario” (p.26). De lo contrario corremos el riesgo de pasar del peligro de salir de confinamiento en casa a pasar al confinamiento de la escuela.
Notas
Freire Paulo, (1994) Cartas a quien pretende enseñar Ed. Siglo XXI. Cd. De México
Ilich Iván, (1970) La sociedad desescolarizada. Ed. Godot. Buenos Aires