La locura te confunde porque no sabes si ahí hay bien o está el mal; la locura y la maldad pueden tener los mismos efectos pero son distintas. Al mal lo identificas con malicia y a la locura la identificas con verdad. Y si quieres convertir la maldad en bondad y la locura en salud, lo único que harás es destruirte. La locura se contagia de tal manera que te mete en su sistema y ahí te quedas; la maldad te posee y te domina.
La locura y la maldad te confunden al creer que con bondad eres capaz de vencerlas, y no sabes cuál es su sabor ni las puedes reconocer con sólo tu alma buena porque ellas no tienen vuelta de hoja y aprendes que vencer no significa convertir.
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Cuando ves venir el mal más vale que tengas malicia porque si te llega de frente, te corroe y confunde, no sabrás quién eres tú y quién es el otro; no podrás ni contigo. En tu mente no vas a saber ni cómo te volcarás contra ti por la impotencia que te crea, porque escogiste mal la lucha, esa batalla no es tuya.
Y cuando te das cuenta y te decides por el bien sólo debes alejarte del mal y la locura, dejarlas pasar, cuidarte de ellas y protegerte. Vencerlas significa dominarlas para que no se generen en ti e irte, dejarlas ahí, y no quererlas arrastrar contigo para que vean que hay un mundo mejor, que hay maneras de amar, que la bondad siempre puede más y puede mejor, que la transparencia y la verdad siempre pueden más que el engaño y la manipulación y la mentira.
En tu proceso de retirada, te das cuenta de que tus creencias están torcidas, que tu mente era muy tierna cuando decidiste ir por ese camino, porque llevas en ti una semilla buena, que aunque no germinó, tampoco se murió ni lograron matarla; por la energía que diste de más, desde ahí en las batallas; por esa energía que llegó quizás, a casi, casi abortarte pero salías triunfante con tu resto.
Y un buen día, a la orilla del abismo, ya con la derrota a cuestas, te pones a pensar: “Es tiempo de bajar las armas y saber que lo que pude haber hecho, no lo hice. Que toda esa energía que tengo y me hace sentir culpable por no haber vencido, hoy decido usarla para mi bien, para mí beneficio, para mi crecimiento, para mi salud mental, para mi cauce en beneficio de mí, por lo que es bueno para mí tiene que pasar por mí, tiene que ser a través de mí’, y ganaste al rebasar tus propios límites que te llevaron al borde del precipicio pero hallaste el error; ganaste porque te das cuenta que nunca vas a lograr nada hacia afuera, y con tu interior casi destruido, llega la claridad de saber que toda la inteligencia, toda la luz, toda la sabiduría, ahora es momento de usarla, por ti, para ti, a través de ti, contigo.
Cuando estás en la batalla primero quieres que Dios te elija porque te queda claro que es una batalla entre el bien y el mal y tú estás en medio, sin saber si eres parte del bien o si eres parte del mal, y quieres que Dios te elija; y cuando pasas tanto tiempo en esa beligerancia sin que hayas perdido esa semilla del bien, que aunque no germinó tampoco se murió, te das cuenta de que tú eres la que tienes que elegir a Dios y entonces se cumple tu propósito y tu misión.
Y te toca resarcir todo el daño que te hiciste, zurcir tu corazón destrozado con mil cicatrices. Pegar los pedazos de tu alma, meterte a tu mente y decirle a tu consciente y a tu inconsciente que todo va a estar bien. Que vas a sanar las sinapsis equivocadas y los patrones mentales… del infierno.
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