Fuimos a entregar despensas a una comunidad indígena en la periferia de la ciudad de Puebla. Llegamos a una casa muy humilde, hecha entre un poco de construcción, completada con pedazos de lámina, mandaras y lonas rancias de campañas políticas aún más rancias.
El sol calaba fuerte. Una señora de edad joven pero aspecto de persona mayor, con nada de recursos pero mucho de amabilidad, nos invitó a pasar. Lo primero que vi fue un dibujo en la pared; era un dibujo sobre una hoja que quizá en algún momento fue blanca, hecho a lápiz, que plasmaba a excelsitud el paisaje de un lago, con algunos montes de fondo, las siluetas de algunas casas, animales y detalles ínfimos propios de un purista.
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Mi primer pensamiento fue que ese dibujo era el regalo de algún artista que había ido a la zona, o quizá que había sido encontrado en "la pepena" y por su belleza fue conservado. Al preguntar a la joven señora de aspecto mayor sobre esa pequeña pieza de arte, me dijo que lo había hecho su hijo de 13 años, que desde muy chico le gustaba dibujar.
Quise conocer al anónimo artista, pero me dijo que no estaba, que se había ido a trabajar a "la obra", como ayudante de albañil. El cubrebocas no pudo ocultar mi cara de tristeza, enojo y frustración. Le dimos la despensa a la señora, platicamos brevemente con ella y me fui. Me lleve mis emociones, y sin decirle nada, dejé un compromiso para ayudar a ese talentoso muchacho.
Tardé tres semanas en conseguir una beca y buscarle todas las oportunidades que nunca había tenido, porque la lotería de la vida decidió darle un gran talento y ponerlo en un contexto donde jamás podría explotarlo. Regresé, y ahora lo que no podía ocultar el cubrebocas era la sonrisa por la buena noticia que iba a darle. Cuando pregunté por su hijo, la respuesta de la joven madre con aspecto mayor provocó una lágrima: "Se fue al gabacho". Volví a irme, otra vez con mi tristeza, mi enojo y mi frustración.
Este no es un caso aislado. Así como esta historia hemos vivido muchas, muchísimas. Y siguen pasando todos los días mientras tú lees esto, en el pabellón de oncología del hospital infantil público, en las colonias de la periferia, en los cruceros de la ciudad. Muchos vivimos en un privilegio que no nos damos cuenta de esa realidad.
No hay calidad moral para decir que estamos en una "ciudad incluyente" si se excluye a la población más vulnerable por la falta de políticas públicas encaminadas a buscar la igualdad de oportunidades. Y ante esto, no podemos esperar a que la clase política carente de empatía haga algo, pues no lo harán. No podemos vivir esperanzados al cumplimiento de las promesas de las campañas políticas rancias.
¿Qué hacer?
Seamos activistas que ayuden. Desde nuestra trinchera, con nuestras posibilidades, como podamos. Regalar algo de comida, o quizá regalar algo que ya no se use como una chamarra o un par de tenis. Tal vez realizar algún donativo. Todo sirve pues todo hace falta, ya que, cuando la necesidad es grande, no hay ayuda pequeña.
Rescoldos
Hace poco hice una colecta para comprar el tratamiento de una niña que padecía una enfermedad muy rara. El tratamiento era de 18 frascos de medicamento. Cada frasco costaba $1,600. Alguien me dijo: "Es que mejor no ayudo, pues solo podría dar 50 pesos". La respuesta es simple: si yo le pago al farmacéutico solo $1,550, no me da el medicamento.
@RafaActivista