En la mitología griega Eros y Tánatos eran dioses opuestos que personificaban la idea del principio y del fin. Mientras que Eros representaba a la deidad que encarnaba el amor y la fertilidad, la luz primigenia y la creación floreciente de la naturaleza, Tánatos personificaban a la muerte, el principio de la oscuridad eterna, el advenimiento del final de la vida.
Esto viene a cuento porque vivimos una época de incertidumbre total. Todos los filósofos y pensadores contemporáneos coinciden en que hemos llegado a un punto crítico en el que nuestro destino está en juego. Pero lo más inquietante, es que todo parece estar a favor de que, como humanidad, caigamos en una era de oscuridad y muerte, es decir, una era dominada por Tánatos en la que, poco a poco, se va apagando la luz de la esperanza y se va imponiendo la lógica de la destrucción y el caos.
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Como lo he expresado en otros espacios, vivimos en una época marcada por la división y la polarización. La utopía del fin de la historia y el advenimiento de un mundo unipolar previsto por Fukuyama parece haber fracasado. Ni la democracia liberal ni el libre mercado lograron imponerse como modelos universales. Por el contrario, lo que parece ser la tendencia predominante es el caos y el enfrentamiento en medio de un desorden multipolar más parecido al escenario previsto en su momento por Huntington en “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”.
No obstante, por su naturaleza y profundidad, desde mi punto de vista la crisis civilizatoria que vive la humanidad supera en todos los sentidos y proporciones las predicciones de estos grandes pensadores. No estamos ante el simple fracaso de un modelo económico que pueda ser ajustado mediante un nuevo acuerdo monetario al estilo Breton Woods. Tampoco estamos ante un simple fracaso político-ideológico que pueda ser sustituido por alguno de los relatos vigentes, justo porque ninguno es del todo convincente.
Esta crisis civilizatoria tiene que ver más con el agotamiento de la racionalidad y la institucionalidad del orden que, como especie, hemos establecido entre nosotros y con la naturaleza. Y la mayor prueba de esta crisis civilizatoria -a la que yo llamo decadencia apocalíptica- es la crisis climática por la que atraviesa la humanidad, cuya primera expresión devastadora a escala global ha sido la pandemia del coronavirus y los desastres naturales. Pero también, la polarización social, el regreso de los nacionalismos radicales y, en general, las crisis económicas recurrentes y el agotamiento del modelo capitalista.
Todo parecería indicar que estamos en el preludio de una espiral de cataclismos y sufrimiento, y que podríamos fallar como humanidad ante el reto de articular una respuesta cooperativa a nivel global. A menos, claro, que nos propongamos cambiar nuestra manera de pensar, es decir, que logremos darnos cuenta de que, como especie, somos aptos para lidiar con amenazas globales y podemos cooperar y extender los sentimientos fraternos en todo el mundo, superando así la frialdad de una racionalidad individualista y egoísta que nos ha llevado al borde de nuestra propia extinción.
Porque, aún en medio de este panorama sombrío, hoy más que nunca, hay espacio para lo improbable e imprevisible. Siempre es posible que, frente a la amenaza inminente de Tánatos, la humanidad opte por Eros porque, efectivamente, la vida solo puede tener sentido si nos ponemos del lado del desarrollo de una nueva racionalidad más cercana al corazón, más vinculada al amor, a la fraternidad y a la solidaridad.
Hoy es tiempo de actuar de manera diferente y así unificarnos y fortalecernos para construir una nueva realidad más justa y más humana. Es lo único que podrá dar paso a la cordialidad, la cooperación y a la armonía. Ese es nuestro gran reto… esa es nuestra gran oportunidad.