Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¡Ay, no mames!

Una historia llena de contradicciones por la obsesión en la compra de una casona antigua

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Julio 9, 2021

Se pasó 18 años rogándole para que le vendiera la casa. Sabía que era antigua, que estaba vieja y descuidada y que había sido saqueada, y también sabía que no podía modificarla ya que es considerada un monumento histórico. Aun así, insistió hasta el hartazgo, aún con amenazas, para que se la vendiera. De los treinta y dos cuartos de la parte superior, la mayoría no tenía techo y el piso original no se distinguía, por lo que iba a ser imposible reconstruirla; gran número de las paredes divisorias ya no existían, por lo que era un espacio vacío con restos insignificantes de construcción por aquí y por allá con techos casi destruidos.

Ninguno de los ocho baños tenía muebles y mucho menos sus majestuosas tinas de antaño. De la planta baja quedaban los límites del recibidor, de la sala, el comedor, el estudio, la biblioteca, una pequeña sala de estar, tres baños, la cocina, dos cuartos de víveres y cuatro cuartos de sirvientes. De pura chiripa quedaban los muros de carga que sostenían la planta alta y una insinuación ridícula y absurda de lo que había sido la hermosa escalera por la que se subía al segundo piso; y desde luego, de la tubería ni hablar, no había nada. Se puede decir que al predio lo protegía y delimitan unas cuantas paredes deshechas y muchas tablas que intentaban cubrir el diámetro con la pretensión de que nadie entrara; pero por todos lados había evidencias de que gente ingresaba y salía del lugar como Pedro por su casa, ocupándola para dormir y hacer sus necesidades biológicas: había cochones y cobijas viejas y sucias, cartones deteriorados, restos de comida, latas, envases de refrescos, y además, fauna nociva que se criaba en ese ambiente donde las yerbas silvestres crecían por todos lados ya que la lluvia y el sol hacían su parte para que proliferaran.

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Fueron demasiados los años que la casa estuvo sin servicios de agua, luz, drenaje; deshabitada, abandonada y siendo saqueada hasta en el más mínimo detalle, por lo que se consideraba un milagro que se mantuviera en pie para percibir lo que había sido su esplendor. Con todo a la vista y sabedor del evidente saqueo y descuido, el hombre suplicaba casi hasta la intimidación que se la vendieran porque según él, la iba a arreglar. La casa requería cirugía mayor con una inversión estratosférica y mano de obra descomunal, ya que se tenía que rescatar lo más cercano al original sin significativas modificaciones. Después de mucho batallar y hasta coaccionar, logró que los dueños se la vendieran. La transacción fue tersa, pero no fue barata, aunque ambas partes quedaron satisfechas con la compraventa, y el exdueño se retiró con las manos llenas de dinero por la fortuna que le tocó.

El nuevo dueño de la casa antigua, vieja y saqueada se dedicó a realizar un inventario de cada pieza arrasada, de cada marco arrancado, de cada loseta quitada. Se puso a escribir la historia de la casa desde sus orígenes sin que las personas a su alrededor supieran para qué lo hacía ya que lo urgente e importante era sacar lo que no servía y reconstruirla con las instrucciones señaladas por los peritos y las instituciones. Pero no, sólo el nuevo dueño de la averiada construcción sabía para qué tomaba, con tanta cautela y detalle, el minuciosos y exhaustivo inventario sin siquiera llamar a personal especializado para que le hiciera un plan de reconstrucción y mucho menos se veía la urgente y necesaria inversión para recuperar el inmueble.

Pasaron varios meses y un día tomó el teléfono y llamó a quien le había vendido. Sin preámbulos empezó a reprocharle a bocajarro que la casa no tenía techos, que la escalera estaba incompleta, que las paredes no existían, que estaba llena de alimañas y fauna nociva que lo invadía todo, que el lugar era un chiquero: punto a punto del enlistado se lo increpó y lo fue regañando como si el trato hubiera sido un engaño de las condiciones del inmueble que él mismo había recorrido mil veces por lo menos los últimos dieciocho años. Amenazó a él y a su gente que los denunciaría porque todos eran saqueadores de la propiedad y que sondearía en el vecindario si los vecinos estaban de acuerdo con eso. Y ese tono y esa forma las utilizó cada día, en cada llamada, a cada hora, con la misma constancia y persistencia con que lo había convencido de vendérsela.

La única respuesta del exdueño, ante tanta tozudez, fue decirle: “¡Ay, no mames! Me has llamado todos los días a las siete de la mañana para decirme lo mismo durante horas, sin descanso. Recorriste esa casa una y mil veces; sabías en qué condiciones estaba, y sin embargo, me rogaste y hasta me amenazaste para que te vendiera la propiedad; conociste hasta el último rincón. ¡No me digas que te sorprendes! Haz lo que te jactaste a los cuatro vientos y ante todo mundo qué harías; ¡Reconstruye la casa, deja de berrear y mejor actúa!

alefonse@hotmail.com

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