Hay relaciones que no se componen ni se cancelan con la muerte; y hay resentimientos que no cura ni una herencia por jugosa que sea. Esta historia es de una familia que se desintegró al huir de su marido la esposa con sus dos hijos, sin que se supieran las causas. Los hijos no volvieron a ver a su padre y éste, al quedar solo, encontró una nueva pareja que trajo consigo a su pequeña hija de nombre Rosita.
En la casa vivían don Alberto, su segunda mujer y Rosita quien, al pasar de los años, se casó y al enfermar su madre, se la llevó a vivir con ella para cuidarla. Y don Beto se volvió a quedar solo por lo que contrató a dos mujeres para que lo atendieran: una para el aseo de la casa, doña Martha, y doña Chelito, para preparar sus alimentos.
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Un día temprano por la mañana, llegó doña Martha a hacer el aseo y no encontró a don Beto; lo buscó por toda la casa hasta que salió al patio encharcado y vio la tapa de la cisterna abierta. Al asomarse, halló al viejo en calzoncillos dentro, donde murió ahogado. Don Beto era un hombre próspero con propiedades y bienes que no tenía enemigos, no era bebedor ni mujeriego; nada de su casa desapareció ni fue revuelto, por lo que se especuló que el hombre se levantó en calzoncillos y fue a abrir la cisterna.
Aseguran los vecinos que Don Alberto tenía un pleito comprado con el agua; peleaba por si no caía suficiente agua en la cisterna; reñía por si caía agua de más y se regaba en el patio; guerreaba por si la bomba no subía agua con suficiente fuerza al tinaco; se enfadaba cuando no caía agua con fuerza para las regaderas, trastos, ropa y demás enseres. Esta característica de Don Beto era bien conocida y afamada en la colonia; porque el vecino que le arreglaba todos sus pleitos con el agua, un día le advirtió: “Cuando tenga usted cualquier problema con el agua, ¡hábleme, no importa la hora!, yo con mucho gusto se lo vengo a arreglar, ¡pero déjese usted de ese pleito eterno que tiene con el agua!”
El día que lo encontraron muerto dentro de la cisterna en calzoncillos, el patio estaba encharcado con el inservible flotador de la cisterna que continuaba dejando salir el agua a borbotones. En ese escenario supusieron que el hombre de 94 años se agachó para arreglar el flotador, le ganó el peso, perdió el equilibrio o se resbaló y cayó a la cisterna.
Con su muerte vino la inquietud de los vecinos de encontrar a los hijos para los trámites, recuperar el cuerpo y presentarse para la herencia. Un amigo de Don Beto fue a visitar a uno de sus hijos para pedirle de favor que fuera a reconocer y recuperar el cadáver de su padre que llevaba más de una semana en la morgue sin congelación, le prometió que era sin otro compromiso más que de entregárselo a él para darle sepultura. El hijo le dijo que no, que no iba a mover nada y que no quería nada de su padre.
El pleito de Don Alfonso con el agua, que al final se lo llevó, siguió corriendo…