La violencia no debe continuar

Viernes, Junio 4, 2021 - 14:26

Un México violento no es el que queremos para los jóvenes y votar podría cambiar esta situación

Trabaja en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV). Dr. en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros.

Gustavo Adrián Bravo Rivero salía del laboratorio Laviseb el pasado 2 de junio en Cuautitlán de Romero Rubio, Estado de México, cuando desapareció. Eran las 3.30 de la tarde. Hacia las 8.00 de la noche, las coordenadas de su celular indicaban que el chip estaba en Tlalmimilolpan, en el municipio de Toluca, una ruta enteramente extraña en la movilidad del joven. La alerta se prendía y, como es de imaginar, la angustia, la desesperación y zozobra llevaron a la familia rápidamente a compartir el boletín de urgencia del gobierno del estado en las redes sociales, en un muro de un medio local del municipio de Teyahualco de la misma entidad. A las pocas horas, ya del 3 de junio, se daba a conocer el fatal desenlace: Gustavo Adrián fue asesinado.

Este crimen aún no está registrado en el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, cuyo corte fue en abril próximo pasado. En enero fueron asesinadas 2 mil 335 personas, en febrero 2 mil 223, en marzo 2 mil 506 y en abril 2 mil 443. Estos delitos se disparan si agregamos otros delitos tipificados como contra la vida y la integridad corporal: 18 mil 168 en enero, 18 mil 725 en febrero, 23 mil 492 en marzo y 23 mil 249 en abril, suman 83 mil 634 delitos a los cuales han sido sometidos los mexicanos. Si añadimos otros delitos contra la libertad personal, el patrimonio, la seguridad sexual, la familia, la sociedad y otros bienes tutelados, los números se multiplican para formar un rostro social violento, inhumano y de descomposición del tejido social. Los mexicanos agraviados por la delincuencia alcanzan las siguientes cantidades: 147 mil 631 en enero, 150 mil 760 en febrero, 183 mil 153 en marzo y 174 mil 480 en abril; en total: 656 mil 024 delitos en esos cuatro meses.

Muchos otros delitos no se denuncian. A veces son horas y horas para lograr sacar una constancia de hechos. Luego hay que ratificar, y ya que está todo en marcha supuestamente, llegan los ministeriales a solicitar sus estímulos para que la denuncia avance y tenga sus efectos. Un verdadero lastre. Se trata de dos flancos que tensionan a las víctimas o a sus familiares; por un lado, la agresión y violencia de la delincuencia, desatada y tolerada; por otro lado, la indolencia de las autoridades responsables de combatir y llevar a la justicia a los delincuentes, a quienes no les interesan los miembros de la sociedad o, también, quienes se ven rebasados por tanta denuncia que sólo responden con oficios que, la mayoría de las veces, se quedan en los archivos de esas dependencias. No sabemos si el crimen de Gustavo Adrián quede impune. Ojalá no.

El muchacho de esta historia era originario de Melchor Ocampo, aunque vivía en Cuautitlán. Melchor Ocampo es el pueblo donde nací, por ello este crimen me movió a escribir estas líneas. ¿Cuántos jóvenes son violentados de esta manera, primero privados de su libertad, luego muy probablemente vejados y/o torturados y finalmente masacrado y desechados como cosas, como algo sin valor. Se deja ver en todo esto una cadena de hechos que muestran un perfil hasta cierto punto demoníaco, si se me permite el término.

Aún recuerdo, hace muchos años, cuando era yo un adolescente y hubo un baile en el auditorio del pueblo. Yo no fui a ese evento, quizá no me hubieran dejado entrar por la edad. Pero al día siguiente me enteré que esa fiesta terminó cuando, en medio de un pleito, uno de los involucrados sacó un arma y de un balazo en la cabeza ultimó a su adversario: la víctima era un joven también. Al escuchar la noticia me quedé pasmado, sintiendo, imaginando, oyendo el estruendo de la bala destrozando el cráneo de ese muchacho y luego su cuerpo bañado en sangre, en el suelo. Me imagino aún a la gente gritando o pasmada rodeando al infortunado. Mientras un criminal buscaba esconderse para quedar impune.

Si las peleas que involucraban golpizas inmisericordes ya mostraban ese rostro inhumano, la intensidad de esa violencia se acentuaba con las bandas organizadas para delinquir y reclamar su territorio en medio de barrios populares. En mi pueblo no las llegué a presenciar, pero sí en la zona conurbada entre la CDMX y el Estado de México, en Tlalnepantla, en esa colonia o zona llamada Tequesquinahuac, donde estudiaba yo la secundaria. Son un virus que disuelven el tejido social.

Muy en el otro polo veo las peleas a puño abierto, donde prevalece un cierto código si no de mutuo respeto sí de reconocimiento. Esas donde si uno cae, luego del encontronazo, el otro aguarda y espera a que se levante el rival; una vez de pie, los puños siguen hablando. Hasta que el otro proclama: Ahí muere, ahí muere.

Hay una gran diferencia entre uno y otro extremos. De un lado, el rostro inhumano y hasta demoniaco, y, en el extremo contrario, hasta una cierta búsqueda de la afirmación personal, de la seguridad e integridad de que uno puede tomar en sus propias manos su disposición a mostrar justamente su valentía, hacerse respetar de alguna manera, con cierta dignidad. En la secundaria, la Niños Héroes, yo tuve dos peleas de esas. Las dos rápidas, con estas últimas características. En una me sonó mi adversario con una patada circular que me lanzó al rostro que hasta él mismo se espantó; aunque traté de evadir el golpe, no pude evitar el impacto en la sien. Un chichón y el pleito acabó de inmediato.

En la otra ocasión fue de multitud. Había sido una cantada por parte de ese segundo adversario (no recuerdo si el mismo de la patada). Y a la salida coincidimos los que salíamos y los que entraban del turno vespertino. Se abrió el círculo para que estuviéramos los contendientes. Entonces mi rival lanzó un puñetazo con todas sus ganas y fuerzas hacia mi cara. Yo eludí el golpe con cierta agilidad, y por el impulso que dio ese compañero de clase, se desequilibró y su rostro quedó al alcance de mi puño. Bastó un golpe bien dado entre la nariz y la boca para que quedara derribado de espaldas en el suelo. Yo, de pie, con la guardia lista, le lanzaba: “Si quieres más, ¡levántate!”. Su “Ahí muere, ahí muere” fue suficiente para que la bola de estudiantes ahí reunida, de los dos turnos, hiciera correr la noticia que me favoreció desde entonces: que mis puños eran de cuidado.

Nada de esto, sin embargo, se compara con la violencia que arrancó la vida de mi paisano. Una familia llora por el crimen contra Gustavo Adrián. No es normal que haya este tipo de violencia. Yo pienso en los jóvenes, en mis hijos, en mis sobrinos, en las jóvenes que salen a la calle, a trabajar, a estudiar, a divertirse. Y las mentes criminales que acechan, miran y eligen a sus víctimas. Si ahora añadimos los delitos del crimen organizado que aun son más violentos, más inhumanos, más desafiantes, tenemos un clima social espeluznante. No hay día, no hay medio de comunicación que no reporte algún crimen. Quizá de tan acostumbrados a esas noticias ya no vemos lo trágico y dramático que esto resulta.

Si añadimos la violencia a otra escala, la de los grupos de narcos o similares, que busca someter o que tiene sometidos a pueblos enteros o zonas de entidades (Aguililla es uno e esos casos), la gravedad es de otra índole. La muerte de toda civilidad, de todo estado de derecho. El rostro del estado fallido.

Algo podemos hacer, sin embargo. Este México violento no es el que queremos para las jóvenes generaciones. Cambiar este estado de cosas y corregir el rumbo comienza con una acción valiente: ir a votar este domingo. Que no nos amedrenten los violentos ni quienes los toleran. Por las y los jóvenes. Que la muerte de Gustavo Adrián no quede sin sentido. Ni la de aquellos que han sido asesinados por los delincuentes, sean del fuero común o del crimen organizado, incluyendo a los candidatos de los partidos políticos y/o coaliciones. Que estas desgracias no nos dejen indiferentes.

Los jóvenes tienen mucho que aportar. Si hay una formación suficiente y la garantía de su seguridad, pronto tomarán en sus manos las decisiones relevantes de su vida en los diversos ámbitos de la actividad humana: la familia, la educación, el trabajo, la sociedad y la política. Es decir, pronto serán adultos que llegarán con una nueva visión, un nuevo impulso, nuevas ideas. Según Ortega (1), en una sociedad, la generación que va formando esas nuevas cosas, ese nuevo pensamiento, esa nueva forma de vida, se encuentra entre los 30 y los 45 años de edad. Y la que se resiste a esa nueva mentalidad y a esas nuevas actitudes es la que se encuentra entre los 45 y los 60 años de edad. Esta generación de adultez plena es la que rige a la sociedad, pero a la que la nueva generación (la de 30 a 45 años, que se ha mencionado) está oponiéndose y sustituyendo. De hecho ambas se oponen, pero según el pensador español, esas dos generaciones mantienen en un sano equilibrio a las sociedades. Por eso, el que los jóvenes se vuelvan especialmente flancos de ataque de la delincuencia es preocupante en términos de salud social, minan a la generación nueva de adultos que ha de construir el nuevo impulso social. De ahí la importancia de cuidar a los jóvenes de la violencia. Así nos salvaremos a nosotros mismos y a México, el pueblo que formamos todos. Todos.

Referencia:

Cf. J. Ortega y Gasset, En torno a Galileo (lección IV: El método de las generaciones en historia) en Obras completas. Tomo VI. 1941/1955, Fundación Ortega y Gasset – Taurus, Madrid 2006, 403-404.