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OPINIÓN

Y yo desperdiciándolo todo…

Un regalo de vida es la esperanza de Doña Braulia para mantener la devoción por su hija

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Jueves, Mayo 13, 2021

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La conocí por una labor social de atención urgente que hice con un grupo de amigas,  hace cuatro años. Nos la refirieron a ella y su hija en necesidad extrema; ella, adulta mayor de 69 años con secuelas de envenenamiento e inmovilidad de mano y pie derechos, y Lupita, joven de 26 años con parálisis cerebral desde que Braulia la encontró recién nacida, desnuda dentro de una caja de zapatos y la adoptó.

Eso fue hace 30 años cuando Braulia comprometida para casarse, canceló la boda porque el novio no estuvo de acuerdo en hacerse cargo de la niña y ella no estaba dispuesta a abandonarla. Con su mamá hizo mancuerna para atender a Lupita.

Braulia era una empresaria muy visionaria que fabricaba muebles rústicos para exportación hacia Estados Unidos de Norteamérica en el momento del boom. Le iba muy bien y mientras ella trabajaba y se encargaba de todo el negocio, su mamá cuidaba a Lupita. Fue entonces que por inhalar de manera cotidiana una substancia química que le ponen a la madera para matar la polilla y fabricar los muebles, se envenenó y quedó con secuelas en el lado derecho de su cuerpo. Ya no pudo trabajar igual pero siguió laborando hasta que su madre murió y ya no tuvo ayuda: “Se me fue todo el dinero en mi enfermedad y la de mi madre, no pude hacer más y nadie de mi familia me apoyó porque nunca estuvieron de acuerdo en que adoptara a la niña; nos quedamos solas ella y yo.”

No se dio por vencida. Sin dinero, sin quién cuidara a la niña, empezó a salir a trabajar lavando ajeno (¡esta mujer merece un himno!): “Es difícil para mí, doña Ale -me dice en llamada telefónica-, porque a Lupita la dejo desayunada y cambiada, me salgo a trabajar y ella duerme; cuando regreso comemos, hago la limpieza de mi casa y con el día calientito, la baño; llega la noche y está despierta porque durmió por la mañana. Yo no duermo porque estoy pendiente de sus ruiditos y movimientos. No me quejo doña Ale, pero sí estoy preocupada porque ya peso 34 kilos, no como, no duermo, me han hecho análisis y todo está bien. Dice la doctora que es estrés pero yo me preocupo porque si algo me pasa ¿quién se va a quedar con mi Lupita? Yo quisiera saber para que de una vez venga a vivir con nosotras y Lupita se vaya acostumbrando porque ella no acepta a cualquiera. Cuando murió mi madre, fue muy difícil…”

“Doña Braulia, ni usted ni Lupita están solas, -le contesté-, por favor deje de estresarse y hay que esperar los resultados de los últimos análisis; mientras vemos qué hacemos, ya sabe que de que la ayudamos, la ayudamos”. Con suma devoción exclamó: “¡Yo quiero vivir, doña Ale, la vida es hermosa! En mi corazón no cabe más que amor y gratitud. ¡Yo quiero vivir!...”

‘Y yo desperdiciándolo todo…, me dije.

Me quedé sin palabras…

 

alefonse@hotmail.com

 

 

 

 

 

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