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OPINIÓN

Ilusiones de la meritocracia

Tanto la maestra como quienes lo escuchaban, quedaron maravillados con el talento de Luis

Rafael Reyes Ruiz

Activista social dedicado a brindar ayuda integral a grupos de alta vulnerabilidad. Fundador de Fundación Madai, que apoya a niños con cáncer y sus familias. Miembro de grupos y colectivos de la sociedad civil. Escritor, articulista, conferencista. Desarrollador y promotor del emprendimiento social.

Miércoles, Abril 21, 2021

El pasado lunes 19 de abril, vimos promocionada en la red social Twitter, la campaña publicitaria de una marca deportiva titulada “Nada es imposible”. Aclaro que el nombre de la campaña estaba en inglés, porque claro, la mercadotecnia dice que es más atractivo para los consumidores en una lengua extranjera.

En la campaña que menciono, mostraban videos de personas de fama mundial en diferentes ámbitos, con momentos de su infancia practicando aquello con lo que más adelante tuvieron esa fama. El mensaje que quieren transmitir es claro, si sueñas con algo y practicas ese algo, algún día llegarás al “éxito” en eso. Por eso, dicen ellos: “Nada es imposible”.

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De entrada, las personas en cuestión, podían ser grabados con una cámara de video hace 30 años, lo cual habla de su nivel socio económico. Aunado, se muestran en casas grandes, que si bien no podría decir que se aprecian lujos pues es algo muy subjetivo, sí es cierto que en ningún caso se nota carencias. Se ven familias unidas e incentivando las actividades que los protagonistas de la campaña están realizando.

Que bien por ellos, por haber tenido las oportunidades que los llevaron a realizar la actividad que les gustaba desde niños y destacar en ellas hasta obtener esa fama mundial. Que bien que para ellos sí aplicó la frase nada es imposible. Solo que en la realidad cotidiana de miles y miles de personas eso no es real.

Y lo digo con tristeza. Nada me gustaría más que decir: “Esfuérzate mucho, dedícate constantemente y con dedicación a eso que te apasiona, al final tendrás la recompensa del éxito y la fama”. Pero no, no es así.

Te cuento el caso de Luis, un chico de una comunidad indígena de la periferia de la ciudad de Puebla. Cuando estaba en primero de secundaria, en sus clases de educación artística la maestra le dio una flauta. Luis resultó tener un talento nato para tocar dicho instrumento, decían que tenía “oído”. La maestra, no sé cómo, le llevó un clarinete, y cuál fue la sorpresa que lo pudo tocar muy bien. Tanto la maestra como quienes lo escuchaban, se quedaban maravillados con el talento de Luis. Cada día, al terminar las clases, se quedaba de una a dos horas practicando con el clarinete, en apenas un par de meses había desarrollado habilidades que a cualquiera le tomarían varios años.

Al enterarnos del caso de Luis, decidimos apoyarlo. Los planes eran muchos. Buscar becas, llevarlo a clases particulares, canalizarlo a una orquesta que tiene su sede en La Concordia, incluso tratar de poder llevarlo al extranjero. Un día, Luis no llegó a la escuela. Ni el día siguiente, ni los que le siguieron. La maestra fue a buscarlo a su casa, y al hablar con el papá del niño, la respuesta fue sencilla: “Hace falta dinero y ya no podemos seguir gastando en su escuela, ahora se irá a la construcción conmigo para traer más ingresos”. 

A los dos días de ese encuentro, fui junto con la maestra a platicar con el papá de Luis, la respuesta no fue diferente, pero ahora, incluso el mismo Luis dijo que ya no quería estudiar y que eso del clarinete había sido solo un juego, pero que ahora tenía que trabajar para ayudar a su familia.

¿Cuántos Luises habrá? Muchos, muchísimos. Tristemente. 

Y no solo en los sectores de extrema pobreza. Se da en todos los niveles. Como el caso de César, un chico que desde los 15 años entró como voluntario a un partido político porque la sede de éste estaba cerca de su casa. César participó en campañas, colgó pendones, pintó bardas, repartió volantes, preparó bolsas con torta y jugo, sin importar horarios o tiempos. Algunas veces le daban “para el refresco”. Diez años después de su ingreso, César quería ser tomado en cuenta para una candidatura, pero le dijeron que no, y en su lugar pusieron al hijo de un distinguido miembro de ese partido que era líder sindical.

Y así podría poner más ejemplos en donde palpamos que el esforzarte, dedicarte y dar todo por un sueño no hacen que nada sea imposible. Donde se demuestra que la meritocracía es una ilusión derivada más del “pensamiento mágico” y las circunstancias que se tengan que de los méritos que se hagan.

Esta columna no es una oda al pesimismo, al contrario, intento visibilizar la falta de oportunidades que tenemos en la sociedad, y la imperante necesidad de trabajar para que haya igualdad para todos y todas. Quienes sí tenemos oportunidades y capacidad, hacer un llamado a las autoridades de todos los sectores para que se hagan políticas públicas encaminadas a reducir las brechas que separan a los grupos más vulnerables de alcanzar un desarrollo pleno.

Rescoldos.

Alguna vez escuché a un comediante decir: “Nací con una discapacidad: soy moreno”. Si no fuera trágico, sería cómico, pues es una triste realidad que en Latinoamérica, el color de piel ya determina las oportunidades que se tienen. Mientras no acabemos con el clasismo incrustado en nuestra sociedad, el reducir esa brecha seguirá siendo una tarea titánica.

Rafael Reyes Ruiz

@RafaActivista

rafaactivista@gmail.com

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