Es por pensar en lo que debió haber sido y no fue que mi alma llora. Después del llanto y el intento de ser fuerte, la dureza me invade y aparece la amargura.
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La amargura es un sabor de vida. Viene independiente y autosuficiente pero no sola. Llega con dolor y engaño.
La confusión entre lo que pudo haber sido y no fue sostiene la lucha inclemente entre lo que es y lo que quiero. Y me pierdo al no encontrar el puente que une la realidad con el deseo.
La amargura no sólo llega con dureza, sino también con lágrimas. Con llanto escondido pero no fingido. Lágrimas saladas que penetran la carne, arden el cuerpo y lo anestesian para calar dentro, muy dentro, hasta el centro del alma donde se asienta y anida profundo.
La amargura llega con soledad. Carcome cualquier sonrisa ajena y linda. Corroe lo bello que pudo acompañarnos. Llega con castigo y culpa: Castigo por no permitir ver bondad ni belleza en cualquier acto humano o divino; y culpa porque al poder vislumbrar lo hermoso o lo bueno, siente no tener derecho a ello.
La amargura no seca los labios. Su saliva pasea en la boca y apaga cualquier otro sabor que pueda permear. Es egoísta: no permite nada que no sea ella misma. Se instala como única existente. Posesiva abarca y exige la entera visión del mundo.
La amargura es como agua seca: embauca a la sed y la hace creer que se sacia. Engaña al hambre al alimentar cada célula con ese sabor característico que evapora cualquier otro. Es hiel. Abarca los pensamientos. Invade los sentimientos. Vacía la existencia. Hunde al alma en el infierno que crea, como si de paraíso se tratara, pero sin luz ni movimiento; sin compañía ni calidez; sin paz pero con quietud. No es espejismo: Es real. Destruye pero no al que toca, sino a sí misma. Se miente sola al creer que vive cuando todo lo que toca es muerte sin morir. La amargura vive entre más mata.
¿Cómo desterrarla? Al develar el cuerpo entero que esconde. Aunque lo pinte de arcoíris es gris. Porque separa lo que une al no conocer más que la soledad.
La amargura es un abismo, jamás un puente. Es la alegría consumida sin nunca haber nacido. La que aísla al cerrar la puerta por dentro. Es quedarse en el permanente intento fracasado de poder salir pero siempre por la inexistente puerta de atrás.
La amargura es observar sin mirada. Respirar sin aire. Hablar sin palabras ni voz. Es el error consagrado como acierto. Es el todo que es nada. Es agua seca.
La amargura es la dureza etérea que perdura hasta que alguna ternura aparezca en este limbo.
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