Son compañeras de trabajo desde hace muchos años. Tienen un negocio de Compra-Venta de Bienes Raíces y les va bien como socias. Muy seguido una recoge a la otra en su casa para ahorrar gasolina y pago de estacionamientos, por lo que juntas llegan y salen de la oficina, y el trayecto les sirve para avanzar en asuntos pendientes, definir prioridades, coordinar estrategias y precisar acciones y.., hacer confidencias.
La pandemia del Sars-Cov2 aflojó su ritmo de acción e ingreso, y por precaución, ante la gran inseguridad que se vive en la ciudad de Puebla, decidieron hacer permanentes las recogidas y dejadas, por turnos, acompañarse en las visitas a inmuebles y trámites, y apoyarse en el cuidado de las medidas sanitarias necesarias y obligadas.
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Un día de septiembre, muy temprano María pasó a recoger a Bárbara a su casa para ir a trabajar; día lluvioso y frío, iban con los vidrios cerrados y el aire acondicionado para que no se empañaran los cristales; ambas con cuidados y protección contra el frío, la lluvia y el virus. María le dijo a Bárbara que desde el día anterior había tenido jaqueca por ‘estrés’; Bárbara confió en su palabra dadas todas las presiones a las que estaban sometidas. Así realizaron juntas todas las actividades como han previsto; anduvieron todo el día de arriba para abajo acompañándose hasta que María pasó a dejar a Bárbara a su casa, y decidieron descansar una semana para no acumular gastos sin tener ingresos.
Días después Bárbara empezó a tener dolor de cabeza, malestar en la garganta, tos seca, dolor de cuerpo, síntomas que identifican contagio de Covid-19. Llamó a María para verificar si ella tenía alguno síntoma, pero ésta no contestó sus llamadas argumentando, a través de sus hijos, que estaba ocupada y le regresaría la llamada tan pronto pudiera, lo que nunca sucedió.
Al insistir Bárbara días después, uno de los hijos de María le mencionó que no podía contestar porque estaba en cuarentena, había salido positiva en la prueba de Covid-19 y no estaba en condiciones de responder. Bárbara preguntó al joven desde cuándo su mamá conocía los resultados de la prueba, y éste, con ingenuidad, le respondió: “Desde hace ocho días”, lo que hacía que cuando pasó por ella la última vez, ¡ya iba contagiada, lo sabía, y no le dijo!
Bárbara se realizó la prueba, salió positiva; tuvo que confinarse la cuarentena con tratamiento agresivo: tanque de oxígeno a la mano y atención muy cuidadosa de su familia; me confió que sentía morirse al no poder respirar… pero creo fue más la pena moral de saber que su ‘amiga’ no era tal, la había traicionado y no la vio venir.
Dicen que el diablo aparece en las letras chiquitas.
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