Más allá de la literatura que habla sobre las epidemias a lo largo de la historia, lo que ahora pasa nadie lo había vivido. Muchas cosas son parte de un discurso que en cierta manera se había previsto, sin embargo, podríamos decir que esta vez nos está alcanzando el día de mañana, un día después.
Dentro de las novedades que jamás se había imaginado ni en las mentes más perversas es el desmedido odio hacia lo que desde mediado del siglo pasado denominamos como el Otro. La diferencia se ensancha, la violencia –verbal, por fortuna aún-, a flor de piel, señal inequívoca de que no soportamos a ningún Otro, más aun si no piensa como nosotros. Desde los clásicos podríamos decir que la política se está agotando, la comunidad ha descubierto por lo menos dos rostros: los buenos contra los malos. Y tiene la creencia, solo eso, de que debe tomar partido por uno: en el fondo todos estamos del lado de los buenos.
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Esto último es lo que debe alarmar a los que nos hacemos llamar políticos, o los que hemos dedicado una vida para hacer lo que entendemos como política. ¿Qué hicimos mal? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Qué podemos aún hacer? ¿Se puede aún hacer algo?
Podemos decir o pensar que nosotros no tenemos la culpa, sin embargo, sabemos que estamos mintiendo y mentir es uno de los mecanismos letales, más que una pandemia, para que la política languidezca. Podemos escribir o lamentarnos sobre esto, si es que ya nos dimos cuenta y también podemos asegurar que no pasa nada. Algo pasa y nadie sabe qué es, se escucha desde la vieja Renania y aún no entendemos. Algunos pensarán que la culpa es de los políticos actuales o de los que salieron del poder, sin que esto sea necesariamente cierto, la política no tiene que ver con la administración solamente, sino en la manera cómo ésta y los ciudadanos se encuentran, asunto que hoy parece distante y hasta caduco.
Citamos y citamos mal desde el Estagirita hasta el genio del mal florentino, a veces nos quedamos con un Goebbels o convertimos a Fouché en bandera, algunos otros no rebasan al filósofo de Güemes, y no solo citamos mal simplemente no entendemos, la naturaleza de la cita perdió su rendez-vous, en algún momento los políticos perdimos el camino y sabemos que no todos los caminos llevan a Roma.
Lo único que queda claro es que esta pandemia, más allá de otra cosa, nos desnudó, nos mostró justo en la medida de lo que somos y nos develó que muchos no tenemos un qué seremos. Y no es que hayamos perdido la esperanza sino que perdimos la noción de futuro. Si no nos damos cuenta de esto, parece que el último tren a Londres se marcha y aún no compramos boletos…
No olvidemos que primero, en la reconstrucción hay que buscar un porqué y de esa manera podremos soportar cualquier cómo y lo que urge a los políticos es empezar a mirar hacia algo que no es necesariamente algo agradable y es como decía Octavio Paz, un rostro en blanco sin rasgos que llamamos futuro.
¿Usted estimado lector, que opina ?