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Opinión



¿Quién lidera la Cultura… o debiera hacerlo?

Viernes, Septiembre 13, 2019 - 17:20
 
 
   

Debe existir un desarrollo armónico e interactivo entre los cuatro polos que rodean a la Cultura.

En un entramado socio cultural –como lo es por definición toda comunidad humana- ¿quién lidera su Cultura? Y si existe ese “líder”: ¿qué lo avala y sustenta?

Al respecto, una cosa es clara en la teoría administrativa: “liderar no es mandar”; por lo tanto, el supuesto, o cierto líder, no es, de ninguna manera, el “Tlatoani”; cuando más, es un aglutinador de voluntades, un conductor de esfuerzos, un promotor de ideales, un alentador de proyectos, un facilitador de condiciones.

Bien, siendo así ¿cómo esperamos que se comporte la Secretaría de Cultura de Puebla en su encomienda representativa (es decir: moral) y ejecutiva (es decir: presupuestal) de la Política Pública Gubernamental Cultural? Veamos.

La Cultura, lo Cultural, lo sustentamos todos. Esta es una verdad tan inmensa como una Catedral, pero, al mismo tiempo, inaprensible como ella misma. De tal suerte, la Cultura que nace, pervive y trasciende en un grupo social es de todos; aun de aquellos que suponen no “ser cultos”. Sin embargo, en la ecuación cultura/sociedad todos somos productores –o reproductores- y consumidores culturales; pero, no hay duda, unos son más “productores” que otros e, inversamente, otros son más “consumidores” que los demás. Asimismo, puede haber muchos “productores” de una determinada manifestación cultural (más músicos que teatreros) y, también, más “consumidores” que productos; y más escenarios o espacios para  unos, que para otros (más cineclubes, que salas de lectura). 

Ante este panorama, y en previsión que reine el caos cultural, debe existir un desarrollo armónico e interactivo entre los cuatro polos que rodean a la Cultura: Productores, Consumidores, Manifestaciones culturales y Espacios para su representación; así debiera ser y es…en el Mágico Mundo de Oz, pero, en la realidad real (esa que nos carcome cotidianamente), a los humanos –y la Cultura es cosa humana- no se nos da de forma espontánea y magnánima la desinteresada armonía y contención de mis deseos y necesidades culturales en favor de los del prójimo; no es así en nuestro país (ni en ningún otro) y, mucho menos, en nuestro Estado.

¡No!, la realidad es que la batalla por los espacios, recursos, presupuestos, apoyos, financiamientos, prebendas, etcétera, etcétera, es a muerte; y, como se advierte en los combates sabatinos de lucha libre: “a dos, de tres caídas y sin límite de tiempo”; es decir: “la regla es… que no hay reglas”, y, en ocasiones, ni decoro y buenas maneras. Por ello, para el buen desempeño –y justa y equitativa distribución de los recursos-, se necesita de un liderazgo efectivo y eficaz, mesurado y prudente, sabio y experimentado, visionario y prospectivo, y, sobre todo, reconocido y reconocible por todos los actores, sujetos e individuos de la cultura; en este caso, de la poblana.

Ante esta realidad, se hace indispensable la existencia de un orden esencial, una mínima organización, una elemental forma de entendimiento grupal que permita el civilizado ejercicio y valoración de nuestra cultura, que desemboque en una adecuada y sensata repartición de los recursos para, mediante ello, procurar un desarrollo suficiente y coordinado de lo culto poblano.

Y, para que esto funcione, debe recurrirse, al menos, a tres fases independientes pero complementarias: 1. Conocer las inquietudes culturales de todos, 2. Armonizarlas con el proyecto cultural colectivo y, 3. Apoyarlas con recursos suficientes. Pues bien, estas tareas  y su desarrollo inteligente e inteligible, las debe implementar y afrontar el “líder” o “líderes” culturales de un grupo social. ¡Fácil!, ¿oh, no?

Muy bien; pero después de este recorrido teórico –más farragoso que la Ruta Loma Bella-, sobre el liderazgo cultural de una comunidad, lo cierto es que tan solo llegamos al punto de partida y central de esta disquisición: ¿quién o quiénes son, o debieran ser, los líderes culturales de Puebla?

Bueno, tres parecen ser los candidatos idóneos para ello: 1. La autoridad gubernamental; en este caso el Secretario de Cultura y su dream team; 2. Los productores culturales; entiéndase: artistas, artesanos, intérpretes, ejecutantes, etcétera, etcétera; y, 3. La comunidad; o sea: todos y cada uno de nosotros, seamos, o no, “pueblo bueno”.

Adentrémonos un tanto en cada uno, para indagar sus “debilidades y fortalezas”, como dicta la teoría programática administrativa.

1. Los comunes. Sin duda, para el gusto de las multitudes de los mítines, ONG’s, colectivos, asociaciones y demás estructuras y organizaciones ideológicas e ideologizantes, el ente rector debiera ser: “la comunidad”. Esto tiene su encanto marxista –no hay duda- y, en primera instancia, deja satisfechos a todos… hasta que hay que definir (y asignar recursos) a proyectos específicos; entonces el decoro se olvida y la verdad imperante es que: el que tiene más saliva, traga más pinole. Y si lo duda, recuerde a los voraces tragadores pinoleros de Antorcha Campesina o la CNTE.

De tal suerte, está más que comprobado que la democracia del mitote y la mano alzada dejan mucho que desear cuando se trata de transformar la “buena fe” programática, en “buenos hechos” culturales. Aun así, instrumentar el desarrollo cultural sin tomar en consideración necesidades y deseos de la comunidad, es un sinsentido. De ahí que esta no puede ser excluida, puesto que, de hacerlo: ¿para quién, entonces, se estaría procurando la propia cultura? Como dicen los viejos asturianos referente al matrimonio (y lo cultural lo es): “mal con guerra y peor sin ella”.

Fortaleza: Democracia directa y participativa (o sea; uno para todos y todos para uno). Debilidad: Posible asambleísmo improductivo (o sea: mujeres y niños primeros…aunque no quepan los marineros para remar).

2. Hacedores de cultura. Dejar en manos exclusivas de los “productores” el liderazgo cultural, es tentar a estas “mayorías relativas culturales” a desarrollar, preferentemente, su arte, en detrimento de los otros. ¿No lo cree así? Bueno, responda sinceramente: ¿cuál de los deportes espectáculo tiene más adeptos en nuestro país? ¡Exacto!, aquél en el que se encuentran mafiosamente involucrados Televisa y TV Azteca, aunque su rendimiento y nivel de compromiso deportivo sea deleznable. Bien, en el mismo sentido, si dejamos a la pujanza y afición de los gremios artísticos el liderazgo cultural del Estado, podríamos caer en el ritornelo de hacer “siempre lo mismo… con los mismos”. ¿Piensa que exagero?, pues revise la lista de los “asignados” para desarrollar los cursos y talleres artísticos propuestos para este año por la renaciente SC y verá que son los mismos “rubros ramplones”, impartidos por los mismos “especialistas de antaño”.

Fortaleza: Expertise y Know How sobre su arte (o sea: Pa’ los toros del Jaral… los caballos de allá mismo). Debilidad: Posible miopía sobre las demás artes (o sea: Después de mí… El Diluvio).

3. Papá Gobierno. Ante el descarte anterior, solo queda la opción que el liderazgo cultural lo ejerzan las autoridades gubernamentales; pero esto es lo que ha sucedido desde que Puebla es Puebla y los resultados siempre han sido oscilantes, inconsistentes, volátiles y sospechosos; a pesar que, en ocasiones, han estado al frente de las instituciones de cultura estatal, gente bien intencionada y hasta conocedora.

Fortaleza: Sólido andamiaje institucional (o sea: ¡Papá paga!). Debilidad: Finitud de recursos (o sea: ¡Papá paga… lo que diga tu madre y hasta dónde alcance el salario!).

Como vemos, ser un líder verdadero no es tan simple, ni se da por decreto. Y ¿por qué sucede esto? Una razón, entre muchas más, creo, es que nadie nos ha preguntado, seria y puntualmente: ¿qué cultura queremos vivir los poblanos?, y, por lo tanto, a cuál tipo de líder estaríamos dispuestos a seguir. ¿Lo duda? Bueno, dígame ¿alguien le consultó sobre lo que se debiera hacer con el MIB, monstruo de mil cabezas que, sin duda, tendremos que pagar cada una de ellas a precio de oro? Después de todo: yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos lo vamos a costear con nuestros impuestos; y, digo, si he contribuir, al menos merezco la deferencia de ser tomado en cuenta en su devenir, por el “líder” o “líderes” que dispusieron su reciclaje; ¿oh, no?

Bueno, pero después de tanto zarandeo, nada concreto se ha propuesto en este artículo que vislumbre la cuestión central de: ¿quién debe liderar la cultura?

Cierto es y, ante el deber moral de plantear algo razonable, diré que no tengo la respuesta precisa, pero si un esbozo de solución: “No debe hacerlo solo uno de los actores, sino los tres”; es decir, que autoridades, productores y consumidores culturales propongan y, sobre todo, acuerden la agenda cultural mínima de la 4ª T poblana. Y, para evitar que este liderazgo compartido se transforme en una pesadilla, sería conveniente que, ante el planteamiento de un programa o proyecto cultural, exista un “alguien imparcial” que lo conozca, analice su pertinencia, sopese su viabilidad, comprenda sus alcances, valore su costo/beneficio y opine en consecuencia sobre la ejecución del mismo. En resumen: un Ombudsman Cultural que vele, puntual y justamente, por nuestros intereses culturales conjuntos. O sea, considero deseable que se instituya una Defensoría de los Derechos Culturales de los poblanos.

¿Nos atreveremos a tanto en la 4ª T, bajo la esperanza prometida de un “cambio de régimen”?

Ojalá que sí.

El Lago de los Chismes

1. Las luchas cotidianas. Para todos aquellos que amablemente me solicitan mi opinión actual sobre el Museo Internacional del Barroco, los remito a la columna que escribí al respecto, el pasado 24 de julio, titulada: El MIB y los 5 siglos de Puebla.

2. La importancia de llamarse… Se concretó el relevo de los dirigentes de Museos de Puebla. Tres mujeres y un hombre llegan a los puestos claves. Patricia, Mirian, Anahí y Ernesto. La suerte está echada. Se esperan reacciones ante el hecho.


Semblanza

Patricio Eufracio Solano

Es Licenciado en Lenguas y literaturas hispánicas por la UNAM. Maestro en Letras (Literatura Iberoamericana) por la UNAM. Y Doctor en Historia por la BUAP.

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