Ciudadanía y responsabilidad son dos temas estrechamente sujetados entre sí, y fundamentales en la agenda de toda sociedad altamente democrática. En México intentamos ahora transitar hacia una condición ideal mediante la Cultura de la Legalidad, cuyas bases son muy sencillas:
Conocer nuestros mínimos derechos y deberes
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Respetar y cumplir las leyes puntualmente, no a capricho de cada uno, sino motivados por un sistema de justicia que nos juzgue igual a los iguales
No consentir actos que violen nuestros derechos o los de los demás; pero si por cualquier motivo somos víctimas de ello debemos denunciarlo, pues si no lo hacemos es más probable que se repita.
Si bien es cierto que no nacemos ciudadanos, en México estamos tratando, con dificultades, de alcanzar el auge de la ciudadanía, la cual se adquiere al cumplir 18 años y tener un modo honesto de vida; sin embargo, sabemos que llenar sólo estos requisitos no nos convierte en verdaderos ciudadanos. Al llegar a esa edad adquirimos un conjunto de derechos como votar y ser votados en elecciones populares, asociarnos para tomar parte en los asuntos políticos de nuestro país, ser servidores públicos, iniciar leyes, entre otros; y la mayoría de ellos son también deberes, establecidos en nuestra Constitución política. A ello debemos agregar principios, valores, derechos y obligaciones sociales como una concepción por el buen trato y respeto hacia los demás. Tratar bien a nuestros padres, hijos, familia, a quienes amamos, es inherente a nuestro actuar diario, pero hacerlo con quienes no conocemos o con quienes tal vez no tenemos cierta simpatía es parte de la formación de nuestra ciudadanía. Es fundamental cultivar la capacidad de construir y ser construidos por la sociedad, Nación o Estado. Como ciudadanos requerimos de la construcción y participación activa en los actos y decisiones del gobierno para considerarnos como verdaderos ciudadanos; pero también es fundamental en un Gobierno establecido, atender y consolidar la participación activa y crítica de la sociedad, pues ahí parte su fundamento y legitimidad. Hoy, en día existe un gran número de individuos con razones económicas, sociales o políticas, que los llevan a huir de sus tierras en busca de mejores oportunidades de vida; buscando el respeto a sus derechos cívicos, buscando una ciudadanía que no pueden ejercer en su país. Si en él tuvieran los que necesitan difícilmente tomarían esa decisión.
Los ciudadanos también debemos ocuparnos por esa formación; tenemos la obligación de actuar con responsabilidad global frente a los problemas globales, pues es menos contradictorio, y, probablemente, más deseable, que hacerlo sin este imperativo ético que, para el caso, es el de una causa común.
Indudablemente creo que para ser un verdadero ciudadano es indispensable sentir un compromiso con nuestro país y cumplir con nuestras obligaciones participando activamente de nuestros derechos. El apego a la legalidad es uno de los principios clave en el proceso de formación de la ciudadanía, misma que no puede realizarse sin el conocimiento y respeto de las leyes que regulan la convivencia social y política de nuestra Nación.