A nivel global el número de muertes relacionadas al embarazo ha decrecido gracias a la atención médica integral que incluye consultas cada mes durante el embarazo, suplementos que eviten la anemia, control del peso y la presión arterial y de los niveles de glucosa a lo largo del embarazo, siguiendo las directrices de la Organización Mundial de la Salud. En los Estados Unidos de América, en la última década ha crecido en la última década el número de muertes maternas, particularmente entre los afroamericanos y la población latina. De tal forma que se tienen hasta un cuádruple de más muertes en mujeres negras que blancas independientemente del ingreso económico, el estado donde habita y el nivel educativo. Las causas principales de muerte son las enfermedades cardiovasculares, hemorragias durante el parto y la denominada eclampsia, esto es un incremento de la presión arterial en las últimas semanas del embarazo, todas ellas prevenibles. Estos datos indican que el acceso a los programas de salud como son las consultas prenatales y el control del peso es desigual entre ambos grupos de población.
En México no es diferente el panorama, ya que la mortalidad materna tiene mayor incidencia en poblaciones rurales que en urbanas, y también es mayor en áreas suburbanas que en las ciudades dada la falta de infraestructura hospitalaria y de una adecuada capacitación del personal de salud estos es médicos y enfermeras parteras en hospitales rurales. Adicionalmente, la mortalidad es mayor en aquellas mujeres que se embarazan siendo niñas o jóvenes, menor de 18 años, que en mujeres adultas. Hay medidas muy simples para evitar la mortalidad materna, como trazar rutas críticas ante complicaciones durante el parto para el traslado de las pacientes, lo que puede significar la sobrevida de la madre y su hijo. Ante la zozobra que genera la desaparición del seguro popular, es urgente que el estado mexicano tenga una política clara para abatir la muerte materna.