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Opinión



Assange información y capitalismo II

Jueves, Mayo 9, 2019 - 10:14
 
 
   

Es por eso que el ídolo de los filósofos es el acontecimiento

El valor de la figura de Assange reside en haber realizado lo impensable. Vivimos sumidos, primero, en una conciencia escéptico-práctica: todo está mal, nada puede ser cambiado y si pudiera ser cambiado sería imposible que fuese para bien. En otras palabras, no vale la pena intentar actuar porque somos fundamentalmente impotentes y si acaso lográramos algo, sería para peor. Es un ejercicio muy extendido la crítica de todo lo existente bajo la silenciosa creencia de que en el fondo no pasará nada. Es por eso que el ídolo de los filósofos es el acontecimiento: un rayo venido del cielo que alumbraría el presente con un sobresalto. Lo cierto es que Assange hizo algo a la vez simple y radical: filtrar información. Para ello era necesario: cierto conocimiento técnico y una convicción política. Esta es la figura del hacker político: utilizar los recursos de un sistema en contra de sí mismo. El hacker explota los recursos de un sistema informático para lograr acceso a un núcleo protegido. No es ni un outsider, ni un insider, en sentido estricto, sino que le dio una vuelta, una torsión al propio sistema.

Assange utilizó la infraestructura informática mundial para hacerse de documentos clasificados o de acceso restringido y los liberó en la presa, ese otro sistema informático que constituye a través de noticias el cambiante cuadro del mundo. Es decir, Assange se sirvió de los recursos de la era de la información y la comunicación para producir un resultado inédito. No se trata aquí de un movimiento desde arriba o desde abajo, sino de cómo pudo alguien engañar al engañador. ¿Pero qué logró Assange? ¿Acaso cambió el mundo después de la liberación de terabytes y terabytes de información? La respuesta indirecta es: Assange y su grupo de Wikileas lograron desatar la ira y la persecución por parte de las principales naciones occidentales. Esta es la evidencia de la importancia que tuvieron sus filtraciones. La respuesta directa es: la información liberada fue equivalente a captar a varios gobiernos in fraganti. El terreno de los hechos se ha vuelto discutible. Y aun es posible cerrar el acceso a medios de comunicación a regiones enteras y al comportamiento de agencias gubernamentales o empresas. Pero un documento filtrado es un documento firmado, avalado. Yo dije, yo hice. Ningún gobierno pudo desdecirse. Se guardó silencio y se procedió a la persecución de Assange. Hemos descubierto algo: políticamente hay que aceptar todas las reglas del terreno de juego, excepto una, la que te coloca en desventaja. Assange no robó dinero para darla a los pobres. Robó información para dársela a la sociedad, a una sociedad de la información.

Vivimos en la era de la información. ¿Qué quiere decir eso? Que todo lo existente, sin ser información, es tocado por ella. Nada hay fuera del registro, del cálculo o del modelo matemático. Esta situación no es motivo, por sí misma, de preocupación, o de nostalgia por un mundo perdido. El giro lingüístico-abstracto o informático supone, solamente, un nuevo terreno de juego, ni más ni menos libre, que los anteriores. Y si no debe ser motivo de nostalgias, tampoco debe serlo de ciegas utopías. Es un terreno de juego motivado por la progresiva simbolización del mundo y su articulación con la tecnología cibernética.

Gracias a otras filtraciones como la de Snowden, fue posible una oteada al ejercicio del poder que tiene lugar a través de la red, un mundo que consideramos neutral o, peor aún, el hogar mismo de nuestra libertad. Negri y Hardt hablaban de un orden mundial sostenido por las naciones occidentales bajo los estandartes de libertad, democracia y libre mercado. Pero las filtraciones de Snowden y de Assange mostraron de manera irrecusable eso de lo que no queríamos saber nada: que el terreno que consideramos una conquista de y para la libertad constituye el sitio mismo donde se establece nuestra servidumbre. No es que descubriéramos “súbitamente” que la democracia es “en realidad” una dictadura, o que el libre mercado no es “realmente libre”, o que la libertad que ejercemos es más bien una “libertad limitada”. Todo eso nos haría pensar que debemos retirar los obstáculos para lograr una “auténtica democracia” (por ejemplo, la democracia directa), un “auténtico libre mercado” (que nos salvaría de todo monopolio) y una “auténtica libertad” (sin restricciones de ninguna clase). Sin embargo, sucede más bien que los conceptos mismos se han vuelto problemáticos y que hay que aceptar esa dimensión polémica. Habrá que desarrollar conceptos de democracia que den cuenta de sus problemas inherentes. Lo mismo con la economía y con la libertad. Ni un fracaso eterno e inevitable, ni un triunfo final, sino la torsión mínima que permite obtener, bajo las condiciones dadas, un resultado inaudito.

Volvamos al último episodio de la decepción de occidente frente a sí mismo. Lo sabíamos. Siempre lo supimos. Pero éste lograba sostener la fantasía de la libertad gracias a una reiterada escenificación de una lucha contra el comunismo, el terrorismo o el desorden. Las filtraciones de Assange lograron acortar la distancia entre el fantasma del peligro inminente (lo temido) y la realidad de nuestra libertad (lo actual). Apocalyse here and now. De pronto, nunca habíamos sido libres. La lección de Assange es esta: una filtración tiene la potencia de una evidencia, de un hecho que no permite seguir soportando la posibilidad de que todo sería una mera sospecha, una exageración paranoica. El juicio del paranoico coincide con el del principio de realidad. Es por ello que tuvo más efecto una filtración que miles de artículos periodísticos y cientos de libros diciendo lo mismo.

¿Pero cómo esta esfera virtual pública? ¿No demuestra Assange que, verdaderamente, la red es hoy el sitio para el ejercicio de una mínima libertad? La esfera pública mundial existe de manera privilegiada en y a través de la red. Pero no del modo en que creemos. Estamos acostumbrados a suponer que en ella se despliega una ilimitada libertad de prensa y de intercambio de experiencias, saberes, imágenes y textos de todo tipo sin la intervención del Estado. La red hace posible, es verdad, la colaboración horizontal que vemos en el desarrollo del software libre o la construcción diaria de Wikipedia. La red significa una posibilidad de un mercado sin intermediarios. Bajo el credo del peer to peer creemos atestiguar el verdadero encuentro de singularidades previamente desconectadas. Este el lema de Nokia: “connecting people”. Lo que la política habría desgarrado lo debería enmendar la red. ¿Y qué es la red sino el tejido social hecho con hilos de fibra de vidrio? ¿Qué es la red, sino el anhelado sitio para el reconocimiento recíproco de los sujetos al margen del Estado? ¿No es lógico y consecuente abrazar la cyberutopía? Es esto lo que Assange y Snowden acaban por mostrar. El espacio público le pertenece a alguien. Las conductas aparentemente gratuitas que realizamos todos los días en la red: búsquedas, correo electrónico, redes sociales, le generan plusvalor a un privado y le garantizan el poder a los Estados. Se puede capturar plusvalor de la información porque todo lo que usamos es privado o está patentado: sus plataformas, sus algoritmos, sus bases de datos, sus servidores. Y toda esa información se registra, se procesa y se vende. Alguien posee los derechos. Y alguien posee también acceso privilegiado al gran volumen de datos, a la memoria de los gustos y preferencias musicales, sexuales, amorosas. Pero al mismo tiempo, queda claro que no todo puede circular. Pornografía infantil sí, pero información sobre Guantánamo, no. Esa es la otra lección de Assange: existe la información privilegiada, existe la distorsión de información, existe la información clasificada. No toda la información es igual, no toda circula de la misma manera, no vivimos en el mundo encantado de su libre circulación.

Es por esto que nombres como el de Assange y de Snowden asistimos a la expulsión del paraíso cibernético. La red no es una “herramienta” a nuestra disposición para cumplir nuestras exigencias de ciudadanos del mundo. La red media las relaciones humanas y, como tal, está sujeto a disputa, control y, sobre todo captura económica. Assange mostró no solamente el proceder de E.U. en Afganistán o Irak, o de líderes del mundo a través de la filtración de cables diplomáticos. Mostró que la red es también un terreno de guerra. Paralelamente a Assange, Snowden hizo visible, también por filtraciones, que las naciones occidentales poseían un aparato de espionaje de ciudadanos y líderes aliados tan refinado como el de las naciones “totalitarias”. La guerra fría nunca terminó. El espionaje de la KGB en la Unión Soviética o de la Stasi en la Alemania Oriental resulta casi “artesanal” comparado con el sofisticado sistema de la NSA o la CIA. Pero quizá el punto más importante aquí es que fue posible responsabilizar también al mercado en esta práctica. El espionaje generalizado no es hoy posible por parte del Estado sin ayuda de los propietarios de las redes de comunicación, los servidores y la mismísima información. Como quedó puesto en evidencia, las redes sociales y las empresas informáticas “colaboran” de buena gana con el gobierno para el espionaje a todos los niveles: ciudadanos, empresas y líderes amigos, como enemigos, etc.

Vivimos en la era de la información. Eso quiere decir que cada huella informática que dejamos puede ser almacenada y acoplada con otras huellas, nuestras y de otros, para generar nueva información con fines políticos o comerciales. Las elecciones se ganan hoy con bots de twitter, con falsos perfiles de Facebook y con cálculos de big data. Hoy el mercado se decide sobre la base de información: eso incluye datos financieros que ciertos algoritmos procesan masivamente para comprar y vender acciones de manera automatizada, la información privilegiada que funcionarios dan a las empresas (cuando no existe abiertamente un conflicto de intereses por ser juez y parte) o las asimetrías de información generadas por el espionaje tecnológico. Hay datos de compras, de transportes, de enfermedades, de datos sociodemográficos o de preferencias personales.

¿Qué significa eso para nosotros, los ciudadanos? En la red no somos propietarios, somos usuarios. No poseemos nada, solamente lo utilizamos. Todo lo que sucede en la pantalla es virtual, un conjunto de pixeles en una configuración destinada a desaparecer. Pero eso inclina la balanza del poder y produce ganancias económicas. ¿Cómo es posible generar control y plusvalor a través de la información? Solamente porque la sociedad ha sido codificada. No es que ella sea medida o modelada desde fuera por los números. El esqueleto mismo de la sociedad y sus intercambios tiene como infraestructura al mundo informático. La infraestructura no la constituyen solamente las computadoras, sino también los programas que les permiten ejecutar secuencias de comandos. Quien controla hoy los medios de circulación y producción de la información controla el mundo social. Si el pegamento social es el lenguaje y el lenguaje es codificado y puesto a circular por medios privados, resulta que la relación humana misma queda sometida a explotación. Si lo que se vende hoy es el acceso a un servicio (correo electrónico, cuenta de Facebook o de twitter, etc.) entonces ya no hay objetos en sentido concreto. Lo que compro es la posibilidad de ejercer ciertas funciones o posibilidades de experiencia. El mediador social es hoy cierta información que le pertenece a alguien o que circula por el servidor de alguien. Veamos más de cerca cómo opera esto.

¿Cuál es la figura sagrada del capitalismo liberal actual? El individuo. ¿Y cómo describiríamos su condición subjetiva actual? A partir de su soledad, su separación de los otros. Todo lo que hace lo hace para beneficio y cuidado de sí. ¿Y qué compra este individuo solitario de nuestras sociedades? Comunicación, interacción, encuentro. El capitalismo produce la soledad necesaria para que alguien necesite comprar compañía. El capitalismo liberal produce al individuo competitivo, solitario, desgarrado de todo lazo social que pretenda subsistir por fuera del dinero. Y este mismo capitalismo vende la solución: un reencuentro con los demás, acercamiento por medio de telefonía celular, mensajes, chats. El capitalismo separa, atomiza, produce aislamiento … y luego cobra por reunir, por reconectarnos con el otro según una medida de tiempo (la tarifa). Es así que la mercancía informática por excelencia es el acceso al otro. Si el capitalismo produce efectivamente soledad, entonces eso significa que él produce la escasez de la mercancía, aumentado la demanda y asegurando así su mercado. De igual manera, el capitalismo produce enajenación, cansancio y hartazgo y luego vende sus antídotos: entretenimiento, terapias relajantes, vigorizantes, vacaciones y terapias para “reencontrarse”.

Es por todo esto que si el mundo migró al terreno informático era natural que comenzara la lucha por la captura de este territorio. Facebook, Google, Instagram, etc. son los amos del lazo social en tanto que éste requiere pasar por un medio privado. Esta es la locura actual: que para tener acceso al otro debamos pagar por ello. El espacio público se ha privatizado progresivamente, haciendo que el tiempo con los otros nos obligue a consumir algo (entradas a un concierto, a un cine, a un bar, a una discoteca, a un centro comercial); pues bien, el mundo frente a la computadora, en el cual nos sentimos tan cómodos y en “casa”, es tan público como la calle y tan privado como una casa bardeada con púas. Es también espacio público privatizado.

El mundo de la información, puesto que ya no vende productos, sino accesos, adquiere la forma de una renta por un servicio. Facebook, Tinder y todo tipo de servicios que nos conectan con amigos y con extraños, extraen plusvalor del lazo social mismo, de la búsqueda de encuentro. Pero lo más dramático en este caso es que el mundo informático cobre para que tengamos acceso a nosotros mismos. Por medio de aplicaciones de celular para meditar logramos alcanzar (pobremente, claro, pero lo hacemos) cierta tranquilidad que solos no habríamos logrado. Por medio de la pornografía logramos la excitación que solos no llegamos a obtener; por ella se accede al propio placer erótico. Debo pagar para experimentar(me). Es el mundo de las posibilidades propias a nuestra disposición por una módica renta mensual. El mundo informático me vende, así, una fantasía para que yo tenga acceso a mí mismo, a mi cuerpo, a mi mente, a experiencias inéditas. Digamos de paso que la crítica según la cual el mundo informático homogeneiza no es del todo justa. El lema de HP hace 10 años era: “la computadora ahora sí es personal”. Todo se deja personalizar, lo menús de comida, la computadora que compramos, los paquetes de televisión, etc. El individuo obtiene la certeza de su singularidad por la mercancía que compra. Es así que el mundo informático, con su flexibilidad característica, puede vender con más facilidad la ilusión de singularidad. Cuando hago mi perfil social, profesional o académico en la red puedo diseñarme, inventarme y reinventarme. Es la casa de los espejos que visitábamos en las ferias de niños. Cada espejo me deforma de manera distinta y yo puedo elegir el que me refleje de la manera que más me agrade. El mundo virtual de las redes sociales es una intersubjetividad controlada, sin los riesgos que el contacto efectivo conlleva; es una sociedad atemperada, suavizada, pero, sobre todo, garantizada como servicio por un propietario privado.    

La información, el poder, el Estado, el mercado, la sociedad civil global, el secreto: este es el nudo que hizo visible Assange y que logró desatar la furia de las potencias. No debemos pasar por alto las lecciones que de aquí se desprenden.  


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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