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Opinión



El “éxito” de Occidente

Lunes, Abril 8, 2019 - 14:27
 
 
   

Sólo hay dos tragedias en la vida: Una es no conseguir lo que uno quiere, y la otra es conseguirlo

La fragmentación del mundo Occidental es más el efecto y no la causa de su colapso. En el siglo XIX, los grandes estados europeos estaban en constante conflicto entre ellos, y en la mayoría de las veces, era un conflicto bélico, y sin embargo dominaban al mundo. Esto podía ocurrir porque, a pesar de las diferencias, existía un fuerte sentido de pertenencia a una civilización en particular, la “Civilización Occidental”. Esta civilización poseía una superioridad tecnológica, económica, cultural y moral respecto a las demás culturas del mundo o por lo menos cada uno de sus ciudadanos así lo percibía y así lo creía. El siglo XX se caracterizó por dos guerras mundiales y con la meteórica ascensión del comunismo y el final del colonialismo, que llevaron a dos modelos distintos de desarrollo: el “Humanismo Liberal” y el “Humanismo Social”, en conflicto permanente entre uno y otro. En Europa occidental, también debido a la cercanía con la Unión Soviética y la presencia, especialmente en Italia y Francia, pero también en los demás países, pero con menor relevancia, de fuertes partidos comunistas, obligaron a los gobiernos a realizar políticas sociales de Welfare, cada vez más importantes y costosas, para contrarrestar la fuerza de los partidos socialistas y comunistas de cada país. Pero después de la caída del muro de Berlín, en 1989, y el posterior colapso de la Unión Soviética, derrumbe único en toda la historia de un totalitarismo que escoge de destruirse a sí mismo sin guerras ni sangre. Esto llevó a occidente a una embriaguez de la victoria: era “El fin de la historia” como tituló Fukuyama su libro, dado que ya existía un solo modelo exitoso de desarrollo y era el modelo “Liberal”. Era el modelo que se tenía que exportar a todo el mundo, ya elaborado en Estados Unidos, bajo la presidencia Kennedy, por su consejero Walt Witman Rostov, para evitar la penetración de la ideología marxista en los países subdesarrollados, que era inspirado al plan Marshall, que había sido muy exitoso en la Europa de la postguerra. En los años ´80, la teoría neoliberal se volvió política de gobierno, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña y Alemania Federal, con la creación de sus instituciones principales: la Banca Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, en 1995, nacía la Organización Mundial de Comercio. Sin embargo, y con la sabiduría del después, ahora nos damos cuenta de que se subestimaron principalmente dos factores, que resultaron problemáticos para el futuro de occidente: primero, el impacto de un rápido crecimiento de las economías en desarrollo sobre las sociedades occidentales en términos de distribución de la riqueza y, segundo el crecimiento vertiginoso de nuevas potencias económicas en un contexto de mercados abiertos y desregulados después de la caída del comunismo. En menos de tres décadas, China pasó de tener una ridícula participación en el comercio global de menos del 1%, a llegar a ganar el primer lugar con una cuota de exportaciones del 17% del mercado mundial, con un remanente de 500 mil millones de dólares.

La crisis del 2008, la “Grande Crisis”, como algunos la han llamado, dado que fue peor que la horrible crisis de 1929, no fue una crisis mundial sino más bien una crisis “Atlántica”. Entre 2008 y 2012, el PIB del “Imperio Celeste” creció un increíble 18%, mientras que el estadounidense crecía apenas un 1.8% y el de la Unión Europea decreció de un 1.4%. Por consiguiente, la crisis ha ulteriormente acelerado la transferencia del poder económico y también del político del planeta hacia el Pacífico. Por otro lado, la idea de que se pudiera exportar automáticamente la democracia junto con el comercio se ha demostrado completamente falsa y ha contribuido ha empeorar la estabilidad del mundo. Lamentablemente, también desde este punto de vista, Huntington tenía razón: “con su política universalista, Occidente está siempre más intensificando los conflictos con otras civilizaciones” y también con su tesis: “la modernización no es sinónimo de occidentalización”, desde el punto de vista de respeto de los derechos humanos y la implantación de gobiernos democráticos en sustitución de aquellos tiránico o teocráticos.

Es indudable el éxito del proceso de globalización para el mundo: los datos son incuestionable.

1. Más de mil millones de personas en los países en desarrollo, especialmente en Asia y Latinoamérica, salieron de la pobreza extrema: desde 1990 a 2013 la pobreza extrema disminuyó en un 58%, todo un record en la historia de la humanidad.

2. El acceso a programas de salud y de educación aumentó increíblemente, pero otra vez en los países en vía desarrollo, pero en los desarrollados se mantuvo prácticamente constante, cuando no disminuyó.

3. La competición con los países emergentes promovió una producción a alto valor agregado en los países desarrollados, significando para los trabajadores de estos últimos países, oportunidades para los más instruidos y preparados, y falta de trabajo y desempleo para los menos educados.

4. Los precios de los bienes de consumo disminuyeron en Occidente.

La globalización debilitó la clase media tanto en los salarios como en calidad de trabajo, aunque aumentó la posibilidad de adquisiciones de bienes electrónicos y de juguetes electrónicos, pero los servicios, como los educativos y de salud, se han vuelto prohibitivos en los países “ricos”.

1.- La clase media mundial creció enormemente a expensas de la clase media de Occidente.

La clase media mundial aumentó de 1,800 millones de personas en 1990 a 3,200 millones en 2020, y se estima que serán 4,900 millones en 2030, pero casi exclusivamente en Latinoamérica y Asia, donde esta última representará el 66% de la clase media en 2030.

Paradójicamente los datos confirman que la humanidad se encuentra al Zenit de su progreso económico, y sin embargo la mayoría de los ciudadanos occidentales estarían en contra de esta afirmación: porque la mayoría de los avances en los últimos treinta años se dieron fuera de Occidente, y tuvo que ver con una pequeña minoría de la población de los países desarrollados. Esto provocó un miedo incontrolado hacia el futuro, y cuando el miedo permea a la sociedad, la racionalidad deja su lugar a la emotividad: se estaba mejor cuando se estaba peor.

Esta es la paradoja del deseo cumplido de Oscar Wilde, que no hay mayor tragedia de cuando se cumple tu deseo: Occidente que promovió y deseó el crecimiento del mundo y la reducción de la pobreza global, al verse concedido su deseo, nunca esperó que fuera justo a su expensa: Occidente retrocedió justo en el periodo de máximo crecimiento del mundo. Esto explica en gran parte el gran fracaso de los partidos de izquierda y el éxito del populismo actual, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, la percepción de desaliento de la población en general, el miedo hacia la inmigración, el temor hacia futuro, que se demostró peor de lo que era el pasado hace apenas treinta años para muchos, donde el nivel de vida de la clase media era mejor, con más seguridad y con más esperanza hacia el futuro. Sin esta esperanza del porvenir, el hombre esta muerto.

Lo sintetizaba muy bien el ex presidente de Italia, refiriéndose al periodo posbélico de 1947: 

“Con veinte años, en 1940, obtuve mi licenciatura; quince días después me reclutaron en el ejército. Regresé de la guerra de Albania en el ´44, a Livorno, mi Livorno, destruida por la guerra en un 70%”. “Un regreso amargo”, le pregunta la entrevistadora. “Sí un regreso amargo: vivíamos en una ciudad que no tenía agua, luz eléctrica ni gas, pero estábamos llenos de esperanza. Cada mañana despertábamos convencidos que para la noche habríamos hecho un paso adelante: ésta era nuestra fuerza. Y logramos reconstruir un país. Pensaba de reconstruirlo también moralmente, después de veinte años de dictadura y cuatro de guerra. Hicimos mucho…”.

Hoy, lamentablemente es justo al revés: el nivel de vida es alto, las ciudades no están destruidas, tenemos tantos servicios como nunca en la historia, pero el sentimiento que prevalece en Occidente es una falta total de valores compartidos, una desesperanza hacia el futuro, un miedo hacia el presente y una falta de confianza en los políticos que les prometieron un futuro mejor hace tres décadas y la gente percibe que fracasaron en su promesa. Se cumple la previsión de Zygmunt Bauman: el pasado lejano se percibe como el lugar imaginario de la justicia y de la seguridad. Así podemos explicar las victorias de Trump en Estados Unidos, de los “Cinque Stelle” en Italia, de Orbán en Hungría, de los diferentes partidos nacionalistas-populistas europeos y en México, del señor López Obrador, que nos prometió regresar a los imaginarios éxitos de los años ´70, a un modelo que demostró casi destruir al país, después de treinta años de éxitos en México, pero que la gente percibe como un fracaso y anhela el regreso a un pasado onírico, a una época de oro, que en realidad nunca existió.

Ojalá que el despertar, tanto en Europa como en Estados Unidos, pero, especialmente en nuestro México, no sea una horrible pesadilla, pero ahora sí, no soñada en una noche de verano, sino totalmente real y catastrófica para nuestro país.


Semblanza

Mario De Marchis

Ingeniero Químico de la UAEM, con maestría en computación del ITESM, Campus Morelos. Posteriormente cursó un Doctorado en Administración en el Programa del ITESM, Campus Ciudad de México y la Universidad de Texas en Austin. Es profesor del ITESM, desde 1985. Ha recibido en varias ocasiones la distinción de profesor mejor evaluado en el Campus Morelos, Ciudad de México, Monterrey y Santa Fe y en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín, Colombia. Es fundador del Campus Santa Fe, donde fungió como director de la División de Negocios y Posgrado. Ha sido consultor en diferentes Instituciones, tanto públicas como privadas, tales como  IMTA, GFT, la ONU-Méx, Línea Bancomer, Confitalia, Canacintra, Coparmex, Inophos e Infonavit, entre otras. Es autor del libro “Yo, el Director” de Editorial Océano y fue reconocido por la revista “America Economía” como el segundo mejor libro de gerencia en español del 2010 y primero en Latinoámerica. Actualmente es profesor de tiempo completo del Departamento de Administración de Empresas en la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP).

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