Apreciado Luis Miguel Barbosa Huerta
Leí con interés creciente su propuesta de no habitar Casa Puebla durante su mandato y, por ello, transformar la residencia oficial de gobierno en una Casa de Cultura. Enhorabuena por su decisión, congruente, sin duda, con lo hasta hoy ejecutado por el proyecto cultural e identitario de la Presidencia de la República. Sin embargo, ante la apertura mostrada, me atrevo a sugerir que, en vez de una Casa de Cultura, se asiente y desarrolle en el lugar un Centro para las Artes. Pongo a su consideración mis razones y argumentos.
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Tradicionalmente se ha entendido a una Casa de Cultura, como un sitio de encuentro entre las manifestaciones artísticas y un público dado. Algunas más, como es el caso de la poblana en la ciudad capital, cuentan con elementales talleres de iniciación artística, mayoritariamente dirigidos a niños y adolescentes citadinos y no a los de los municipios interiores por obvias razones, liderados por tutores o profesores de incipiente trayectoria o conocimientos artísticos. Está bien, pero el espíritu y vocación de un Centro para las Artes va más allá de la iniciación y apreciación, impulsando a sus asistentes a ser copartícipes gozosos del proceso artístico, de la mano y espíritu de los creadores en activo; porque sí, en los centros de esta índole, son los artistas plenos y maduros en su disciplina quienes conviven con los participantes. Nunca será igual, iniciarse en la pintura al óleo o el modelaje en arcilla (o la composición musical, o la literatura) que adentrarse de lleno en el desarrollo de una de las artes en el momento mismo de su creación.
Asimismo, los Centros para las Artes son sitios donde las obras artísticas no solo se aprecian, sino que los asistentes “estudian, desmenuzan, comprenden y se apropian”, de la mano de los creadores y expertos, de sus componentes técnicos, las influencias perceptibles, los avances y novedades de tal escuela o corriente artística o autor respecto de la Historia del Arte. Y no con la finalidad de terminar siendo artistas –pero ojalá fuera así-, sino con la intención de “abrir” los ojos, oídos, tacto y gusto por el arte mismo, sin más fin que el goce estético.
La vastedad espacial de Casa Puebla, estoy cierto, puede acoger, sin duda, todas las artes.
Un mínimo programa artístico podría contener espacios, tanto para la creación de las artes visuales, como de las artes literarias, de las musicales y aún de la cinematografía. Los públicos objetivo serían, tanto los que se iniciarán en algunas de ellas, como los espectadores de este proceso iniciático. Dicho de otro modo, hijos o pupilos y padres o tutores. Ser testigo de la apropiación estética de cualesquiera de las artes por parte de niños y jóvenes, es asombroso y vivificante; más aún si esos niños o jóvenes están próximos a tu emoción –y los más próximos a nosotros son los niños y jóvenes poblanos, desde luego-, y todavía lo es más, si dicha apropiación artística la hacemos conjuntamente niños, jóvenes y adultos al unísono
Los artistas y creadores participantes deben asumir el papel de transmisores entusiastas y no académicos del proceso creativo, cuya finalidad debe ser, como señalé líneas arriba, el de la apropiación gozosa del placer estético de cada una de las artes. En cuanto sea posible, deben iniciarse programas artísticos que contemplen la estancia por varios días en el Centro de niños y jóvenes provenientes del interior del Estado, a dónde nunca llegan las artes, los creadores y las obras poblanas de valía.
El Centro sería, a su vez, un digno sitio de exhibición permanente de lo mejor del arte poblano contenido en el acervo producto del programa de Pago en Especie, que hoy languidece en las oficinas gubernamentales donde pocos, muy pocos de los poblanos pueden verlo y apreciarlo.
Finalmente, considero que el desarrollo y desempeño del Centro debe basarse en criterios artísticos y culturales, más que políticos y clientelares, por lo que sería saludable que la dirección de él estuviera conformada por un Consejo de Creadores, probos y reconocidos en sus campos, cuya estadía como consejeros fuera temporal y honoraria, teniendo como finalidad primordial la sugerencia y orientación de los programas, pero, sobre todo, la consecución de patrocinios y proyectos de difusión de las actividades y logros del Centro.
Entiendo, desde luego, que el proyecto antedicho necesitaría de afinación y pulimento para transformarlo en un programa viable, pero, como dije al inicio, su compromiso de dotar a la cultura poblana de tan magnífico espacio para la recreación de las artes, me impulsó a presentarle este apunte.
Atentamente