Me gusta escuchar el tañer de campanas. Es un sonido tan íntimo y cercano a mí desde mi infancia sin que haya tenido alguna vez significado religioso alguno. Siempre ha sido un eco que me llena de paz, de alegría y de certeza de que la vida es libre porque llega con el viento de la tarde y de fines de semana.
Cuando niña, al haber cumplido con la escuela y tareas, lo escuchaba al atardecer y era signo de ser libre para hacer lo que quisiera, aunque fuera sólo sentarme en el pasto del jardín para oírlas tocar mientras jugaba con una vara rascando la tierra o siguiendo el camino de las hormigas; o bien la señal para salir a andar en bicicleta, andar en patines o jugar a la pelota con mis amigos y hermanos para después regresar a casa a cenar, bañarme y dormir.
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Fines de semana significaba despertarme con su divino son como canción serena cantada al oído en un murmullo lejano, haciéndose más presente mientras atravesaba del sueño a la vigilia, abriendo los ojos para ver la luz del sol atisbar por los ojillos de las persianas como arcoíris que me espiaba estirar mi cuerpo en la cama y levantarme en señal de estar lista para darle a la vida.
El sonido de campanas siempre ha significado aire y viento, alegría y juego, libertad y autonomía. No es religioso pero es sagrado, apela a mi espíritu como sonido paradójico que me llena de paz y me inunda de energía, que reclama mi más profunda impronta de que hay un mundo que es bueno y es noble y me fecunda para respirar la plenitud de la Tierra.
El tañer de campanas era el reloj exacto que señalaba relevo de un disfrute a otro, siempre como una pausa bondadosa, invitándome a continuar con cada respiro que da vida. No recuerdo haberlo escuchado entre semana por la mañana al estar en la escuela, ni tan siquiera en recreo a pesar de vivir en una colonia donde había cinco iglesias alrededor. En ese tiempo a la hora que tocaban las campanas, sin tráfico ni ruido, escuchaba sus llamados parsimoniosos que llenaban el espacio todo para impregnarme y hacerme vibrar desde el oído hacia cada célula de mi cuerpo, y serenarme.
El sonido nuevo de cada campanada es la voz mágica que abre caminos de viento cada día y echa a andar la maquinaria dúctil de la vida. Cada campanada me revela y me rebela. Un simple tañer es una canción que corre con la brisa para hacer la diferencia entre sufrir la realidad y transformarla. En su sonido viven la luz y la oscuridad, alquimia de mi corazón adentro.
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