Alguien me dijo: “Quédate con él; prácticamente ya es tuyo: le das de comer, le pones agua; cuando te oye, corre hacia ti y te sigue a todos lados ¡más que los tuyos!” Es un gatito muy cariñoso que una mañana cuando salimos a caminar, mis mascotas y yo, lo encontramos en el camino y se nos unió. Realmente no venía de la calle, estaba bien cuidado y alimentado aunque no dejaba de husmear en las bolsas de basura.
Ahora sí como dijo mi vecino: “prácticamente”, pero no realmente. El gatito es de lo más tierno que hay y le da besitos a los míos. Lo cargo y abrazo y cierra sus ojitos. Todos en la familia lo consideramos parte de ella pero mientras no sepa de quién es realmente y no hable con ellos, no lo puedo adoptar de manera definitiva.
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Anduve preguntando de quién era el gatito y alguien me dijo que era de un vecino que es grande, está solo, sale poco y cuando sale, camina lento y con bastón; parece que ya no lo puede atender bien. Me puedo imaginar al pequeño ronroneando y pegado al cuerpo del señor, pero por más que el gatito se me pega y se me enreda en los pies, no puedo sentir quedarme con él. ¿Por qué?
Para muchos nuestras mascotas son nuestra familia. Los amamos de manera irreversible y sin remedio. No puedo imaginar que alguien sufra lo que algunos hemos sufrido por la ausencia permanente de uno de ellos, sea perro, gato o lo que sea. No quiero ser causa de que alguien, sobre todo de la tercera edad a quien tanto bien le hace, esté a la espera interminable de su adorado gatito.
Recién una amiga por Facebook me mandó un video de cómo afuera de su casa una muchachita levantaba y abrazaba a su gato y se lo llevaba. Me refirió que el gato está en un tratamiento y podía morir. Me pidió, con angustia y con ruego, que si le ayudaba a postear el video para que si reconocían a la jovencita, le dijeran que la familia quiere al gato de regreso, sin investigar.
Yo sé lo que es, que de la puerta de tu casa, se lleven a estos seres maravillosos que son la mejor compañía. Sé lo que es salir a cualquier hora a buscarlo, gritando su nombre con la esperanza que salga de algún matorral o brinque de algún techo. Sé lo que es postear su foto en redes sociales y poner su fotografía en cada poste de la colonia con un teléfono para que te avisen que lo tienen, y ver pasar los días y que su ausencia se haga más densa y tus gritos suenen en el vacío. También sé lo que es que te llamen para pedir recompensa y que no tengan tu mascota.
En fin, a pesar de vivir sólo a unas casas de distancia, yo no quiero apropiarme de un animalito hermoso sin que regrese a su casa a darle su cariño a quien también lo quiere. Eso no quiere decir que lo deje sin alimento y agua, o le quite su cama en la azotea. Aprecio cada uno de los amaneceres que nos acompaña, me sigue y se enreda en mis pies con sus caricias y maullido de pollito sabiendo que es parte de la familia; si se lastima, lo curo; si está herido, lo sano. Pero no puedo adoptarlo y quedarme con él porque estaré haciendo algo que otros han hecho con mis mascotas que tanto amo, y por ello, los desprecio.
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