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OPINIÓN

Mundo Google

Destruyendo la barrera entre lo público y lo privado

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Martes, Enero 29, 2019

I. Tú mismo eres el gran hermano

La novela 1984 hizo famosa la figura del gran hermano: el gran ojo del estado totalitario que observa cada detalle de la vida de sus ciudadanos. Destruyendo la barrera entre lo público y lo privado, el gran hermano es el policía absoluto, la mirada omnipresente. Hoy, por medio de cámaras y dispositivos electrónicos, especialmente gracias a la hiperconectividad (que incluye el terrorífico internet de las cosas), está asegurada la infraestructura para la mirada omnisciente del gran hermano. Pero este ojo no le pertenece al estado. Las grandes distopías del siglo XX hacían del Estado el amo, Leviatán de un único ojo dirigido a sus ciudadanos. Por ello se apostó al mercado: instancia supuestamente descentralizada, libre, rizomática, incapaz de recabar todos los cables y la información que trasmiten para trenzarlos en un gran nervio óptico. Pero entonces, ¿quién lo mira todo hoy? ¿Quién es el amo de la información? Las empresas informáticas: Google, Amazon, Facebook. Ellas saben. Pero ¿cómo saben?

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La Unión Soviética hizo de la KGB, su agencia de inteligencia, una tenaz, eficiente y despiadada policía contra enemigos internos al régimen. Fue una policía contra sus ciudadanos. Pero se olvida que ningún Estado es capaz de saberlo todo. No puede espiar a todos y aunque lo hiciera, no tendría manera de procesar toda esa información. La policía necesita oídos, “soplones”. Los primeros en cumplir esa tarea fueron los mismos ciudadanos. No fue distinto en el régimen Nazi. Los judíos eran delatados por sus vecinos y ciudadanos comunes y corrientes. La policía eran todos y su instrumento era la denuncia. Localizado el sospechoso, podía entonces comenzar la tarea represiva propiamente estatal. Hoy Facebook funciona bajo el mismo principio, sólo que ahora no se denuncia, sino que se anuncia, es decir, se regala la información detrás de clicks, likes, preferencias, historiales, etc. Un like no es un acto privado, o limitado a un círculo de conocidos. Los likes delatan preferencias (sexuales, políticas, de entretenimiento), descubren redes de ideas, comportamientos y discusiones. Permiten a una empresa conocer “clientes” potenciales gracias a que es posible recabar información y hacer “cruces” entre variables. Y más aún, las grandes empresas como Google, recaban datos detoda clase a gran escala: el famoso big data. Empresas así poseen ya la información, ellos son los propietarios. Pero la información cruda no significa mucho, hay que organizarla. Para ello, ¿qué mejor que permitir a los propios usuarios hacerlo? Ellos, nosotros, con nuestro comportamiento, organizamos la información, damos la clave para su desciframiento. Lo que mueve la genial maquinaria es nuestro deseo de exhibirnos y nuestra morbosa curiosidad. Es decir, la fantasía de ser vistos como queremos y la de ver sin ser visto. Expuestos en las vitrinas de la fantasía, todos nos miramos y nos damos a mirar. Todos nos espiamos publicamos todos los días los resultados. Nos miramos, nos gustamos, nos preferimos, nos seguimos, todo el tiempo. Así ven los ojos de las empresas: no mirándonos, sino mirando nuestras miradas, contando ojos, dejando que nosotros nos delatemos y delatemos a nuestros contactos y amigos. Tú eres el gran hermano que todo lo quiere mirar y controlar desde ahí. Internet es el panóptico recíproco, no una boba cárcel circular, sino una red hiperconectada de miradas.

Pero esta red de miradas sí que trenza un nervio óptico que va a dar a un cerebro privado. La información no es privada, sino privatizada. Todo se recaba y todo se vende, pero el único trabajador que no recibe nada, es el que da su información. Facebook no es gratuito, se paga con información sobre la propia vida, misma que se vende y se revende, simple y agregada. Todos los “usuarios” somos, más bien, los obreros de Facebook y Google. Los economistas clásicos siempre supieron entender que el mercado era un sistema de información. Siempre hubo venta y contrabando de información privilegiada, secretos, espionaje de cifras, planes y modelos de mercancías. Pero la información es hoy demasiada y muy compleja. Sin un orden e interpretación es solamente ruido. Solamente ganaría quien pudiera recabarla toda en un solo sitio, sin que nadie más la viera. Eso es Google, por ejemplo. Todos usan su buscador, pero la empresa recaba todas las búsquedas y las organiza por región, por hora y la cruza con infinidad de variables. Es una máquina de producción de información, pero, sobre todo, de su procesamiento, para generar un saber que se traduzca en ventajas de mercado. Stiglitz y compañía, ganaron el premio Nóbel de economía al mostrar que las asimetrías de información son determinantes en el mercado. La concentración de información en manos privadas asegura el monopolio estable de esta asimetría. Si en los siglos XIX y XX los obreros reclamaban los medios de producción material, hoy todos debemos reclamar los medios de producción y procesamiento masivo de información, que está en manos privadas. La forma contemporánea de dominación pasa por la privatización de la información. La información pública debe ser pública y lo que debe permanecer privado, no puede confiarse a una empresa, sino a Estados o, en el escenario global, a instancias transnacionales no-privadas o a cualquier instancia que, en cada momento histórico detente la más fiel expresión de lo público.

II. El secreto de la información

De todo lo existente (los entes), llamamos cosas, en el sentido amplio, a todo aquello que nos ocupa: lo que usamos, lo que comprendemos, lo que gozamos, lo que percibimos. Una herramienta en un tipo de cosa particular que condiciona la producción, reproducción o el darse de alguna otra cosa. Las cosas no se hacen solas. Se hacen naturalmente entre ciclos de circulación de energía, en procesos evolutivos (sean genéticos o geológicos, por ejemplo). Pero en el mundo humano los eslabones en los procesos se llaman herramientas si condicionan un tránsito entre un ámbito y otro (de una materia natural prima a un objeto útil), entre una cosa y otra (un martillo es una herramienta que permite clavar un clavo en una pared, es decir, hace útil el clavo) o entre los hombres (una automóvil es una herramienta que permite llevar el alimento del lugar de producción al lugar de su consumo).

Cuando hablamos de producción humana, hablamos de la concurrencia de fuerzas y materiales naturales, de inteligencia y diseño humanos, para traer al mundo cosas. Cosas pueden ser objetos, ideas, verdades, sentimientos, sensaciones, creencias. Todo aquello que tenga valor social y se pueda intercambiar entre personas funcionando como un vínculo entre ellas. Se habla de producción de mercancías en una fábrica, pero también de producción de opiniones en un periódico, o de identidades a través de la publicidad. Damos aquí ejemplos masivos, pero siguen existiendo pequeños negocios, conversaciones locales sobre agrupaciones sociales y otros procesos de identificación familiar, de pueblos de origen, etc.

El sistema económico transforma las cosas en mercancías. Mercancía es el nombre de un destino particular de las cosas. Las mercancías son cosas producidas en serie a partir de un trabajo en serie y abstracto, que liga a los hombres a partir de una división entre propietarios y desposeídos, según diferentes grados. Las mercancías están hechas, primariamente, para ser consumidas: trátese de comida, noticias, emociones, fantasías. Por consumo se entiende el uso que no tiene por fin la satisfacción, ni la salud, ni la justicia duraderos. Ese fin inmediato significa que el alimento debe placer al gusto, pero no tiene por qué nutrir, o debe nutrir solamente para que el cuerpo tenga energía, pero no para que se nutra bien. Más allá de eso, las mercancías son cosas producidas con miras a una ganancia. Por ello no importa lo que se produzca, ni sus efectos a largo plazo o sus efectos secundarios. Tampoco importa cómo se produzca: si se violan derechos de trabajadores y trabajadoras, si se violan normas ambientales, si se juega desleal. Lo que importa ni siquiera es acumular, sino ganar más, siempre más, batir el récord de los otros (quebrándolos o comprándolos) o el propio (volviéndose monopolio).

Hoy vivimos la era de la información. Eso no quiere decir que no importe el trabajo material, ni que hayamos encontrado un sustituto al alimento, ni que nuestros cuerpos estén sujetos a una modificación voluntaria. Mucho menos significa que hayamos superado la división del trabajo manual e intelectual, o que todos tengamos por primera vez la oportunidad de ser “creativos” y “productores” de nuestra propia vida. La era de la información significa tan solo que nada de la relación entre las personas, la producción de bienes y servicios está fuera de algún mecanismo de estimación matemática. Hay modelos, variables y mediciones para la economía, para la producción, para todo tipo de negocios, para la administración pública y privada. En todos lados se crean planes de trabajo, se mide el rendimiento, se evalúan resultados. Hay auditorías oficiales de dependencias estatales, estudios hechos por terceros de empresas, existen certificaciones. Todo es medido contra algún modelo y todo ello genera información. Hay información sociodemográfica, información en el buró de crédito, información que recaba el Estado e información que recaban las empresas. Esto constituye una hipermediación (o “sobredeterminación”) de la información (lo simbólico en cierto sentido) respecto a todo lo real. Es decir, todo ámbito de la vida cuenta con alguna información que lo condiciona, lo modela o lo decide. Eso no quiere decir tampoco que el mundo se haya vuelto predecible, calculable y estable. También aquí hay una paradoja. La información prolifera, genera caos, sistemas inconmensurables, basura de números que nadie procesará nunca, duplicación inútil de información en la red, etc. Y, lo sabemos, todos los modelos matemáticos de la economía fallan a la hora de predecir las burbujas y grandes crisis.

Hoy las cosas son fundamentalmente mercancías y éstas se encuentran mediadas por información. ¿Qué tiene esto de escandaloso? Los modelos económicos clásicos proponen un mercado ideal de oferta y demanda que tiende al equilibrio. Es decir, los precios, ese sistema de información, es el resultado de lo que se produce y lo que se necesita. Pero durante el siglo XX muchos trabajos dejaron claro que ese modelo ideal suprime variables decisivas. La violencia en la apropiación, el espionaje entre empresas, la alianza entre Estado y transnacionales, la corrupción y otras tantas quedan fuera. Pero quizá la más importante hoy es la información. El trabajo de Stiglitz y otros colegas economistas se centró en mostrar que la asimetría en la información en los mercados inclina la balanza de forma definitiva. En otras palabras, en el mercado gana quien tiene información privilegiada. En el entendido de que nuestro mundo contemporáneo está inscrito en múltiples sistemas globales de información, queda claro que quien los controle, controla el mercado.

La objeción que hacían los neoliberales a las economías coordinadas por el Estado es que éste pretendía verlo todo (necesidades y producción), es decir, que se erigía en un ojo absoluto que pretendía saber qué necesitaba la gente y cómo se debían producir los bienes y los servicios. Pero, según la crítica, dicho Estado no podía saberlo todo, produciendo de facto distorsiones fatales en el mercado, produciendo inflación, desabasto y pérdida de capital. Al mismo tiempo, esta pretensión de saberlo y verlo todo coincidía políticamente con un Estado totalitario que observaba a sus ciudadanos. El libre mercado (una gran abstracción que nunca tuvo, ni puede tener lugar, porque pretende suprimir el poder y las asimetrías que éste produce), en cambio, partía de la ignorancia radical del sistema de necesidades y producción y dejaba que todo se resolviera “localmente”, de punto a punto, de consumidor a productor. Pero este modelo hacía la vista gorda al hecho de la información. No era cierto que todos fueran igual de ciegos. Había ojos que veían y más temibles que el Estado, porque ellos no admitían revolución, ni, con el tiempo, huelga.

El mercado actual generó monopolios porque se hizo al amparo del estado neoliberal, quien siempre concedió ventajas, entre ellas, la información. Pero hay un grupo de compañías que comenzó a generar un poder al margen del Estado: buscaron hacerse de información privilegiada por sí mismas. ¿Y cómo lo hicieron? Haciendo de la información misma la mercancía central, el negocio. Si la información introduce asimetrías fundamentales en el mercado, ¿por qué depender del Estado o de otros actores? ¿Por qué mejor no apropiarse originariamente de la información y monopolizarla, para luego venderla de manera selectiva, dosificada, estratégicamente?

Esto es Google. Esto es Facebook. Y esto son todas las famosas “redes sociales”, pero también las “nubes” que sirven como repositorios, los servicios de comunicación, las páginas para anunciarse (propiedades, sexo, profesiones) y, fundamentalmente, los motores de búsqueda. Si el Estado podía recabar datos por medio de registros médicos, fiscales y civiles, hoy las grandes empresas recaban toda esa información cruzando información que nosotros, sin la menor coerción, regalamos. No es necesario espiarnos, ir a los registros oficiales. Nuestra tarjeta de crédito guarda información sobre gran parte de nuestra vida, pero incluso sin ella, el teléfono celular, el correo electrónico, las búsquedas en Google, nuestro perfil de Facebook, la geolocalización (GPS, con lo que revelamos gustosos, en tiempo real, nuestra posición, nuestros trayectos, nuestros itinerarios) y el temible “internet de las cosas” que se avecina (donde, ahora sí, la cotidianeidad como planchar, trapear, ir al supermercado, lavar, quedará registrada) permiten reconstruir nuestras actividades económicas, sociales, amorosas, de esparcimiento. Ese es un ojo con el cual es Estado totalitario jamás soñó y que solo el mercado hizo posible.

¿Dónde está el problema, en todo esto? Debería estar ya claro a estas alturas. El monopolio de la información es el monopolio de producción del conocimiento que decide los resultados del mercado. Cuando hablamos de medios de producción no solamente debe entenderse fábricas o complejos industriales. Deben entenderse también los periódicos (que producen verdades y opiniones), las iglesias (que producen modos de la fe), publicidad (que produce modos de desear y objetos a desear). Todo lo que hace mundo, es un medio de producción. En el caso de Google, Facebook y otros, que monopolizan la información de la red, no solamente pueden apropiarse de la información, sino que, al procesarla, la producen. De hecho, se apropian de datos brutos que, al ser ordenados, se convierten en información. Estas empresas producen en tanto que procesan información: nos devuelven resultados de búsqueda, prevén nuestros comportamientos futuros gracias al big data, a grandes bases de datos sobre las cuales se pueden ejecutar todo tipo de modelos para identificar y predecir comportamientos que lleven a la producción de mercancías. En la actualidad muchos institutos nacionales de estadística ya no consideran destinar recursos a levantar información de manera tradicional (censos, y encuentras) sino que comienzan a sustituir a través de minería de datos del big data. El monopolio en la recopilación-producción-venta de información es un monopolio del medio de producción más importante de la actualidad, porque él decide radicalmente sobre la estructura y funcionamiento global del mercado.

Pero aquí debemos preguntar, con toda ingenuidad. ¿Por qué alguien puede apropiarse de la información de alguien más? ¿Qué le da el derecho a utilizarla con fines comerciales? ¿Por qué la información puede venderse, es decir, convertirse en una mercancía de uso tan corriente? No hay respuesta legítima, claro está. Esto, como todo lo demás, fue sucediendo de manera silenciosa, hasta que fue demasiado tarde. Los medios de producción importan porque significan un control sobre las cosas producidas: el derecho exclusivo de poseerlas. Pero ¿qué hay más social que la información? Es decir, ¿no es ella el producto del intercambio libre (en la medida que la lengua lo permite) entre personas? ¿Qué derecho hay de recabar toda esa información, reservársela y ganar así el juego del mercado? Se trata, obviamente, de un acto ilegítimo. Es por ello que el horizonte de toda crítica social contemporánea tiene que pasar, necesariamente, por el destino actual de la información y afirmar que no hay modo legítimo de apropiarse de la información pública. Esto nos remite al momento mítico de la propiedad privada descrito por Rousseau, cuando alguien decidió poner una cerca sobre un trozo de tierra y proclamarla suya, encontrando a demás suficiente gente que lo creyera. Pero ahora tenemos una nueva mercancía; al capital, a la tierra y al trabajo, debemos agregar ahora la información.

El resultado tendría que ser el siguiente: empresas transnacionales que manejan la información del planeta, no pueden estar en manos privadas. Y no hablamos de la administración, sino de contenido mismo. Hoy las bases de datos de Google son propiedad de Google, exclusivamente. Pero dicha información, ¿no debería estar en manos de un organismo regulador internacional? Y al mismo tiempo, ¿no debería estar controlado por esa sociedad internacional aquello que puede circular y aquello que deber permanecer privado? ¿No debería de arrancarse de las manos privadas ese privilegio sorprendente sobre la información de todo el planeta? ¿No debería darse otro uso al big data que el comercial, que solamente beneficia a quien es propietaria de esa información?

La idea es clara, la propiedad de un medio de producción del mundo, es decir, de la realidad (en sus diversos modos, estratos y tipos) significa el control de la cosa producida. Y controlar una cosa significa controlar a otras personas, aquellos que la usan y la necesitan. Todo el mercado está hoy mediado (codificado) por sistemas de información. Ahora, dado que la información se encuentra ya, en buena medida monopolizada, se encuentra ya decidido quién tiene el poder en este mundo y quién lo sostendrá, hasta que no termine la apropiación ilegítima y el uso lucrativo de la información.

Pero invocar un organismo internacional con fuerza vinculante a nivel global suena hoy a una fantasía. Convocar la fuerza de los Estados para regular al mercado no sucederá sin fundamentales cambios sociales y políticos en las sociedades. Creer que se puede acotar el poder del mercado directamente no es una utopía, sino un despropósito. O, mejor dicho, la pregunta por la información, su origen, su destino, su uso, su almacenamiento, su acceso, su procesamiento, etc., pasa, al mismo tiempo, por la pregunta por las relaciones entre Estado, sociedad y mercado, tanto a nivel local, como a nivel global. Por el momento, quizá lo más viable fuese introducir mecanismos sobre la información que la hicieran inútil o inaccesible a las grades corporaciones, de tal manera que ofreciesen sus servicios como canal, pero no como instancia de acaparamiento. Por ejemplo, información encriptada y accesible solamente de punto a punto (en vez de un servicio de correo que analiza el contenido de cada e-mail); servicios de anonimidad (como Tor browser) que impiden ligar comportamientos de la red con regiones y direcciones IP concretas. Otro recurso que circula es también la muerte programada de la información, es decir, la introducción de un factor de muerte que haga que datos de correos, de mensajes, fotos, etc., tenga una duración determinada y que, transcurrido éste, se autodestruya. Como una suerte de factor de necrosis del significante o muerte informática programada, donde la cotidianeidad recobrara su carácter de efímera y no pudiese acumularse como información en servidores privados. Pues no cabe duda de que es la “eternidad” de la información la que la vuelve un producto duradero y, por tanto, acumulable. Devolverle el tiempo, es decir, el olvido a la información liquidaría caos, sobreproducción y apropiación de palabras y fotos que no tienen otro destino que el instante. Depende, en todo caso, del cada quien guardarlo en su propia computadora.

Estas son todavía ideas al aire, pero en tanto que nuestras vidas están ya en las redes de la información, deben concernir a todos.

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