¡Seamos serios, señores! El hecho de que el Congreso abra la puerta para ser gobernador interino, no quiere decir que cualquiera puede meterse. Esto no es un comelitón populachero. Tampoco un juego de tiro al blanco de kermes pueblerina. Mucho menos el jueguito ese de ensartar gatos de barro con aros en feria de barrio.
Muchos de quienes se han inscrito, para empezar, debieran tenerse respeto. Si ellos no se lo tienen, no habrá quien se los tenga.
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El Congreso abrió la puerta y entraron en tropel. Hasta la noche del sábado sumaban 31 y seguían llegando. La inédita medida que adoptaron los diputados es sana, pero no es un juego. Muchos de los anotados han tomado esto como chunga, como una diversión banal y barata.
Eso, para no ir más lejos, da la medida para juzgar a muchos de la lista.
Un señor de mi pueblo, sabio hombre de campo, cuando organizaba una comida en su casa y advertía que un intruso se quería colar entre los invitados, procedía con decencia, elegancia y rigor. Lo paraba en la puerta y con un ademán y tono de voz propio de un mandarín chino sencillamente le decía: “Tu presencia no es grata en esta casa…”
Una revisión a ojo de pájaro muestra un listado variopinto. Como en una asamblea de barriada, muchos levantaron la mano. Hubo quienes bajo cuerda movieron a grupillos para llevar el nombre a la Cámara de Diputados. Otros lo hicieron por cuenta propia. Armaron un cartapacio con datos curriculares y volaron presurosos como a un torneo.
Esas son bufaladas, prácticas infantiles o arranques de aldeanos.
Reitero, lo primero que se requiere es ser serios y tomar las cosas en serio.
No se minimiza o menosprecia el ser y quehacer de los aspirantes en bloque. Pero, siendo honestos, ¿Quién da la talla con los atributos que se requieren para tal responsabilidad?”
-“Pero es que ya se vio que cualquiera puede llegar a la gubernatura y a la presidencia misma del país”, se dirá. Y es cierto. En un cargo y en el otro hemos visto personajes fatuos, cerriles, ladrones o incompetentes. O con todo esto junto colgado en el pecho.
Pero, precisamente por esto la gente está harta y por eso el viraje impresionante de la última elección. Y por eso, justamente por eso, muchos de los registrados debieran verse en un espejo.
En la vieja Roma existió Lucio Quincio Cincinato, sólo conocido como Cincinato. Hombre de campo, fue arrancado dos ocasiones del arado para gobernar a su pueblo. El Senado lo nombró dictador para salvar a su pueblo en dos memorables ocasiones. Y como militar y gobernante fue extraordinario por su valor y talento político.
No lo sedujo el poder, el oropel ni los honores. Transitó del campo al poder y siempre retornó al arado.
Es considerado como un símbolo del espíritu cívico de los romanos. La segunda ocasión tenía ochenta años cuando fue llevado del campo a la cúspide. Su ejemplo quedó perpetuado en la historia y la ciudad de Cincinnati lo honra con su nombre mismo.
¿Qué tenía Cincinato? Tenía eso de lo que carece la inmensa mayoría de los políticos mexicanos. Tenía virtud. Esta palabra se la ha apropiado la religión y se le asocia frecuentemente con asuntos eclesiales.
Virtud es integridad de ánimo y bondad de vida. Es tener como objetivos el bien, la verdad, la justicia y la belleza.
Estas cualidades y objetivos, así solos, parecieran resumir a la perfección todo un programa de gobierno. Eso, así de fácil, así de sencillo, es lo que espera, anhela, ¡y merece!, el hombre de este país, de este estado.
En la siembra y cosecha del café hay un aparato para depurar el grano que se llama zaranda. Intente zarandear ahí a estos señores. Haga el ejercicio de cribar a los personajes que figuran en la famosa lista de los 31, para ver si es posible separarlos de sus impurezas, vicios, limitaciones o ambiciones.
Hay por ahí algunos con un pasado borrascoso que el fango los hace impresentables. Y se anotaron sin rubor, con sobrado cinismo.
No dudo de la buena fe que anima a algunos. Pero esa es una característica insuficiente para lo que exige el cargo. La función reclama muchas cosas. Muchos mínimos. Un experimentado académico o un competente profesional tendría apenas una o algunas cualidades, pero gobernar es otra cosa.
Habremos de coincidir en algo: no existe la figura perfecta.
Pero sí hay dos o tres ciudadanos con características o cualidades para desempeñar el cargo a la altura de lo que la circunstancia exige. Ojalá el Congreso proceda con sabiduría y buen tino.