La tragedia es un abismo oscuro. Su hondura es siempre fría y estremecedora. Golpea en un instante que, por su magnitud desoladora, se alarga infinitamente en nuestra mente pendiente del porqué de su sinrazón.
Su impacto brutal reverbera en nuestro ánimo con interminables ondas concéntricas que, a cada nueva oleada, nos recuerda la fragilidad que constituye la existencia.
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En trances así enmudecemos. Las palabras se nos despedazan en la garganta y por nuestra boca abierta solo emergen sonidos primitivos, ahogos guturales, gruñidos de reclamo a la vida que, indiferente a nuestro amor por alguien, nos lo arrebata sin piedad, ni justificación aparente. ¿Cómo pudo suceder algo así?, nos repite el desquiciado asombro que satura de pena e incomprensión la esperanza rota, la desolación abrumadora que se ha apoderado del corazón estremeciéndolo.
En nuestra desesperanza la mirada busca en los demás rostros que nos miran una explicación que no encuentran porque no la hay. La vida no da cuenta de sus actos de muerte y con su silencio nos somete a su voluntad creadora y destructiva sin más justificación que su deseo.
Hoy, la medrosa incertidumbre de la tragedia golpea la tierra que me acoge hace ya casi 20 años y que, con sus cuitas y cotidianidades, me ha permitido vivir y que los míos vivan. Uno es lo que es en el sitio donde está y estar ahora en Puebla es ser dolor y pena por la tragedia.
La muerte siempre desgarra el alma y, cuando es inesperada, amedrenta y sobrecoge. Solo los poetas logran asimilarla y transformarla en canto. A los demás nos acalla y solo alcanzamos a decir frases hechas y fórmulas de insulsa cortesía que en nada alivian la pena de los deudos. ¿Qué palabras pueden sostener el alma rota de una madre? ¿Cuáles frases permiten recuperar la fe y la esperanza a los amigos que les han arrancado de cuajo parte de su esencia?
Tengo por cierto que solo los bardos poseen ese don divino y a uno de ellos apelo en este trance.
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos
¡cuánto penar para morirse uno!
Ojalá la benevolencia del Creador permita el descanso de las almas de Martha Erika y Rafael.