El manejo de los medios, en relación con el poder, es muy sencillo. O debería de serlo. Lo que ocurre es que el poderoso en turno lo vuelve complicado. Y es el factor humano, los vicios, defectos o abusos, e inclusive la ignorancia de la figura central, la que da al traste con esa sencillez.
La vanidad, la arrogancia, la soberbia, la frivolidad, el abuso, la codicia y el endiosamiento y la petulancia, se atraviesan siempre para no ver hacia abajo cuando se sube un escalón en la pirámide del poder.
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Si las cosas se realizaran a partir del sentido común, ese binomio, poder-medios, no pasaría de ser una condición inherente al arte de gobernar. Pero una condición que ahí está, que siempre ha estado, y a la que hay que tomar en cuenta.
Los gobernantes o los funcionarios pasan, los medios siempre están.
Por eso es un factor que hay que incluir como condición ineludible de la tarea de gobernar.
Para tal efecto, la primera condición es que el funcionario o el gobernante, de cualquier nivel, conozca los entretelones de la comunicación y todos sus componentes. Si no los conoce, es un imperativo hacerlo. Informarse, estudiar los medios, aprender su constitución y modus operandi. Porque serán sus eternos compañeros de viaje.
Y jamás olvidar que atrás de ese monstruo o entelequia, conocida comúnmente como los medios, están hombres de carne y hueso, y atrás y por encima de todos, esta la gente, los ciudadanos.
Si el poderoso del momento –llámese presidente de la república, gobernador, secretario, senador, diputado, presidente municipal o funcionario- empieza su camino al margen o por encima de los medios, puede hacerlo. No existe impedimento alguno. Pero la realidad es que estará caminando en un escenario irreal, imaginario o, en el peor de los casos, contrario a la realidad.
Con los medios, el hombre del poder tiene que convivir, tiene que dialogar, debatir, puede discutir inclusive, pero el error grave es ignorarlos.
Y suele ocurrir que, en torno al poder, en el primer círculo, la visión del poderoso se contamina más si es que se rodea de “expertos”, “asesores”, publicistas o sirvientes, que son o pretender ser los intermediarios , sustitutos u operadores de los medios.
Esa cortina, las más de las veces es la fuente de complicaciones mayores, de escándalos y ha sido la causa de las crisis que conducen al fracaso o la tumba de los poderosos.
La historia de los gobernantes en todas las latitudes no se entendería si no se observa cómo fue, cómo ha sido o cómo es su relación con los medios.
Si quien toma las decisiones le asigna a este flanco de su responsabilidad la justa atención, tiene un paso correcto en la dirección de buenos resultados.
Pero dedicarle atención está muy lejos del saludo, el cortejo, el regalo o la adulación a un periodista, a un gremio, a un medio o a los medios en general.
Eso sólo se entendería como el viejo concepto de las relaciones públicas.
Gobernar con los medios es otra cosa.
Es la disciplina para leer, escuchar, enterarse respecto de los contenidos.
Es el tiempo determinado, dentro de la agenda diaria de un hombre público, a leer, interpretar y tomarle el pulso a ese conjunto de intermediarios entre la sociedad y el poder.
Esto no supone leer, ver o escuchar absolutamente todo. Existen los filtros profesionales para hacer un acopio de lo sustancial, pero siempre hay espacios, en absolutamente todos los medios, a los que el funcionario debe acudir personalmente y sin intermediarios.
La historia refiere cómo grandes personajes del poder, en su ascenso o en la cúspide, eran sistemáticos examinadores de los medios. Por supuesto que para eso se requiere, primero sensibilidad, después disciplina, luego humildad para el aprendizaje permanente, y por sobre todo sensibilidad para absorber con fino olfato todo lo útil en provecho propio del mundo de la información que nos rodea.
El encuentro metódico, constante, del hombre del poder con los medios de comunicación y sus representantes, es una rica fuente de información en primera instancia.
Pero es muchísimo más que eso. Es una suerte de termómetro del humor de la sociedad, es asimismo un ejercicio de gobierno en el que se pueden medir las consecuencias del acto de gobernar, sopesar las reacciones, ensayar propuestas, ideas o proyectos, y desde luego y muy importante, debatir posiciones.
Los medios, lo sabemos, no representan a toda la sociedad. Muchos actúan de modo sesgado, con mucha frecuencia a espaldas de la sociedad a la que en teoría deberían servir. Otros sirven únicamente al poder. Estos son terriblemente dañinos frente a un gobernante ignorante, abusivo y veleidoso. Se convierten en una especie de espejo de la bruja de Blanca Nieves. Y el hombre del poder es la bruja, desde luego.
Nada de esto es nuevo. Si aguzamos un poco el sentido, veremos multitud de ejemplos de lo uno y lo otro en ambos lados del referido binomio.
Pero si partimos de lo injusto de generalizar, encontraremos con el fino ejercicio de la observación espacios en los medios, y personajes singulares con nombre y apellido, que rompen esta catalogación negativa y mediocre, y adquieren un valor propio por encima del prejuicio, y dignos de consideración y respeto.
Ese tipo de espacios, voces, imágenes, posiciones, existe. Es verdad, no es lo dominante. Inclusive, en ocasiones hay que buscar con una o varias lupas esos terrenos de profesionalismo y dignidad. Pero los hay en toda sociedad, y en todos los ámbitos profesionales.
A esos debe acudir el hombre del poder en todo tiempo y lugar. Sí puede prescindir de ellos, hacerlos a un lado o ignorarlos. Pero hacerlo, ineludiblemente tendrá un costo. Esto nos lo enseña la vida y la historia todos los días.
Acudir a ellos, seguirlos, tomarlos en cuenta, con toda seguridad, le habrá de ayudar a allanar el camino y, por qué no, a transitar por el sendero del poder con mayor certeza y quizá éxito. Esto por sí mismo no le asegura el éxito. Nadie ni nada se lo habrá de asegurar, pero sí le resultará altamente provechoso.