Hace casi 18 años el entonces candidato a la presidencia de la República Mexicana, Vicente Fox Quezada, puso de moda utilizar un lenguaje informal y hasta “florido” para hablar en todos los espacios y permitió que entrevistadores y comediantes se dirigieran a él utilizando palabras altisonantes e hicieran mofa de su actuación. Además se comprometió públicamente a no poner brida a la libre expresión, ni al contenido ni a la forma. En aquel entonces las televisoras eran multadas por utilizar palabras soeces y comediantes, aprovechando el raiting y por ende las ganancias que generaban sus programas y su exclusividad, se dieron el lujo de decirlas en cada oportunidad.
Y ahí comenzó la caída en picada en el uso del lenguaje, o por lo menos, así lo veo yo. La televisión abierta comercial, que para muchos millones de mexicanos es televisión educativa, comenzó a vulgarizar cada día más el lenguaje, la música hizo lo propio. En las escuelas también se laxó la exigencia del lenguaje correcto, tanto hablado como escrito. Hasta un hartazgo por corregir ortografía y redacción presentan docentes que llevan años enseñando y se quejan que cada día reciben trabajos con errores garrafales. Por si fuera poco, es frecuente que muchos docentes presenten faltas a la ortografía y a la ortolalia. ¿Cómo podrían corregir?
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Apenas unos años antes, si no mal recuerdo, en 1997, el famoso escritor colombiano, premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, propuso poéticamente a la Real Academia de la Lengua Española “jubilar” la ortografía. Muchos pusimos el grito en el cielo, principalmente los obsesivos de la ortografía. ¿Cómo nos podríamos entender? Las reglas ortográficas permiten que, siendo de diferentes países, si compartimos una lengua, la entendamos al leerla, cosa difícil en el lenguaje hablado lleno de tonadillas, modismos, palabras coloquiales, doble sentido, etcétera. Pero Gabo decía algo que, parafraseado, se grabó con fuego en mi memoria: con acentos o sin ellos, con v o con b, con s o con z, nos entenderemos. Honestamente no lo creí posible. ¿Cómo podría entender un texto sin reglas? Pero llegó la revolución tecnológica y con ella, nuevas actividades como textear y googlear. Y sí, parece que este famoso escritor tenía razón, se puede entender aunque ezkrivan aci. Este modo de comunicarse también genera malos entendidos por no conocer el significado de los emoticones o por no utilizar los signos de puntuación, pero parece que a nadie le importa, la gente se pelea o se enoja, aclaran y siguen la vida. Todo está tan al alcance, ya no hay que esperar semanas o meses para recibir una carta de respuesta o una llamada desde un recóndito lugar.
Básicamente nos encontramos ante una anarquía en el uso del lenguaje, que aún me asusta, porque considero que el lenguaje es una de las máximas creaciones de la humanidad, y cada vez que alguien la utiliza sin sus reglas, como es un ser vivo que nace, crece y muere, veo que se acerca a la tumba o a una metamorfosis que quién sabe qué bicho raro producirá. Y si su propósito es permitir la comunicación de una sociedad, pues más me asusta porque coincide con la descomposición social que vemos todos los días en nuestro México, lleno de violencia, delincuencia y corrupción.
Ante esta anarquía, ¿por qué nos ha de extrañar que los políticos mexicanos utilicen el lenguaje sin las reglas? Si todos sabemos que cuando dicen “volvido” quisieron decir vuelto. ¿Y la CONALITEG entregando libros de texto gratuito con errores? Pues también, ya casi nadie revisa “a conciencia” lo que escribe. Si no importa lo que se escribe, ¿importará lo que se le? Pero si los mexicanos casi ni lemos.
Estamos en presencia de un lenguaje líquido, se escapa entre los dedos, se evapora con la luz del sol, se filtra y desaparece y ¿qué nos quedará? Es pregunta.