Lunes, 18 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La Corte Suprema de Justicia, la muerte de la tragedia

Desde tiempos de Manuel de la Peña y Peña. Roma, su memoria. Ocho de once votos, la definición.

Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Miércoles, Enero 24, 2018

Los canales lacustres de la Ciudad de México se extendían hasta el Parían, situado en las inmediaciones tanto del Palacio de los Virreyes como del correspondiente al antiguo ayuntamiento de la Ciudad de México, el primero de éstos, al que el pueblo amotinado pretendiera prender fuego en los célebres motines del 8 de junio de 1692 y que fuera sofocado por el jefe de la guarnición Antonio Dehesa y Ulloa, oriundo de Huejotzingo y fundador en los albores del nuevo siglo de la Villa de Chihuahua; el Parián al que el pueblo se volcara tras la declaración de expulsión de los españoles tras el derrocamiento del emperador Iturbide, y sobre el que hoy se extiende, desde 1943,  un majestuoso monumento diseñado bajo los lineamientos arquitectónicos del "Realismo Socialista" de la época y que alberga lo mismo los grandiosos murales pintados por José Clemente Orozco que la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Manuel Payno recordaría que, a sus puertas, llegaría como trajinera Cecilia, la vendedora de flores que protagoniza muchos de los episodios claves de "Los Bandidos de Rio Frío", transportando su mercancía, su singular alegría y sus anhelos, anhelos propios de la inmensa mayoría que conforma el pueblo de México.

Más artículos del autor

Manuel de la Peña y Peña, prominente tratadista de asuntos  procesales y primer presidente de la Corte Suprema de Justicia, se erige en personaje a su vez del relato de Payno, que comienza precisamente, con el asalto a la diligencia que le conducía a él por los caminos, ilustre mexicano hoy del todo olvidado que, sin embargo, marcaría en nacimiento de la institución que hoy habrá de afrontar uno de los momentos más decisivos de toda la historia de la Nación y, a no dudarse, el más trascendente de los últimos tiempos.

Hoy por hoy, a la monumental puerta que deja traslucir la escalinata de piedra de cantera ocre que corona la estatua en bronce de Ignacio L. Vallarta, custodiada por las columnas en las que se aprecia las efigies de Mariano Otero y Crescencio García Rejón, llega el anhelo de detener la "Guerra", desatada hace una década con la declaración de inicio del denominado "operativo Michoacán"

Las tropas de Germánico, narra el historiador Tácito en los "Anales", detuvo su avance sobre Roma ante el augurio nefasto de la "luna de sangre" que se traslucía en su horizonte, momentos en el que los soldados se percataron de la incomodidad con la que el hijo del comandante portaba las sandalias recibiendo por ello el sobrenombre con que lo conocería la posteridad: "Calígula"; hoy que la sangre es la tierra misma, augurio menos fasto que aquel.

Norma suprema de convivencia, como en la antigüedad remota lo habrían sido las “Doce Tablas”, escritas por los “decenviros” comisionados  ex profeso al respecto por Numa Pompilio; las disposiciones constitucionales en vigor, exigen ocho de once votos en la especie para que personas sencillas y modestas como la “trajinera” de “Los Bandidos de Río Frío” recobren en sus vidas la tranquilidad perdida desde hace más de diez años, votación que, de alcanzarse, nos permitiría rememorar a Churchill, a quien, no en balde, Goerg Steiner señalaría en “La Muerte de la Tragedia” como el portador de una  enorme riqueza en su retórica política, la cual lo emparenta con la tragedia francesa de Racine y con grandes figuras monumentales de la antigüedad clásica : “nunca antes en el campo de los conflictos humanos tantos debieron tanto a tan pocos”

albertoperalta1963@gmail.com

Vistas: 705
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs