Estamos a casi cinco meses de que México dé un cambio o persista en tener la misma visión de posibilidades de transformación en el ámbito de democracia y vida política. Sin embargo, es importante brindar a la ciudadanía y a los nuevos votantes un arma muy poderosa para ejercer un sufragio estratégico, efectivo y conCiencia: el método científico.
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Sí, ese método que aprendimos en secundaria resulta que también es efectivo no sólo para estudiar “ratas de laboratorio”; sino también para aplicarlo a las decisiones que marcan nuestra vida, por lo menos en los próximos seis años, como es el caso del proceso electoral que viviremos este año.
Sólo basta tener en mente dos principios básicos: que el método pueda ser reproducido varias veces, lo que confirma que sí es efectivo, y ser refutable; es decir, que puedan existir una nueva forma de hacer las cosas a partir de otros elementos.
Con esto es donde la famosa frase que Shakespeare plasmó en Hamlet, el Príncipe de Dinamarca, se hace presente: “To be or not to be” (Ser o no ser). Pues una frase tan simple da muestra de la necesidad del razonamiento que se debe ejercer para tomar una decisión. Y para que ese razonamiento sea objetivo y verdadero, qué mejor que el método científico.
¿Y cómo usar el método científico para una votación? En principio, pensemos en situaciones comunes como el alza de la canasta básica, que surgen en ocasiones por la falta de conocimiento de nuestros gobernantes y la falta también de alternancia en las cámaras de diputados y senadores.
Si seguimos el método científico, debemos iniciar por la observación para identificar la mejor elección de al menos dos o más papeletas ,según sea el caso, para cada estado donde una “X”, pueda ser un número estadístico de acción.
Aquí el hecho de la correlación no se aplica, porque se podría repetir el “voto por voto”, que esperemos en ningún rincón no sea lo que nos lacere y lastime el tejido social.
En términos matemáticos la función terminal de esa compleja ecuación será producto de un resultado lineal o exponencial, en función de uno u otro partido que se lleve la posibilidad de hacer eso que se espera y que la esperanza de la sociedad aún no pierde ni perderemos: “mejorar, tener tranquilidad y ser mejores en un país donde no debemos de tener pobreza extrema en un país con muchas riquezas”.
Pero ¿quién tendrá la mejor decisión y de quién depende?
En mi más humilde opinión los nuevos jóvenes, aquellos que están en el rango de 18 y 30 años, son los que finalmente deben decidir el futuro, ya que serán los que mayores consecuencias vivan de sus propias decisiones, por su juventud y esperanza de vida.
Recordando que en esta era digital este rango es el dominante en una acción donde no sólo las redes sociales tienen poder, sino el capital de poder ser una decisión con un click y el poder de generar un “trend” o una fascinación mediática.
Se dice que ciertos partidos tienen la clave y saben qué y cómo nos pueden atrapar y por qué vías está el lado flaco de la decisión.
Lo interesante es que el comportamiento humano es tan complejo que ni un estudio de mercado es la solución para poder tener el poder, por lo cual el poder sería fundamentado en la corrupción y el desbalance de la inequidad de un trinquete muy bien pagado.
Pero el análisis correcto del Big Data o la minería de datos tendrían que ser reanalizadas con el enfoque universitario, con herramientas como las supercomputadoras y un poco de pericia científica que permitan determinar el patrón que no se ha descifrado, para que los mejores datos basados en el logaritmo neural estén en aplicación directa en estas fechas.
Aún queda un poco de método científico que aplicar; por esta razón, estamos en el momento preciso para quemar un poco la pestaña, para poder hacer la fórmula perfecta del verdadero cambio de los próximos seis años y saber de qué color nos pinta.